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Israel y Arabia Saudí, acercamiento en la misma trinchera diplomática frente a Irán

Dubái / Jerusalén
El príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salmán, en una ceremonia en Riad en diciembre de 2017. En vídeo declaraciones del primer ministro israelí y del ministro saudí de Exteriores.

Israel y Arabia Saudí han vuelto a coincidir en la trinchera diplomática. Durante la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, tanto el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, como el ministro saudí de Exteriores, Adel al Jubeir, acusaron a Irán de expansionismo militar en Oriente Próximo y denunciaron el acuerdo nuclear. Es el último ejemplo de una creciente convergencia de intereses políticos que ha desatado todo tipo de especulaciones sobre si esa alianza de facto frente al enemigo común puede llegar a cuajar. Una calculada política de gestos ha hecho aflorar en los últimos meses señales de acercamiento más allá de las relaciones encubiertas que han mantenido hasta ahora

Suscita revuelo porque se trata una pareja diplomática atípica; no sólo no mantienen relaciones, sino que Arabia Saudí ni siquiera reconoce la existencia de Israel. Aunque el Reino del Desierto no participó directamente en ninguna de las guerras contra el Estado judío del siglo pasado, siempre ha defendido el derecho a la soberanía de los palestinos. Riad apadrinó en 2002 la llamada Iniciativa Árabe de Paz, que en esencia implica el reconocimiento de Israel a cambio de la retirada de los territorios que ocupó en 1967. Tras décadas de antagonismo emergen signos de cooperación entre ambos países, que ven en el auge de Irán una amenaza a sus intereses regionales.

Si lo que es malo para Teherán es bueno para Israel, la mano tendida del general Gadi Eisenkot, jefe del Estado Mayor israelí, se plasmó negro sobre blanco en la entrevista sin precedentes concedida en noviembre al diario digital saudí Elaph, editado en Londres. Eisenkot ofrecía compartir información de inteligencia con los saudíes frente a Irán, al que acusó de representar “la gran amenaza real para la región”.

Fue el pistoletazo para una carrera de mensajes de acercamiento, como el del ministro de Energía, Yuval Steinitz, al reconocer a una cadena de radio estatal que Israel ha establecido contactos encubiertos con Arabia Saudí sobre preocupaciones compartidas ante el expansionismo iraní. “Las relaciones se están desarrollando, con los saudíes y con otros países árabes y musulmanes”, precisó Steinitz, “pero preferimos mantenerlas en secreto, ya que así lo desea la otra parte”.

Medios como el diario Haaretz ha informado también de reuniones regulares entre militares israelíes y saudíes en el centro de operaciones conjunto en el que se coordinan Jordania, Arabia Saudí y EE UU. El ministro de Inteligencia, Yisrael Katz, aseguró a la prensa israelí que había invitado al príncipe Mohamed a visitar Israel al príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salmán, conocido por las siglas MBS, a visitar el Estado judío como “líder del mundo árabe”, en el curso de una entrevista con Elaph, aunque finalmente el portal digital omitió esa parte de sus declaraciones.

Por esas mismas fechas, la embajadora israelí en Viena visitó el Centro Internacional para el Diálogo Interreligioso e Intercultural Rey Abdalá Bin Abdulaziz, y difundió su foto ante la bandera saudí. La diplomacia de las fotos había empezado en enero de 2017 en Davos, cuando la exministra de Exteriores Tzipi Livni se fotografió con el exjefe de los servicios secretos saudíes Turki Bin Faisal, y también publicó la imagen en Twitter.

Acuerdo nuclear con Irán

Los observadores sitúan el principio del acercamiento durante la negociación del acuerdo nuclear de 2015 entre Irán y las grandes potencias, al que tanto Arabia Saudí como Israel se opusieron desde el principio y al que ahora responsabilizan de la consolidación regional de la República Islámica. Hasta entonces, el afán saudí por armarse para hacer frente a su rival de la otra orilla del golfo Pérsico también suscitaba inquietud  en el Estado hebreo.

