Fútbol: Deportivo-R. Madrid
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Tiranías
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Cumpleaños
"Me divierte la inmediatez de la televisión"
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Secuestro en el aire
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Perdón
¿Por qué nos privan del placer?
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Fracaso en la inauguración
El colapso al final de la ceremonia de apertura recordó a Atlanta
Bajo el paraguas español
José Bono: argumentación falaz y pésimo estilo
El autor polemiza con José Bono, presidente de Castilla-La Mancha, sobre los malos tratos a las mujeres y la actitud de los jueces
Un gol para la polémica
Los técnicos discrepan sobre la legalidad del tanto del empate
Capítulo doble de 'Murder one'
"Hay gran hambre de cambio", afirma el nuevo primer ministro marroquí
Del Titanic al titanio
Del Titanic al titanio. No tuve ni siquiera la oportunidad de consultar el mapa, apenas lo hube desplegado se acercó una muchacha que hacía footing en las proximidades del Ayuntamiento y me preguntó si andaba buscando el guguen. Para alguien habituado al sonido del vasco esta palabra suena tan familiar como Egure o egunon. Luego me indicó por donde se iba al guguen, no sin advertirme que prestara atención al puente de Calatrava. Obedecí, pero el puente de Calatrava, una de sus aéreas osamentas blancas, cruza la ría por el muelle de Uribitarte y se da una tremenda bofetada contra las ruinas a las que conduce, un monstruo a medio destruir que recuerda los carcomidos templos de la ribera del Ganges.Unos metros más adelante se levanta la mole de un puente poco apreciado pero al que tengo en gran estima, el de la Salve, construido por el profesor Batanero de la Escuela de Ingenieros de Madrid, hacia 1968. Un golpe de suerte lo ha incluido como elemento ornamental gigante en el Guggenheim-Bilbao de Frank Gehry. Visto desde el campo de Volantín el puente posee la suave curvatura y el nervio formidable de un puente neoyorquino en miniatura. Si yo fuera empresario pondría un café bajo sus potentes torres, con ventanas hacia el guguen y un buen surtido de whiskys. Precisamente en esas torres funcionan dos ascensores que por 23 pesetas te colocan a la altura idónea para observar la mole del guguen. Apenas nadie los utiliza, pero yo subí acompañado por un hombre joven de aspecto elegante (uno de esos agradables bilbaínos que se ponen el loden incluso para dormir) quien, no sin antes carraspear educadamente, me preguntó: "¿Le ha gustado el guguen?". Manifesté una prudencia tan catalana como antipática, de manera que el hombre carraspeó de nuevo y sobreponiéndose a su timidez insistió: "Ya verá como el interior es muy bonito". Los bilbaínos están felices con su museo y desean que todos participemos de su felicidad. No es difícil. Como diría un viejo camarero checo en una película de Lubitsch: "Es posible ser feliz en Bilbao".