El rugido del Congreso. ¿Qué hay de verdad y de impostura en la bronca política?

La Cámara baja tiene una cara desconocida y laberíntica, que va desde las salas en las que se cocinan los proyectos de ley hasta la tienda de recuerdos. Este es un recorrido entre bambalinas de la carrera de San Jerónimo

Retrato de uno de los leones del Congreso.
Retrato de uno de los leones del Congreso.Samuel Sánchez

Nota del autor: Este trabajo es el resultado de una estancia de dos semanas en el Congreso de los Diputados. Los hechos y declaraciones se refieren a las dos primeras sesiones plenarias ordinarias de febrero de 2023, que transcurrieron con normalidad y reflejan, por tanto, la rutina parlamentaria. Las primeras noticias sobre el caso de corrupción llamado Mediador saltaron un día antes de terminar la estancia. Por la misma razón, tampoco se recogen los días raros y tristes de la moción de censura de Ramón Tamames, aunque algunas de las escenas que presencié no se alejaron mucho de lo vivido en esas sesiones.

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No está bien visto hacerse el tonto en el Congreso. Lo conveniente, lo que garantiza la supervivencia en este laberinto de alfombras, tapices, escritorios y escaleras, es hacerse el listo. Al hablar o al callar, al moverse, al fumar un cigarro en el patio, al acechar a los ministros en la puerta del hemiciclo, al tomar la palabra a gritos en el escaño y al susurrarla en Casa Manolo, el bar de las confidencias y la tortilla. Los diputados del gallinero, castigados o irrelevantes, dan a entender con medias palabras que están en el ajo, mientras intentan sonsacar a los periodistas algo sobre su propio futuro en el partido. Los portavoces sonríen como esfinges, desafiando a quien se cruza con ellos a que les arranquen los secretos, y hasta los ujieres, disciplinados y omniscientes, parecen Sísifos empujando la piedra de la verdad cada vez que trepan por las escaleras del hemiciclo con carpetitas llenas de papeles reveladores, aunque también pueden ser recados sin importancia. Aquí, hasta el recibo del tinte tiene significado político.

Todo el mundo va de listo, salvo cuando el Tito Berni se pone en medio. Entonces, todos lucen caras de cordero y no saben de quién les hablan. O se ponen insolentes y a la defensiva, que es la peor forma de alegar ignorancia. Nadie lo vio nunca, nadie supo de sus trapacerías. Salvo en esos casos, la norma de etiqueta exige media sonrisa y dejar las frases colgando de puntos suspensivos, insinuando un “si yo te contara...”.

Aforo casi completo al inicio de la sesión parlamentaria del 8 de febrero.
Aforo casi completo al inicio de la sesión parlamentaria del 8 de febrero. Samuel Sánchez

He venido al Congreso a hacerme el tonto. El periódico me ha soltado unos días en esta región del sobreentendido para que la cuente desde la ingenuidad del intruso, con los ojos bobalicones de quien nació ayer. Me echan un capote los cronistas de EL PAÍS Xosé Hermida, José Marcos y Javier Casqueiro, que no tienen que fingir que saben mucho porque ellos sí están en todas las salsas. Me he propuesto no molestarles, pero cuando la cosa se pone muy enigmática me encomiendo a su guía. El Congreso es un sitio hostil para un ingenuo. Han adaptado su arquitectura para los discapacitados, pero no para escritores preguntones que se hacen los tontos —con candor, sin la agresividad de algunos portavoces empantanados en líos— para que les expliquen bien las cosas.

Los no diputados abordamos el Congreso por la popa, es decir, por la puerta de la calle de Cedaceros, en el edificio de la segunda ampliación, construido en los años noventa. El salón de plenos es solo la parte noble e icónica de un complejo que ocupa varios inmuebles a ambos lados de la carrera de San Jerónimo, que incluye hasta una tienda de recuerdos donde se venden gomas de borrar con la forma de los leones y bandejitas como las que usan los ujieres para llevar agua a los oradores. Aquí es muy fácil perderse. Por eso quiero empezar por el despacho de la presidenta, para que la verdad de la institución se me despliegue desde el centro, como un origami.

Meritxell Batet tiene un despacho muy cuco en la parte más antigua, la que llaman palacio. Tras su escritorio cuelga un sorolla, y en las paredes laterales brillan, casi sin querer, unos mirós y unos chillidas. Pero a mí la vista se me va a un cuadro menor —en comparación con estos—, aunque más significativo: junto a los sillones donde nos sentamos a charlar cuelga Lectura de un proyecto de ley en el Salón de Sesiones, óleo de 1908, de Asterio Mañanós.