Dos cambios políticos han impulsado la aproximación. Por un lado, a principios de 2015 accedió al trono saudí el rey Salmán, quien, junto a su hijo y heredero el príncipe Mohamed Bin Salmán, ha mostrado una sorprendente disposición a asumir riesgos de política exterior. Por otro, la llegada a la Casa Blanca, dos años después, de Donald Trump, quien intenta convencer a los países árabes de que reconozcan el papel clave del Estado judío en Oriente Próximo.

En Riad no se han desmentido las señales de aproximación emitidas por Israel y, aunque de forma necesariamente más discreta dada la naturaleza de su sistema político, también ha hecho algunos gestos. El pasado noviembre, Mohamed Bin Abdulkarim Isa, un exministro de Justicia saudí muy próximo al príncipe heredero, declaraba que “ningún acto de violencia o terrorismo que trate de justificarse invocando el islam está justificado en ninguna parte, incluido Israel”, según lo publicado por el diario hebreo Maariv. Se trata de una crítica a los ataques contra israelíes inusual en el mundo árabe.

La ausencia de relaciones diplomáticas ha prevalecido finalmente, como se comprobó a finales de diciembre cuando el Gobierno saudí negó el visado de entrada al equipo israelí convocado por la Federación Internacional de Ajedrez para participar en un campeonato organizado en la capital del reino.

El presidente de Estados Unidos ha buscado, a través de su yerno y enviado especial para la región, Jared Kushner, la colaboración saudí para presionar a los palestinos a aceptar un acuerdo con Israel. Se muestra convencido, no sólo de que puede poner fin a ese conflicto y lograr la “solución definitiva”, sino de que ese acercamiento mejoraría las relaciones del Estado hebreo con sus vecinos, lo que haría más vulnerable a Irán. No parece haber conseguido su propósito. MBS convocó al veterano presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, en la capital saudí para presentarle un plan de paz que, según fuentes palestinas, resultaba inaceptable.

"Un gran error de Mohamed Bin Salmán"

“Es un gran error de MBS, que va a dañar la imagen de Arabia Saudí y dar un triunfo a Israel”, interpreta el analista saudí Jamal Khashoggi. “Terminará por descubrir que no puede conseguir mucho de Israel. Por un lado, presionar a los palestinos (…) no va a ninguna parte porque, incluso bajo ocupación, son mucho más libres que la mayoría de los árabes para expresar sus opiniones y manifestarse”, explica en conversación telefónica. Además, añade, “los israelíes no van a luchar contra Irán por nosotros”.

Khashoggi, cuyo estilo directo le ha obligado a autoexiliarse, opina que por el actual camino “Israel logrará el premio de la normalización con otro Estado árabe, y no uno cualquiera, sino Arabia Saudí”, mientras que éste no va a conseguir lo que quiere de aquél. “Israel no va a enviar a sus soldados a Alepo a luchar contra los iraníes, sólo interviene [como en los recientes bombardeos en Siria] cuando sus intereses están amenazados”, concluye.

No todo el mundo está de acuerdo en la evaluación de beneficios. “La clave aquí son las relaciones abiertas. En gran medida, Arabia Saudí ya está consiguiendo mucho de lo que necesita de Israel, sin una relación pública debido a sus posiciones compartidas sobre Irán. Pero aún tienen diferencias en otros asuntos”, precisa Gregory Gause, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad A&M de Texas y especialista en Arabia Saudí. Entre las discrepancias cita la reciente crisis libanesa, en la que Riad buscaba un enfrentamiento, pero Israel dio un paso atrás, pero el mayor obstáculo sería, y esta es una opinión compartida entre los analistas, “el coste de opinión pública que el Gobierno saudí tendría que pagar”.

“Aún sigue habiendo bastante sentimiento antiisraelí y simpatías propalestinas en el mundo árabe, y eso incluye a los saudíes”, explica Gause en un correo electrónico. “Las ventajas que Arabia Saudí obtiene de la relación entre bambalinas con Israel no serían mucho mayores si la relación fuera pública, pero aumentarían considerablemente los costes internos”.

