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ANÁLISIS

La huida hacia adelante de Netanyahu en EE UU

Acosado por los casos de corrupción, el primer ministro israelí busca que Trump anteponga la revisión del acuerdo nuclear con Irán al plan de paz con los palestinos

El presidente de EE UU, Donald Trump, y el primer ministro israelí,  Benjamin Netanyahu, en un encuentro en el Foro de Davos en enero.
El presidente de EE UU, Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en un encuentro en el Foro de Davos en enero. AP Photo

Benjamín Netanyahu parece haber convertido un viaje rutinario de todo primer ministro israelí a Estados Unidos en tabla de salvación para sus tribulaciones internas y conflictos regionales. Su asistencia a la conferencia del AIPAC, el principal grupo de presión proisraelí en Washington, está marcada este año por las turbulencias de inestabilidad que han generado en el Estado judío los escándalos de corrupción que le salpican. Antes de abordar el avión de El Al que le trasladó a la capital estadounidense, el veterano líder del Likud fue interrogado el viernes durante cinco horas por la brigada antifraude de la policía en relación con un supuesto trato de favor a la principal operadora de telecomunicaciones israelí.

Mientras en Jerusalén los partidos comienzan a tomar posiciones ante un eventual adelanto electoral, Netanyahu ha emprendido la huida hacia adelante en el país donde se educó y también sentó las bases de su carrera política a su paso por las embajadas de Israel ante EE UU y Naciones Unidas. Le aguarda en la Casa Blanca Donald Trump, “un amigo personal” y el único presidente republicano con el que ha coincidido en sus 12 años de mandatos acumulados. “Vamos a tratar ante todo sobre Irán: sus ataques, sus aspiraciones nucleares y sus acciones agresivas en Oriente Próximo en general y en nuestras fronteras en particular”, anunció el primer ministro antes de volar a Washington.

Israel teme que Irán consolide su presencia militar en Siria tras el avance del régimen de Bachar el Assad después de casi siete años de guerra. Su fuerza aérea abatió el mes pasado un dron iraní que había penetrado en territorio israelí, antes de que uno de sus cazas F-16 fuera derribado al ser alcanzado por la defensa antiaérea siria cuando participaba en una acción de represalia. También sospecha que Teherán pretende fabricar misiles con sistema de guía de precisión en Líbano para la milicia chií de Hezbolá, que se enfrentó a las Fuerzas Armadas de Israel en una guerra abierta en 2006.

Hace ahora tres años, Netanyahu pronunció un discurso ante el Congreso de EE UU en el que trató de impedir que el presidente Barack Obama —quien se negó recibirle en la Casa Blanca— suscribiera el acuerdo nuclear con Irán. El compromiso internacional para frenar la carrera de Teherán por hacerse con el arma atómica fue refrendado por las grandes potencias pocos meses después. El primer ministro conservador, que había hecho de la amenaza iraní el eje central de su política exterior, sufrió entonces su mayor revés diplomático. En un frente común con Trump, confía en forzar ahora una revisión del acuerdo nuclear para limitar el desarrollo del programa de misiles balísticos de Irán.

Netanyahu ha dejado en riesgo de implosión a la coalición de seis partidos que sustenta el Ejecutivo más conservador de la historia de Israel. Los partidos ultrarreligiosos exigen que se suprima por ley el servicio militar para los estudiantes de las escuelas rabínicas, frente al rechazo abierto de las formaciones laicas. En la reciente historia de Israel, cuando un jefe Gobierno se ve amenazado por los casos de corrupción o cuestionado ante la opinión pública ante las negociaciones de paz con los palestinos suele producirse una repentina llamada a las urnas.

El primer ministro israelí se reunió en la noche del domingo con los dos principales mediadores de EE UU para Oriente Próximo, el yerno de Trump, Jared Kushner, y el asesor legal del presidente, Jason Greenblatt. Al parecer, ambos le presentaron el último borrador de un plan de paz que ya ha sido descartado por los responsables palestinos antes de hacerse público por su sesgo proisraelí. El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, anunciado en diciembre por Trump, y el adelanto del traslado de la Embajada norteamericana desde Tel Aviv, comunicado por el Departamento de Estado el mes pasado, ha llevado al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, a dejar de considerar a Washington con mediador exclusivo en el proceso de paz y a propugnar ante el Consejo de Seguridad de la ONU un mecanismo multilateral de negociación.

La invitación que el mandatario israelí ha formulado a Trump para que asista a la inauguración de la sede de la legación diplomática estadounidense en Jerusalén, es vista por los analistas políticos de la prensa israelí como una petición explícita de apoyo político para el lanzamiento de su campaña electoral. En plena celebración del 70º aniversario de la fundación del Estado de Israel, la apertura de la embajada de EE UU —a la que se sumaría el traslado también a mediados de mayo de la representación de Guatemala, anunciado el domingo por el presidente Jimmy Morales—, el clima de efervescencia nacionalista puede reforzar las opciones de Netanyahu para consumar, tal y como como prevén los sondeos, su cuarta reelección consecutiva.

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