La presidenta Meritxel Batet trabaja en su despacho ante un cuadro de Sorolla y un reloj de pared.
La presidenta Meritxel Batet trabaja en su despacho ante un cuadro de Sorolla y un reloj de pared. Samuel Sánchez

Mañanós, que fue pintor oficial del Senado y se especializó en lienzos sobre momentos solemnes de sus señorías, pinta el hemiciclo desde el lateral donde hoy se sientan los diputados socialistas. Lo primero que llama la atención (al margen de las levitas y los monóculos, de que las únicas mujeres estén en la tribuna de invitados y de que a la izquierda asome en su escaño un aburrido Benito Pérez Galdós, entonces diputado republicano por Madrid, aunque casi nunca iba a los plenos) es que era mucho más pequeño que ahora. Cabían muy pocos diputados en los bancos corridos, y la tribuna y la presidencia eran más modestas. Se mantuvo así hasta los años sesenta del siglo XX, cuando se añadieron las dos últimas filas de escaños para meter a todos los procuradores que iban a sestear y a aplaudir a Franco, quien también se hizo una tribuna más regia, para ser aclamado en condiciones.

Salvo eso, el salón de plenos es casi idéntico al de hoy. En un país de historia tan mutante, donde han pasado tantas Constituciones, regímenes y guerras, y donde casi siempre se prefiere la obra nueva a rehabilitar la antigua, la Cámara parece inmutable. Se mantiene la decoración y se reconocen casi todos los elementos. Si Narciso Pascual Colomer (el arquitecto que la diseñó en la década de 1840 a semejanza de la Asamblea Nacional de París) levantase la cabeza y visitase su obra, se maravillaría de lo poco que ha cambiado en casi dos siglos.

Según me explica Fernando Pardo, arquitecto conservador del Congreso, esto se debe a un trabajo de actualización y vigilancia constante del cual él es responsable: “En el hemiciclo se interviene todo el tiempo, cuidando mucho de no alterar su sentido original ni el simbolismo de la decoración”. Su reto profesional es que este espacio estrecho y alto (14 metros del suelo a la cúpula) sea a la vez ceremonial y práctico, histórico y actual, solemne y funcional. Una cuadratura del semicírculo que se parece mucho al dilema que sufre el parlamentarismo hoy: ¿puede una liturgia del siglo XIX interpelar a la sociedad del XXI?

Los ujieres cuidan de que todo esté en orden.
Los ujieres cuidan de que todo esté en orden. Samuel Sánchez

Decimonónico es un adjetivo que no pocos diputados han usado en ese salón con ánimo despectivo, para derogar leyes y costumbres que consideran periclitadas. Lo pronuncian en un escenario exquisitamente decimonónico, sobre las mismas alfombras que Mañanós pintó en su cuadro de 1908 y que se cuidan y limpian en la Real Fábrica de Tapices. Unas alfombras que, según me cuenta el médico de la Cámara, Pedro Górgolas, a veces provocan desmayos entre los estudiantes que visitan el edificio: “Lo que más atiendo en las visitas son alumnos con lipotimias y mareos provocados por el ambiente de las alfombras”, me cuenta en su consulta de la primera planta del edificio contiguo. “Supongo que vienen en autobús, sin almorzar, y este aire no les sienta bien”. ¿Sufren alergia a la democracia?, le pregunto. El doctor se ríe, pero lo desmiente tajante. Como el resto de los trabajadores de la casa, se toma muy en serio sus palabras y rehúye las ironías y los dobles sentidos. Para eso ya están los diputados.

No es mi intención bromear. También he venido a tomarme la democracia en serio, por eso me preocupa mucho la impresión que los alumnos de instituto, próximos votantes, se llevan de sus visitas al Congreso, que son continuas y procedentes de toda España. Los veo entrar en la tribuna de invitados desde mi atalaya en la de prensa. No parecen mareados. Es martes, primer día de la semana parlamentaria (que termina el jueves), por lo que el pleno ha empezado a las tres de la tarde. Es la sesión más floja de todas. Los visitantes se asoman a un hemiciclo prácticamente vacío donde se debate la nueva redacción de la letra A del apartado 1 del artículo 44 de la Ley 19/1994, de 6 de julio, de Modificación del Régimen Económico y Fiscal de Canarias, cuyo título invita a seguir la siesta. En la tribuna, un representante del Parlamento canario se queja de que sus islas no solo están lejos en el mapa, sino en las preocupaciones de España. Se siente ciudadano de segunda. En las bancadas, los diputados dispersos miran el móvil, se enfrascan en sus portátiles —José Antonio Labordeta escribió parte de sus memorias en el escaño— o charlan entre ellos sin atenderle. Le dan la razón: los problemas de Canarias, esa tarde, no le importan a casi nadie.

