De Felipe González y Fraga a Sánchez y Rajoy: la historia del debate del estado la nación en seis actos

Cuatro décadas de este gran debate parlamentario muestran un clima político cada vez más agrio y algunas discusiones enquistadas en el tiempo

El líder de la oposición, Manuel Fraga, en su discurso en el debate sobre el estado de la nación, mientras el presidente del Gobierno, Felipe González, lo atendía, el 20 de septiembre de 1983.
El líder de la oposición, Manuel Fraga, en su discurso en el debate sobre el estado de la nación, mientras el presidente del Gobierno, Felipe González, lo atendía, el 20 de septiembre de 1983.

Casi nadie parecía muy entusiasmado en 1983 con la idea de celebrar un debate parlamentario sobre política general. Ni siquiera quien lo puso en marcha, Felipe González. “Al principio no le gustó demasiado, pero no tuvo más remedio que decir que sí”, revelaría años después el entonces presidente del Congreso, el también socialista Gregorio Peces-Barba, al periodista Luis Izquierdo, autor de una tesis doctoral sobre todos los debates hasta 2010. Algunos grupos lo veían como un modo de hurtar la discusión parlamentaria sobre temas sectoriales. El escepticismo alcanzaba a los editorialistas de EL PAÍS: “El presidente del Gobierno tiene sobradas ocasiones para hacer llegar su pensamiento a los diputados y a los ciudadanos, y no necesita reservarse para citas solemnes al estilo de los líderes populistas latinoamericanos”, escribieron el 20 de septiembre de ese año, tras la primera jornada del nuevo debate que se llamó “del estado de la nación”.

González llevaba 10 meses en el Gobierno y aún no había comparecido en el Congreso. Los opositores ya lo tildaban de “reina madre que no desciende a la arena política”, según palabras de él mismo en su primer discurso ante la Cámara. Cuando Peces-Barba le sugirió emular los debates de política general del Parlamento británico o del Congreso de EE UU, el presidente no se pudo negar. A González nunca acabó de convencerle un formato que le obligaba a discutir con una decena de portavoces y “no se puede manejar con un mínimo de rigor”, como se lamentaba en 1988.

La experiencia echó raíces y todos los presidentes —de cuya voluntad depende celebrarlos— han cumplido el ritual de someterse a ese examen parlamentario excepto en años electorales. Pedro Sánchez es el único que ha acumulado cuatro sin estrenarse aún, amparado primero en la sucesión de comicios y luego en la emergencia sanitaria. El debate que se inicia este martes será el primero desde 2015 y el 26º desde que Peces-Barba convenció a González. El repaso a la evolución de estas cuatro décadas muestra cómo el clima político se ha ido agriando en España. Y cómo el eco de antiguos discursos sigue resonando en debates actuales.

Fraga en el supermercado. Lo que hacen los diputados de hoy ante Sánchez ya lo hizo Manuel Fraga en el estreno de 1983. El entonces flamante líder de la oposición se fue a un supermercado de “clase media” y leyó ante toda España cómo habían evolucionado desde la llegada de los socialistas al poder los precios del litro de aceite, del “estuche de concentrado de caldo”, del “jabón de cocina” o del “kilo de arroz en saquitos”. La inflación volaba al 15%, y González no podía aspirar más que a reducirla al 12% a final de año.

El presidente, que acababa de llevar a los socialistas al poder, pedía paciencia, porque “cualquier cambio histórico necesita su ritmo”. Apelaba, con argumentos que sucesores suyos repetirían en situaciones similares, a que el mundo se enfrentaba a “una crisis económica como no se había conocido”. Y exhibía sus primeras medidas sociales: la semana laboral de 40 horas, “40 horas después de medio siglo”, recalcaba.

Fraga, volcánico exministro de Franco, era capaz de decir cosas como las que dijo aquel 20 de septiembre a González tras reprocharle el desbocado paro juvenil: “Y no creo que [los jóvenes] se consuelen pensando que ahora el porro lo tienen más fácil, porque básicamente está despenalizado, o que si tienen la desgracia de embarazar a una chica, dentro de poco la podrán hacer abortar”. Aun así, visto desde hoy, el tono de ese primer debate suena versallesco.

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Empieza el jaleo. No hay mejor prueba del cambio de clima político, una década después, que las expresiones que los taquígrafos del Congreso incluyen entre paréntesis para dejar constancia de las incidencias en el Diario de Sesiones. En el de 1983 no se encuentran apenas “rumores” o “protestas”. En el del 19 de abril de 1994 aparecen por todas partes, incluido un “¡qué sinvergüenza!” dirigido a González por un diputado sin identificar.

