Un poco de vitamina, por si acaso


La imagen muestra la fachada de un pequeño supermercado de barrio en Caracas. Pero he visto escaparates parecidos en calles de Madrid. El grito se multiplica como un eco. Ausente ya de nuestras vidas la pulsión estética, lo urgente es anunciar que aquí hay de todo y a precios tan tirados como los carteles que anuncian el producto. Vinagre, mayonesa, aceite, sardinas, café, pimienta… Llama la atención que el anuncio bajo el que se ordenan (o desordenan) los demás sea el de “suplementos vitamínicos”. La vitamina es una de las últimas creencias a las que aferrarse cuando ha fallado todo lo demás. ¿Será eso?, te preguntas un día. ¿Serán la depresión o la tristeza o esta falta de fe en cuanto me rodea producto de una carencia vitamínica? Los antiguos marinos, continúas razonando, enfermaban de escorbuto por falta de ácido ascórbico o vitamina C. Y el escorbuto no es ninguna broma: se te caen los dientes, se te pudren las encías, sufres dolor óseo y hemorragias internas… Lo mío es una tontería al lado de ese cuadro.
De modo que vas al médico, que te saca la sangre, y resulta que sí, que andabas bajo de vitamina B, también llamada antineurítica, o sea, que algo tiene que ver con el sistema nervioso, que es mayormente de lo que estás tú, de los nervios. De los nervios, como ese escaparate, porque hay que estar frenético para dar esos gritos cromáticos y tipográficos que apenas nadie escucha, como se deduce del par de viandantes borrosos que atraviesan la escena como el que atraviesa un día. Uno más, un martes o un miércoles cualquiera. El caso es que te tomas la vitamina, por si acaso.
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