A lo mejor, engañados por los tuits de los diputados más marrulleros y por los titulares de la prensa más amarilla, los estudiantes esperaban asistir a una pelea de gallos con rimas raperas, pero eso solo sucede un rato los miércoles, de nueve a diez de la mañana, al principio de la sesión de control al Gobierno. La mayor parte del resto del tiempo —en un Congreso que tramita más leyes que casi cualquier otra Cámara europea— consiste en discutir la letra pequeña. Tanto se aburren algunos días que hay quien presume de haber aprendido a no bostezar, como el portavoz Gabriel Rufián, para que ningún fotógrafo malvado les sorprenda enseñando las amígdalas en sede parlamentaria.

Los secretarios de cada grupo avisan a sus diputados del sentido de cada voto.
Los secretarios de cada grupo avisan a sus diputados del sentido de cada voto. Samuel Sánchez

A los alumnos les explican que un escaño no es un pupitre y que los diputados ausentes no están de parranda, sino atendiendo reuniones y obligaciones en los muchos recovecos del complejo. Les cuentan, como me contaron a mí, que el hemiciclo es el salón bonito para las fotos, pero que el Congreso es un laberinto de varios edificios. Una de esas diputadas que conversan off the record (los lectores de crónicas políticas la reconocerán por el nombre de fuentes parlamentarias) me ha dicho que le gustaría llevar patines para ir más deprisa, y a fe que se camina mucho en el Congreso: los días que pasé empotrado allí, el móvil me añadió 6.000 pasos a los que suelo dar a diario. Seguro que les explican todo eso, pero es difícil que borren esa imagen tediosa y antigua, de ácaros y pelusa de alfombra bicentenaria, y más difícil aún es que esa estampa no refuerce los discursos antipolíticos y antiparlamentaristas que menudean hoy.

Se lo pregunto a Meritxell Batet en su despacho, junto al cuadro de Mañanós. “La liturgia es el debate, porque la democracia es deliberativa”, me responde, usando tal vez una frase que pone en los exámenes a sus alumnos de Derecho Constitucional. “Creo que el distanciamiento tiene más que ver con los contenidos que con las formas. La liturgia se puede explicar, y el procedimiento es importante porque aquí se hacen leyes, se controla al Gobierno y se representa a la sociedad española en toda su pluralidad. Cambiar el reglamento no solucionaría estos problemas. Además, tampoco hay voluntad por parte de los grupos para cambiarlo”.

Batet se ha ganado una reputación de presidenta escrupulosa y afecta a la solemnidad de la institución. Por ejemplo, se ha resistido al teletrabajo, aferrándose a una disposición del reglamento que dice que los diputados solo pueden intervenir desde el escaño y “de viva voz”. No hay teleplenos ni telecomisiones. En cuanto la situación sanitaria lo permitió, reinstauró una presencialidad sin apenas salvedades. Cree que dando esa batalla se abre un margen para rebajar la crispación y romper la polarización que cada semana se escenifica en la Cámara.

La liturgia domina la vida del Congreso hasta en sus aspectos más informales. La espontaneidad también tiene sus códigos y no hace falta recurrir a costumbres antiguas, como la norma de que los periodistas y los visitantes no entren al Salón de Pasos Perdidos si no van acompañados por un diputado. Apenas hay comportamientos que no estén reglados.

La semana parlamentaria empieza los martes a las nueve de la mañana, con una batería de ruedas de prensa en la que, por turnos de menor a mayor importancia, los portavoces de los grupos exponen a los medios sus planes y propuestas. En la sala de prensa se pone en escena un discurso oficial, con prosodia, orden y despliegue del argumentario que llevan impreso a doble espacio por los asesores, siempre a la vera del político. Al terminar, los periodistas salen de la sala y siguen al portavoz para formar el corrillo. En teoría, es una charla informal en el corredor donde, sin micrófonos ni cámaras, se deslizan insinuaciones, se dan pistas y se habla con cierta libertad. En la práctica, es un ritual tan rígido como la rueda de prensa oficial. Políticos y periodistas lo dan por hecho y lo tienen hasta pautado con los jefes de prensa.