La derecha, ya con José María Aznar, acariciaba el final de su larga penitencia opositora. Diez meses antes, había sufrido un revés, después de que el PSOE, asediado por los escándalos de corrupción y otra incipiente crisis económica, ganase por sorpresa las elecciones. Todo había empeorado desde entonces. El Gobierno estaba acorralado y el PP no le daba tregua. Uno de los reproches que le dirigió González resulta muy familiar hoy: el bloqueo a la renovación de los órganos constitucionales.

Aznar presentó un implacable memorial acusatorio, centrado en la corrupción. Aún sin el célebre “váyase, señor González”, que lanzaría meses después, la conclusión de su discurso fue idéntica: “Usted no está en condiciones de seguir gobernando”. Una de las decenas de preguntas con que Aznar martilleó a González se la habría podido formular a sí mismo años después, cuando se destaparon las miserias de su partido: “¿Insinúa usted que es posible que la corrupción desfile por delante de su propio despacho sin que usted se entere?”.

Por la izquierda, González tenía enfrente a Julio Anguita en su mejor momento. Fue un duelo duro de fondo, aunque exquisito en las formas. El presidente se lo agradeció al líder de IU, y este le contestó dándole la vuelta al refrán: “Lo valiente no quita lo cortés”. “Hay demasiada crispación”, remachó Anguita.

Francisco Álvarez Cascos se dirige a Felipe González gesticulando desde su escaño en presencia de Aznar, el 19 de abril de 1994.
Francisco Álvarez Cascos se dirige a Felipe González gesticulando desde su escaño en presencia de Aznar, el 19 de abril de 1994. Marisa Flórez

Borrell y los “derechos devengados”. “Tiene la palabra el señor Borrell Fontelles”, anunció, a las 16.05 horas del 12 de mayo de 1998, el presidente del Congreso, Federico Trillo. Y automáticamente brotaron los “rumores” en la bancada del PP. Lo que siguió fue una “continua algarabía”, en palabras de Trillo. Josep Borrell se paraba a cada poco y protestaba: “Hay una táctica preconcebida para impedir el desarrollo de mi discurso”.

Tres semanas antes, Borrell había ganado las primarias al aparato oficial del PSOE, y las expectativas de su debut como líder en el debate del estado de la nación eran enormes. Aznar se mecía en el éxtasis del “España va bien”. Como ahora Sánchez, el líder popular presumía de haber acogido en Madrid “el comienzo de una nueva era” con la cumbre de la OTAN que por primera vez abría la puerta a los países del viejo telón de acero.

La escandalera del PP descentró a Borrell, que se zambulló en una abstrusa discusión de contabilidad, centrada en denunciar que la Seguridad Social camuflaba sus cuentas contabilizando “deudas incobrables como derechos devengados”. Aznar no contestaba, y Borrell volvía con sus “derechos devengados” hasta hacerse ininteligible. El Diario de Sesiones recoge así su réplica final:

—Si escuchan ustedes un poco, lo podrán entender. Se trata de que ustedes están computando como derechos devengados papel viejo incobrable que nunca entrará como derecho devengado (…) Señorías, ¿lo han entendido? (Varios señores diputados: ¡Sí! Risas).

Rajoy desencadenado. José Luis Rodríguez Zapatero estaba exultante entre los calores del 3 de julio de 2007. El presidente socialista prometía el “pleno empleo” para la siguiente legislatura y aseguraba: “En tres años seremos el primer país del mundo en red de alta velocidad”. El dinero no faltaba y Zapatero se podía permitir golpes de efecto como el anuncio de un cheque de 2.500 euros para cada recién nacido.

Su borrón era que ETA había roto la tregua y arruinado la apuesta del Gobierno por la negociación con un atentado mortal en la terminal 4 de Barajas. Rajoy se arrojó hacía ahí con todo. Algunas de las afirmaciones del que era líder de la oposición quedarían desmentidas por el tiempo, como cuando acusó: “Usted sabía que ETA no pensaba dejar las armas ni disolverse sin conseguir sus objetivos políticos, y lo consintió”. La otra línea de ataque fue el nuevo Estatuto de Cataluña. Han pasado 15 años y el PP de entonces, como el de hoy, ya acusaba al PSOE de “repartir la soberanía y retorcer la Constitución”.