De momento, el propio Trump ha puesto un obstáculo para oficializar esa relación cada vez menos secreta. Su decisión de reconocer Jerusalén como capital de Israel yde trasladar la embajada de EE UU desde Tel Aviv ha frenado nuevos gestos de aproximación ante el carácter altamente simbólico de la Ciudad Santa, que acoge el recinto de la mezquita de Al Aqsa, tercer lugar sagrado de islam, precisamente tras La Meca y Medina. En su reciente intervención ante el Consejo de Seguridad de la ONU, el presidente Abbas ha excluido a EE UU como mediador exclusivo entre israelíes y palestinos y ha propugnado una conferencia internacional de paz bajo un mecanismo multilateral, en el que si duda espera poder contar con Arabia Saudí como patrocinador del diálogo con Israel.

Visitantes del Golfo en la Ciudad Santa

Mientras Israel y Arabia Saudí intercambian señales de entendimiento, destacados representantes de monarquías del Golfo que se mueven en la órbita de Riad han visitado en las últimas semanas Jerusalén. Bahréin ha sido de los primeros en enviar gestos de acercamiento al Estado judío. Una delegación interconfesional del pequeño reino viajó a la Ciudad Santa en diciembre —poco después de la polémica declaración de Donald Trump que la reconocía como capital de Israel—, con el objetivo de promover la tolerancia religiosa.

Los movimientos de Bahréin resultan especialmente indicativos, vistos los precedentes en que ha actuado como punta de lanza de la diplomacia saudí (como sucedió con el boicoteo a Qatar). Además, tiene el bagaje perfecto para romper el hielo: aunque sus dirigentes, como el resto del Golfo, invocan a menudo la causa palestina y nunca han establecido relaciones oficiales con Israel, mantienen contactos desde hace dos décadas. No en vano, Bahréin es la única petromonarquía que cuenta con una comunidad judía autóctona.

Tres de decenas de delegados de Bahréin, entre los que además de judíos figuraban cristianos, budistas, hinduistas y musulmanes, acudieron a Jerusalén en medio de la sordina oficial del Gobierno israelí, y del abierto rechazo de los palestinos, cuyos representantes se negaron a recibirles.

Más discretamente aún para las autoridades del Estado hebreo ha sido el paso hace apenas un mes del ministro de Asuntos Exteriores de Omán, Yusuf Bin Alawi, por la mezquita de Al Aqsa, en el sector este de Jerusalén ocupado y anexionado por Israel. Fotografiado en la primera página del Times of Oman, su imagen frente a la dorada cúpula del Domo de la Roca parece marcar el inicio de una campaña islámica de respuesta a la decisión de Trump.

“Se trata de reforzar la presencia musulmana en Jerusalén”, señala el analista saudí Jamal Khashoggi, quien explica que “hay un llamamiento de líderes musulmanes en Turquía, Malasia y otros países para que los musulmanes tengan una mayor presencia en esa ciudad y no la dejen en manos israelíes”.

El ministro de Exteriores de Omán acababa de efectuar una visita oficial a Palestina, donde fue recibido por el presidente Mahmud Abbas. “Los árabes tienen la obligación de visitar la mezquita (de Al Aqsa) si pueden hacerlo”, declaró a France Presse Bin Alawi.

Aunque Israel ha guardado silencio sobre su presencia en el recinto de la Explanada de las Mezquitas, difícilmente pudo acceder el jefe de la diplomacia omaní sin la autorización, o al menos la anuencia, del Gobierno. No era su primer viaje a Jerusalén. En 1995, fue recibido por el entonces primer ministro (en funciones) Simón Peres, y al año siguiente ambos países firmaron un acuerdo para intercambiar oficinas comerciales. Pero el acercamiento se abortó con el estallido de la segunda Intifada en el año 2000.