En uno de esos corrillos, Pablo Echenique dijo: “Si hay voluntad política de acuerdo, los procedimientos y las normas no son un problema”. Se refería a las peleas entre el PSOE y Podemos, pero parecía una definición de la vida parlamentaria: si el objetivo está claro, todo lo demás es tramoya para la función.

"Canutazo” para los periodistas en un pasillo del Congreso que circunda el hemiciclo.
"Canutazo” para los periodistas en un pasillo del Congreso que circunda el hemiciclo. Samuel Sánchez

Los corrillos de la M-30 —así llaman al pasillo alfombrado que separa Pasos Perdidos del salón de plenos y rodea el hemiciclo, donde la prensa acecha a sus señorías— también son rituales, aunque en la tele parezcan depredación y anarquía. El servicio de prensa del Congreso pastorea a la manada que cada mañana persigue una declaración del presidente o de los ministros antes del pleno, y los políticos pactan cuándo y dónde darán el canutazo, es decir, esa declaración dizque espontánea y a bocajarro que, en realidad, viene con guion, memorizada y con puesta en escena escogida (“No me saquéis este plano, hablemos mejor aquí”, escuché a una coqueta y amable Irene Montero).

No siempre fue así. La primera vez que Alfonso Guerra, en la Transición, se encontró a una nube de reporteros en el pasillo, clamó a gritos y amenazó con quejarse a los directores de todos los medios por semejante acoso. Hoy, corrillos y canutazos solo tienen de informales los nombres. Su desempeño es tan ceremonial que podrían estar incluidos en el reglamento.

Todo esto refuerza la sensación de teatralidad, lo que —oh, paradoja— beneficia a quienes venden verdad y naturalidad. Gabriel Rufián, por ejemplo, además de una estrella parlamentaria (sus ruedas de prensa suelen estar muy concurridas: es el equivalente político de una canción llenapistas), es un personaje apreciado porque habla a pecho descubierto y está siempre disponible para cualquiera que lo aborde. En un Congreso polarizado y bronco, mantiene relaciones cordiales con diputados de varios grupos, y con él parece cumplirse uno de los tópicos: puede pasar un rato largo charlando entre risas con Edmundo Bal u otro miembro de Ciudadanos, que ocupa la bancada contigua a la suya, antes o después de cantarse las cuarenta en la tribuna. Le pregunto qué hay de cierto en esa idea de que los enemigos se amigan en cuanto salen del hemiciclo. Se lo pregunto en la cafetería de la tercera planta, la de los plebeyos (hay otra exclusiva para diputados), mientras nos interrumpen a menudo para felicitarle por su cumpleaños o para regalarle una guasa o una sonrisa.

”Yo rechazo ese tópico que dice que nos pasamos el día confraternizando con cubatas a un euro y medio”, me cuenta. “En todo el tiempo que llevo aquí, no me he tomado ni uno de esos cubatas, ni sé dónde los sirven”. No parece que sea allí, ciertamente, en esa cafetería que tiene más de cantina universitaria que de club elitista inglés como los que describía el escritor Evelyn Waugh en el Parlamento de Westminster, donde se emborrachaba con lores y duques en los tiempos de Churchill. Los precios también son universitarios: con Rufián no tomo nada, nos basta la conversación, pero un rato después almorzaré un bocata de tortilla, un agua y un café por menos de cinco euros.

Rufián también reniega de ser una estrella del rock y de los símiles pugilísticos cuando le digo que es un buen fajador y un buen golpeador: “Somos privilegiados y, a la vez, gente bastante normal desempeñando un trabajo con la misma cortesía que cualquier otro. Para mí, que me estudiaba de joven las intervenciones de Rubalcaba, es el mejor trabajo que he tenido en la vida. Que pueda haber buenas relaciones entre personas de distintos partidos no significa que teatralicemos la discrepancia. Yo niego la mayor, me parece frívolo hablar de teatralización. En el escaño hablamos de cosas muy serias, y hablamos en serio”.

Frívolo, no sé, tal vez sea inadecuado hablar de teatralización. Para narrar lo que sucede los miércoles en el hemiciclo es mejor un símil deportivo.

