tribuna
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Chile no es un laboratorio

El masivo rechazo al proyecto de Constitución evidenció, de nuevo, el divorcio profundo entre algunas ideologías que dicen saber lo que quieren “los pueblos” y lo que estos realmente desean

Manifestación por el rechazo a la Constitución el pasado 20 de agosto en Santiago de Chile.
Manifestación por el rechazo a la Constitución el pasado 20 de agosto en Santiago de Chile.Alberto Valdés (EFE)

La propuesta de nueva Constitución para Chile fue rechazada por casi un 62% de los votantes. Este porcentaje tan abultado asombró a todos y desató una búsqueda febril de explicaciones en medio mundo. Algunas interpretaciones han sido interesantes, pero otras han sido simplonas y hasta ofensivas. Apenas conocidos los resultados, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, tuiteó: “Revivió Pinochet”. Es un agravio suponer que casi dos tercios de los chilenos votaron por el regreso de una dictadura oprobiosa cuando, en realidad, solo rechazaban un proyecto constitucional defectuoso. Por su parte, Pablo Iglesias sugirió que el triunfo del rechazo se debería a las fake news y a los medios de prensa conservadores, que manipularon a la opinión pública.

Los resultados del plebiscito constitucional chileno merecen interpretaciones menos simplistas que las antedichas. Los chilenos tomamos una decisión muy difícil mediante un impecable proceso democrático en el que participó un 85% del padrón electoral, cifra no superada desde el plebiscito de 1988 que perdió, precisamente, el general Pinochet. En este plebiscito ambos bandos incurrieron en la práctica despreciable de las fake news, como ocurre en medio mundo. Pero ese resultado tan mayoritario no puede achacarse solo a las noticias mentirosas. De hecho, en las zonas con escaso acceso a internet (vehículo favorito de las fake news) la opción Rechazo obtuvo un 71% de promedio, mientras en las áreas con mayor conectividad ese promedio bajó al 60%.

Las encuestas quedaron muy lejos de predecir los resultados del plebiscito constitucional. Poco antes de la votación, las firmas de demoscopia más prestigiosas anticipaban que el Rechazo obtendría una ventaja de cinco o seis puntos. Otros ampliaban esa brecha a 10 o 12 puntos. Por su parte, los modernísimos estudios algorítmicos de preferencias en redes sociales, que habían acertado en algunas elecciones recientes, anunciaban que el Apruebo ganaría con un 55%.

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A la postre, los analistas de datos y las inteligencias artificiales fallaron estrepitosamente. Nadie pudo predecir que apenas un 38% de los votantes aprobarían el proyecto constitucional, mientras que el Rechazo obtendría una ventaja enorme: 24 puntos porcentuales.

Un fallo tan masivo en las encuestas sugiere que muchos partidarios del Rechazo no se atrevían a confesar que lo eran, probablemente por miedo. El chilenísimo miedo a discrepar (que asimismo es una cortesía muy latinoamericana) se añadió al moderno temor a ser cancelado por los grupos vociferantes que dominaron la discusión política en la Convención Constitucional. Ambos miedos acallaron transitoriamente cientos de miles de preferencias. Pero, en la privacidad de la cabina de votación, esos silenciados sacaron su voz masivamente.

El resultado del plebiscito también desmoronó otras predicciones que parecían seguras. Esta propuesta de Constitución, plurinacional y muy indigenista, fue rechazada abrumadoramente en las zonas con mayor población indígena. Por ejemplo, en Colchane, una comuna fronteriza con Bolivia donde los aimaras suman el 78%, el Rechazo ganó con un 94,7% de los votos. En el Alto Biobío, zona de la Araucanía con un 84% de población mapuche, solo un 28% marcó Apruebo. De pasada quedó confirmado que el terrorismo que incendia el sur de Chile es obra de grupúsculos radicalizados que no representan al pueblo mapuche.

Algo semejante ocurrió en las comunidades más pobres de Chile. Los desposeídos que la propuesta constitucional decía representar, rechazaron ese proyecto aún más que los sectores socioeconómicos altos. En promedio, un 70% de los votantes de ingresos medios y bajos votaron por el Rechazo, mientras en los sectores de ingresos altos un 60% marcó esa preferencia. Incluso en municipios urbanos muy pobres, como La Pintana, cuya alcaldesa puso todo su poder municipal a disposición del Apruebo, resultó ganadora la opción contraria.

El presidente Gabriel Boric recorrió buena parte del país explicando y firmando la propuesta constitucional. Recursos del aparato estatal fueron movilizados en apoyo de la opción aprobadora. Sin embargo, Chile votó mayoritariamente Rechazo.

Ese resultado evidenció, de nuevo, el divorcio profundo entre algunas ideologías que dicen saber lo que quieren “los pueblos” y lo que estos realmente desean.

Ese mismo divorcio asoma en otro error cometido por Pablo Iglesias cuando interpretaba los resultados del plebiscito chileno. Iglesias afirmó que el triunfo del Rechazo sería grave porque “Chile es el gran laboratorio político para la izquierda”. Esta idea, muy colonialista, también explica la escasa aprobación de la propuesta constitucional. Muchas de sus normas eran experimentos novedosos. Junto a derechos sociales excelentes y a modernizaciones muy bienvenidas, el texto traía numerosas innovaciones audaces, algunas no ensayadas en ningún otro sitio, que debían realizarse todas al mismo tiempo.

Chile tiene una tradición republicana de dos siglos y una sensatez democrática fundada en dolorosas decepciones y en grandes logros. Al votar Rechazo, su pueblo dijo que no está disponible para bruscos y extensos experimentos políticos, sean del color que sean. No somos el “laboratorio” de nadie.

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