Zapatero no se reprimió en la réplica. Arremetió contra el tono “despreciativo, faltón, apocalíptico” de Rajoy, a quien culpó de haber encabezado la “peor demostración de catalanofobia que se recuerda”. Por razones contrarias a las del PP, el Estatut también había incomodado a Zapatero con ERC, cuyo portavoz, Agustí Cerdá, mantuvo un áspero debate que concluyó retando así al presidente: “¿Cómo se lo tengo que decir? Míreme a los ojos. No me siento español”.

Los fotógrafos de prensa tomaban imágenes del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, antes de comenzar el debate sobre el estado de la nación, en 2007.
Los fotógrafos de prensa tomaban imágenes del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, antes de comenzar el debate sobre el estado de la nación, en 2007.Ricardo Gutierrez

Rubalcaba de Calcuta. “Señorías, 5.965.400″. Así empezó, el 20 de febrero de 2013, el discurso de un Rajoy ya presidente desde hacía 14 meses: recitando la cifra de parados. No fueron menos dramáticas las primeras palabras del líder socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba: “El estado de la nación es crítico”. Con la soga al cuello de los mercados y la austeridad alemana, Rajoy se presentaba tras haber incumplido todas las promesas electorales, con subidas de impuestos y recortes sin precedentes. Se excusaba en sus antecesores, que “hicieron mal todo lo que se podía hacer mal”, y se quitaba responsabilidad: “Se nos criticó porque las medidas que adoptamos eran duras, pero no era el Gobierno que las imponía, sino la ruina que nos amenazaba”.

El líder socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, interviene en la primera jornada del debate sobre el estado de la nación de 2013.
El líder socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, interviene en la primera jornada del debate sobre el estado de la nación de 2013.Cristobal Manuel

El debate fue intenso sin caer en la bronca. Rubalcaba golpeó con los recortes, la reforma laboral —”una máquina de despidos fáciles y baratos”— y el caso Bárcenas. Rajoy lo dejó atónito cuando insinuó que era el líder socialista quien debería dimitir: “No voy a pedir su dimisión porque ya hay quien se la pide dentro”. El mismo Rajoy que antes había zarandeado al Gobierno en el que Rubalcaba era vicepresidente se permitía ahora afearle: “El PP no cuenta en nada con su apoyo”. El socialista se rio: “¡Si somos Teresa de Calcuta comparado con lo que ustedes hacían!”.

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, recibe el aplauso de su bancada en la segunda jornada el debate del estado de la nación de 2013.
Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, recibe el aplauso de su bancada en la segunda jornada el debate del estado de la nación de 2013. Eulogio Martín Castellanos

“La compañera Susana”. Sin haber entrado aún en el Congreso, la sombra de Pablo Iglesias ya marcaba silueta en el hemiciclo el 24 de febrero de 2015,cuando Rajoy arrancó así su réplica a Pedro Sánchez: “Usted piensa más en el señor Iglesias que en los problemas de España”.

Sánchez era aún el debutante bendecido por el aparato oficial socialista, que se revolvía para defender de los ataques de Rajoy a la “compañera Susana Díaz”, luego devenida en némesis. Su discurso fue durísimo, otra vez con la corrupción y los recortes como arietes. “Usted se comunica con los españoles a través de un plasma y con un delincuente [Bárcenas] a través de SMS”, le dijo casi a modo de saludo. Rajoy tampoco era el de dos años atrás. La economía remontaba y él se jactaba de haber logrado “la cuadratura del círculo”. El líder socialista se le quejó de la “displicencia” con que lo trataba. Pero Sánchez ganó el debate, según el CIS.

Hace siete años, el entonces presidente comentaba el acoso a Ucrania definiendo a Rusia como “socio y vecino principal de la UE”. Sánchez y el líder de IU, Alberto Garzón —ahora ministro de Consumo— machacaban al Ejecutivo por la continua subida de los precios de la luz. Ambos pronunciaron palabras muy parecidas a las que, desde el banco azul, seguramente escucharán el martes arrojadas en su contra: “Usted no conoce la calle, no la pisa, no gasta suela de los zapatos”.

Pedro Sánchez, en primer plano, en el vigésimo quinto debate del estado de la nación, el 24 de febrero de 2015.
Pedro Sánchez, en primer plano, en el vigésimo quinto debate del estado de la nación, el 24 de febrero de 2015.Uly Martin



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Sobre la firma

Xosé Hermida

Es corresponsal parlamentario de EL PAÍS. Anteriormente ejerció como redactor jefe de España y delegado en Brasil y Galicia. Ha pasado también por las secciones de Deportes, Reportajes y El País Semanal. Sus primeros trabajos fueron en el diario El Correo Gallego y en la emisora Radio Galega.

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