Las nueve de la mañana de los miércoles es el prime time del Congreso. Sus señorías ocupan todos los escaños, lleno total, cargados de cafeína y ganas de aplaudir y abuchear. Quienes van a interpelar a Pedro Sánchez y a los ministros acuden mucho mejor vestidos que la víspera. Escogen con cuidado los modelitos, conscientes de que España está atenta a ese rato que se replicará todo el día en las teles y en las redes sociales y que se retransmite por las radios como el comienzo de un Madrid-Barça.

Desde la tribuna de prensa, la sensación competitiva se exacerba por la disposición de sendas pantallas a ambos lados de la tribuna donde se proyectan los primeros planos de los oradores con un cronómetro sobreimpreso. Si colgaran unos marcadores con la puntuación de goles entre Gobierno y oposición, no desentonaría mucho con el ambiente. Las pantallas son verticales, adaptadas a la arquitectura del Congreso —otra intervención brillante y apenas invasiva del arquitecto Fernando Pardo—, y convierten los discursos (breves, de dos minutos) en vídeos de TikTok. Pregunta, respuesta y réplica se suceden con una agilidad inimaginable en un pleno legislativo corriente. El formato del debate viene ya listo para ser consumido en el lenguaje telegráfico y asertivo de las redes socia-les. El matiz, la moderación o la calma son aquí defectos oratorios: para brillar, hay que subir el tono.

El hemiciclo es también un plató. Desde la sala de realización se controlan las cámaras de este espacio y se emiten en directo las ruedas de prensa.
El hemiciclo es también un plató. Desde la sala de realización se controlan las cámaras de este espacio y se emiten en directo las ruedas de prensa. Samuel Sánchez

Pedro Sánchez se siente cómodo en ese escenario y se ha rodeado en La Moncloa de un equipo entrenado para la brega, convencido de que al Congreso se va a discutir, incluso a mitinear. Patxi López, portavoz socialista —y antiguo presidente del Congreso—, encaja bien ahí. Aunque admite que “la política desaparece en el espectáculo” y se considera a sí mismo un “clásico” que echa de menos “una oposición más razonable” (es decir, un PP como el que le invistió lehendakari en 2009), cree que las discusiones siempre han sido duras, incluso “durísimas”, y que los aplausos, los ataques y las broncas, siempre que no se traspasen ciertas líneas, forman parte de la “teatralización” y no hay que darle más vueltas. Sentado en el Salón de Pasos Perdidos, con la euforia del debate aún latiendo, no puedo sacarle del argumentario que dice que toda la culpa es de “la derecha”, a la que se empeña en tratar en bloque e identificar con los populares, siendo Vox una rama integrada en su árbol: “La crispación aparece siempre que el PP está en la oposición. La derecha abusa de la hipérbole permanente, montando lío en cada sesión de control”. Es un portavoz ejemplar, siempre tiene una frase a punto contra la oposición, lo que le lleva a ser un conversador pésimo, siempre rocoso y alerta.

El coche oficial suele llevar a Pedro Sánchez una hora antes de la sesión. Es el primero en llegar, pero no se deja ver. Cruza a paso atlético el patio que separa el palacio de la ampliación, donde siempre hay gente fumando, y los reporteros, los asesores, los diputados y el personal de la casa, incluyendo a policías y ujieres, montan una tertulia permanente y democrática, donde las castas se diluyen en el humo de los cigarros. Se encierra en el Salón de Ministros, una sala estrecha, alta y decorada con tapices, ocupada por una gran mesa en forma de óvalo. Allí termina de prepararse, acompañado por los ministros que hayan sido convocados por las preguntas de los grupos —que suelen llegar después del presidente, a veces acuden directamente al escaño azul sin pasar por ese camerino—, y entra al salón de plenos el último, medio minuto antes de las nueve de la mañana, sonriendo a los periodistas del pasillo, aunque sin darles más que los buenos días. Tres minutos después, ya está rapeando la primera respuesta, casi siempre a Cuca Gamarra, portavoz popular. En apenas media hora se despacha la pelea. El presidente aguanta en su escaño azul un rato de cortesía, mientras preguntan a alguno de sus ministros, pero pronto hace mutis y en poco tiempo la bancada del Gobierno se queda casi vacía. La bronca es una tormenta de verano, muy aparatosa pero fugaz. A las diez de la mañana, los ojos de España ya están puestos en otro sitio.

