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Para qué sirve un papa (Villavicencio, Meta)

Francisco reconoció que Colombia está llena “de gestos heroicos, de gran humanidad y alto valor espiritual”, una obviedad que poco se dice

Para qué sirve un papa: en Colombia, según se vio desde del miércoles 6 hasta el domingo 10, la terapéutica visita del papa Francisco sirvió para que por un momento perdiera sentido la cultura del conflicto; para que fuera evidente que los politiqueros de la ultraderecha no sólo se han portado como los dueños de Dios, sino que han estado viviendo de estafar la fe de los electores; para que Rodrigo Londoño, jefe del partido político Farc, suplicara perdón por haberle servido a la violencia durante tantos, tantos años; para que quedara claro que la tal “polarización”, que no se da cuando la gente puede concentrarse en vivir, es un invento de políticos en campaña. Para qué sirve un papa: para que Colombia, que ha sido un valiente hospital psiquiátrico sin terapistas ni enfermeros, recobre la sensación de que sí hay alguien mirando.

El papa pasó por Colombia para respaldar estos cansados esfuerzos por acordar la paz y para rebatir este exasperante derrotismo –“vino y se irá engañado”, repitieron los inescrupulosos que creen que puede timarse hasta a un papa–, pero también pasó por aquí para desempolvar lugares comunes que jamás sobran, lugares comunes, en el mejor de los sentidos, que las sociedades aturdidas van desdeñando con el paso de la Historia. Dijo el jueves en Bogotá: “que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza”, “vine hasta aquí a decirles que no están solos”, “no se dejen robar la esperanza”. Dijo el sábado en Medellín: “renuévense e involúcrense”. Dijo el domingo en esa Cartagena empobrecida que hace lo mejor y lo peor que puede para seguir siendo una postal: “ningún proceso colectivo nos exime de perdonar”.

Pero lo mejor de su visita sucedió el viernes en Villavicencio. En el parque Las Malocas, ante un Cristo mutilado por las Farc, Francisco reconoció que Colombia está llena “de gestos heroicos, de gran humanidad y alto valor espiritual” –una obviedad que poco se dice–, y luego escuchó el testimonio esclarecedor de una víctima de la guerra, la invencible Pastora Mira, que desde los seis hasta los cincuenta años se vio en la necesidad de ir por la vida perdonando verdugos: a los conservadores que le mataron por liberal a su padre, a los idiotas que le asesinaron a su marido por cuestiones políticas, a los paramilitares que le ejecutaron a la hija que buscó entre la tierra, con su propia pala, durante siete años, y a los que le pidieron ayuda unas noches después de torturarle y ajusticiarle a su hijo.

“No pierdan la paz por la cizaña”, insistió el papa Francisco, en Villavicencio, como diciendo que este coraje ya se ha ganado su alivio.

Y ahora que se fue, luego de servirle a esta sociedad como conciencia, ha sido claro que Colombia no debe insistir en su paz para gustarle a su Dios ni para gustarle a El Mundo –que hace unos días dejó escapar el titular “Francisco, en la patria de los narcos”–, sino porque, a fuerza de seguir viviendo, sus millones de víctimas han hecho respetar su derecho al día siguiente y su derecho a ser oídos. Dicho de otro modo: que el titulador de El Mundo haga el ridículo, pero que Colombia sepa que no es la patria de los narcos, sino la patria de sus víctimas, de los 8.376.463 seres humanos que han encarado la guerra, de las 458.781 asesinados, de los 165.927 desaparecidos, de los 34.814 secuestrados, de las 17.350 violadas, de los 10.237 torturados por todos esos defensores de la tierra que acabaron siendo devorados por el tráfico de drogas.

En Colombia se ha estado viviendo como si nadie estuviera mirando, como si el mundo y el cielo fueran ciegos que de tanto en tanto se entrometen, pero por estos días esperanzadores parece que estuviéramos listos a ser nuestra propia conciencia: ojalá.