El diputado del PNV Aitor Esteban.
El diputado del PNV Aitor Esteban. Samuel Sánchez

El portavoz del PNV, Aitor Esteban, que pasa por ser uno de los parlamentarios más templados y chapados a la antigua —podría figurar sin desentonar en el cuadro de Mañanós de 1908—, cita como colofón una frase de Daniel Innerarity: “No hay que exagerar la debilidad de la democracia”. Podría citar también a Machado: “Todo pasa y todo queda”. Sí, nada parece demasiado grave, nada parece irreversible. La liturgia sigue, las leyes se aprueban, los debates se alargan y cada cual tiene su turno. Desde dentro, la tragedia no parece tan violenta.

Me lo decía la misma diputada de los patines: cuando se estrenó, hace dos legislaturas, leía las noticias espantada, porque los zarpazos que narraban en ellas no le parecían para tanto vistos desde el escaño. ¿Me habré perdido algo?, se preguntaba. Hasta que se convenció de que las palabras suenan más groseras fuera que dentro. No estaba mal tirada la alusión de Esteban, la democracia no es tan frágil. La frase funciona como consuelo para mañanas de gritos e insultos, pero conviene no abrazarse muy fuerte a ella: la polarización pasa factura. En eso están todos de acuerdo. Disienten en la identificación de los culpables. Lógico, porque en el Congreso no existe la verdad, sino 16 verdades, una por partido, resumidas casi siempre en dos verdades, una por bloque, aunque son verdades también confluyentes y sartrianas: al final, la culpa siempre es de los demás.

Las afrentas, sin embargo, son íntimas y personales. “Cuando tachan de terrorista a un presidente socialista, me lo tomo como una ofensa personal”, dice Patxi López. “El día que me acusaron de promover la cultura de la violación me dolió de verdad, es una acusación muy dolorosa”, me cuenta Cuca Gamarra en Casa Manolo, donde las confesiones, al pronunciarse sobre fondo castizo de cucharillas y cañas bien tiradas, suenan más sinceras que entre los tapices. La portavoz popular sostiene que se puede debatir “con firmeza” y “mantener la relación personal si no se cruzan ciertos límites”. ¿Ella los ha cruzado? “Si lo he hecho, no me he dado cuenta. Soy muy contundente, pero respeto al rival”.

El tópico de los diputados que se apuñalan verbalmente en el debate y luego se fuman puros juntos, si existió alguna vez, hoy no se cumple (al menos, fuera del círculo de amistades del Tito Berni). Hay mucha aspereza, muchas amistades rotas y muchos desplantes. Es raro el portavoz o incluso el diputado raso que no guarde su espinita de rencor por ese insulto inesperado o ese golpe bajo. Los de Vox son un caso aparte que abordaré enseguida. El resto colecciona desencantos y escozores. Como el Shylock de Shakespeare, los diputados también sangran si les pinchan. Me lo asegura el médico de la Cámara, el doctor Górgolas, que acredita que sus señorías son tan humanas como él y como yo, y sufren de lo mismo (no siempre fue así: hubo un tiempo, cuando Górgolas empezó a ejercer en las Cortes, en que los representantes del pueblo tenían las arterias más atascadas, los pulmones más negros y pesaban más k-los que sus representados, pero esto se fue corrigiendo y hoy se parecen mucho más al español promedio, en lo que a triglicéridos y transaminasas se refiere; la política no solo ha rebajado las calorías en la oratoria). La cuestión es si sus sentimientos agraviados y sus enemistades personales afectan a la democracia.

Las leyes se aprueban en el pleno, pero se cocinan en las comisiones que se reúnen en las numerosas salas del Congreso.
Las leyes se aprueban en el pleno, pero se cocinan en las comisiones que se reúnen en las numerosas salas del Congreso. Samuel Sánchez

”Yo tenía muy buena relación con Irene Montero, hasta que dijo que formábamos parte de la mafia. Pedí que retirara el insulto y no lo hizo”, me cuenta en Casa Manolo el diputado popular Guillermo Mariscal, que se sienta en el Congreso justo detrás de la ministra Montero. Pude comprobar que jamás se dirigían la palabra, pese a estar muchas horas juntos y a que Montero charla con mucha gente desde el escaño y Mariscal es de los tipos más sociables y dicharacheros de la Cámara. Lo curioso es que el parlamentario del PP promueve precisamente el encuentro en el desencuentro y sostiene que “la moderación consiste en entender un poquito al otro” y en concebir la discrepancia como la esencia del juego político. Algo de eso sabe: su expareja y madre de sus dos hijas es Coralí Cunyat, que fue diputada catalana independentista y muy próxima al sanedrín de Carles Puigdemont antes de su fuga. Su caso no es único, hay más matrimonios mixtos.

Mariscal perteneció a un grupo de encuentro entre políticos de izquierda y de derecha auspiciado por Javier Solana, el Aspen Institute, donde también participó Meritxell Batet (cuya expareja y padre de sus dos hijas es el expolítico popular José María Lassalle). Quizá influida por aquella experiencia, Batet promueve hoy el encuentro informal entre diputados de distintos grupos. Tienen que ser jóvenes, es decir, aún no malogrados por el cinismo, y ajenos, por edad, al compadreo que propició aquellos matrimonios mixtos. De momento, son una docena de parlamentarios del PSOE, el PP, Podemos y Coalición Canaria. Se reúnen para almorzar de vez en cuando e invitan a un ponente de prestigio para debatir con él alguna cuestión de actualidad. Con eso, Batet quiere romper las inercias de distanciamiento que observa en la Cámara y que atribuye, entre otras cosas, a los efectos de la pandemia: “La pandemia ha hecho mucho daño al parlamentarismo”, me cuenta. “Apenas había empezado la legislatura cuando estalló. Los diputados no se conocían y no tuvieron ocasión de entablar relación de ningún tipo, y aquí son importantes las relaciones. Ayudan a no cosificar al otro”. La presidenta cree que socializar sin atender al reglamento ni respetar los turnos de palabra mejora los debates y la calidad de la política.

Activistas trans celebran el 16 de febrero desde la tribuna la aprobación de la ley que reconoce sus derechos.
Activistas trans celebran el 16 de febrero desde la tribuna la aprobación de la ley que reconoce sus derechos.Samuel Sánchez

Casi ningún grupo parece por la labor. Al menos, nadie quiere ser el primero en dar su brazo a torcer o en bajarlo para no señalar la bancada de enfrente y empezar a rebajar su propia voz. Y luego está Vox, claro. Vox y sus aplausos.

Dije al principio que vine al Congreso a hacerme pasar por tonto y a asombrarme. A menudo he tenido que impostar la ingenuidad, pero con las intervenciones de Vox no me ha hecho falta. Su espectáculo merece una nota con un poco de detalle.

Los 52 de Vox están repartidos como un churro por los escaños. El plan original era colocarlos ordenados en el gallinero, pero protestaron y protestaron hasta que consiguieron unos pocos escaños en las primeras filas, para que Abascal y los jefes pudieran confrontarse cuerpo a cuerpo con el resto de los portavoces. El resultado es una distribución anómala que se extiende por detrás y por el lateral del primer pasillo. A diferencia de casi todos los grupos, no forman una masa compacta, pero suplen esta dispersión con disciplina y ánimo forofo. Los de Vox están siempre. En las horas más valle, cuando se debaten las iniciativas más irrelevantes, cuando en el hemiciclo solo sestea un puñado de diputados de cuarto orden, los escaños de Vox están ocupados. Rara es la vez que se cuentan menos de 20 diputados, incluso cuando entre el grupo socialista y el popular —que tienen 120 y 88 parlamentarios— apenas suman 10 sentados.

En la primera sesión de control a la que asisto, José María Figaredo —jefe del partido en Asturias, uno de los diputados más jóvenes y echados para adelante— interpela a la vicepresidenta Teresa Ribera sobre la cuestión del agua y los trasvases. Es el final de una sesión muy larga y casi nadie atiende a los modales joseantonianos del orador, que se exalta como si, en vez de agua, hablase de sangre. Sus compañeros, con Espinosa de los Monteros a la cabeza, aplauden con vigor cada pausa, cada ocurrencia. Lo hacen media docena de veces, lo que alarga el discurso mucho más allá de los siete minutos asignados (cada vez que hay bullicio en los escaños, el presidente para el cronómetro hasta que la cosa se calma: en Vox utilizan este recurso con filibusterismo calculado para chupar tiempo en la tribuna). Cuando termina, los aplausos son dignos de Maria Callas en un estreno en la Scala, y mientras Figaredo vuelve al estrado, le palmotean la espalda y le estrechan la mano como si viniese de ganar un Mundial de fútbol. Parece que nunca han oído palabras más emocionantes y sabias que las que acaban de decirse. Esta escena se repite siempre que interviene alguien de Vox. Para los demás diputados es paisaje, casi ni lo perciben, pero mis ojos recién estrenados no se cierran de puro asombro: qué persistencia, qué forma tan hooliganesca de usar el Parlamento. Si no fuesen tan bien vestidos, pasarían por los Ultra Sur.

Todos los grupos usan los aplausos y meten bronca cuando toca, pero ninguno con el sistema y el entusiasmo incansable de Vox. Es innegable que esta costumbre distorsiona la normalidad de los debates, aunque para muchos de los que están sentados en la bancada de la derecha la distorsión empezó con Podemos y su tendencia al melodrama. El otro partido del Gobierno tampoco se libra de la responsabilidad de envilecer el ambiente: cada vez que interviene la vicepresidenta Yolanda Díaz, el grupo socialista aplaude, mientras la bancada morada —incluidas las ministras y ministros de Unidas Podemos en los escaños azules— se cruza de brazos y proyecta un silencio altivo. Como ya he dicho, no hay un solo gesto sin significado ritual. Nada es gratuito ni azaroso. Sus señorías nunca abandonan el personaje, y como sería raro que en España hubiera 350 actores tan buenos y tan comprometidos con su papel, hay que concluir que no fingen. No hay teatralización, toda esa función es profundamente real.

La zarpa de Velarde, uno de los dos leones del Congreso.
La zarpa de Velarde, uno de los dos leones del Congreso. Samuel Sánchez

Llego a esta conclusión el último jueves por la tarde, cuando vence el plazo de la acreditación que me ha permitido curiosear a placer. El pleno termina y empiezan algunas comisiones. Los diputados que no están convocados a ellas sacan sus maletitas con ruedas del despacho y calculan si llegarán a tiempo para el próximo AVE o vuelo a su provincia. Los más relajados salen por el patio y se van a Atocha dando un paseo, para sacudirse el aire de alfombra bicentenaria. La desbandada es digna de un documental de naturaleza, el diputado es una especie migratoria. Antes de esta incursión parlamentaria me habría malpensado lo que todos —incluidos los estudiantes de visita—: hay que ver cómo se levantan del escaño que apenas han calentado estos días. Cómo corren hacia la vida real, lejos de este teatro de riñas, a vestirse de persona y a pegarse la buena vida. Hoy sé que las maletitas con ruedas van cargadas del mismo ruido y la misma furia que me han aturdido. Sé que viajan a sus circunscripciones con las consignas afiladas y el argumentario pétreo que han defendido en el pleno y en las comisiones.

Triste y sola se queda la carrera de San Jerónimo hasta la siguiente sesión, y yo la abandono y me quito la pegatina de periodista que llevo en la camisa con la sensación de que se me ha contagiado algo. No sé si son los ácaros de las alfombras, el tedio de las sesiones infinitas, la adrenalina de los corrillos pasilleros o el mal rollo de las primerísimas y vagas informaciones sobre los desmanes del Tito Berni. Quizá, pienso, cuando el bullicio del centro de Madrid me devuelve cierta sensación de realidad, es la desilusión del descubrimiento. Creía que la vida parlamentaria estaba hecha de hipocresía y fingimiento, y a esa fe rendía mis esperanzas democráticas. La civilización es un baile de máscaras, una liturgia compleja que regula las relaciones humanas para evitar sus aspectos animales y la devastación de la sinceridad. Confiaba en que la puesta en escena parlamentaria fuese aún una forma protocolaria de cortejo y berrea, la ritualización teatral —sí, teatral— de unos conflictos que tratados de otro modo conducirían al degüello del otro. Pero me han convencido de que no hay barniz, que lo que se dice en la tribuna se dice de verdad, con intención y sentimiento, y que para los diputados que corren a Atocha a coger el tren a su pueblo no hay otra vida que esta.

¿Debería alegrarme esta constatación, que no hay una verdad oculta y todo está a la vista? Quizá, pero recuerdo a la filósofa Hannah Arendt cuando, para defenderse de las acusaciones de antisemitismo que le lanzaron sus (dizque) amigos sionistas, dijo que las personas valen más que sus opiniones. Desde esa creencia, no puede hacerme feliz descubrir que casi nadie piensa así en la Cámara. En los días que pasé allí, me pareció que las opiniones se anteponían siempre a las personas. Y nada indica que vaya a cambiar.

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Sergio del Molino

Es autor, entre otros, de los ensayos 'La España vacía' (2016) y 'Contra la España vacía' (2021). Ha ganado los premios Ojo Crítico y Tigre Juan por 'La hora violeta' (2013) y el Espasa por 'Lugares fuera de sitio' (2018). Entre sus novelas destacan 'La piel' (2020) o 'Lo que a nadie le importa' (2014). Su último libro es 'Un tal González' (2022).

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