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Nostalgia del racionamiento

Estamos acaparando bienes y servicios esenciales a los que millones de personas no tendrán acceso en el futuro

Barrio en la ciudad alemana de Leipzig, 1985.
Barrio en la ciudad alemana de Leipzig, 1985. Getty Images

La caída del muro de Berlín pilló a David Hasselhoff, protagonista de la serie El coche fantástico, promocionando su primer disco. La Nochevieja de 1989 fue el primer cantante estadounidense que actuó en la República Democrática Alemana (RDA). Lo hizo subido a una grúa suspendida sobre el Muro, desde donde interpretó en playback una canción titulada Looking for Freedom (buscando la libertad). No a todos los berlineses les impresionaron las habilidades vocales pregrabadas de Hasselhoff. En un vídeo de la televisión alemana se aprecia cómo al menos dos personas le lanzan bengalas que pasan a centímetros de su cabeza. Es una escena que encarna a la perfección las debilidades de la interpretación dominante de la unificación alemana, que viene a ser una reformulación del lema de los Teletubbies: “¡Abrazo grande!”.

El escritor Heiner Müller denunció insistentemente esos relatos de la reunificación que cancelaban una experiencia histórica compleja que implicaba a millones de personas. Cualquier demócrata debería condenar la dictadura estalinista, pero la reprobación no es lo único que se puede decir sobre la vida en el Este. En especial, la caída del Muro significó la demonización del vocabulario político relacionado con la planificación económica. En la era salvaje de la globalización, el mensaje era nítido: los estalinistas racionaban, los demócratas no. La centralización, se decía, llevaba a un círculo vicioso de escasez y despilfarro; la competencia mercantil, a la abundancia para todos.

Sería absurdo infravalorar las debilidades sistémicas de las economías soviéticas, pero no siempre ni necesariamente tenían que ver con la centralización. Como ha señalado Óscar Carpintero, la mayoría de los bienes sujetos a planificación en el Este se producían autónomamente en empresas regionales, con un alto grado de delegación. Las economías de Polonia, Checoslovaquia y Hungría estaban tan monopolizadas como la de Estados Unidos. En 1990, las 100 mayores compañías checoslovacas reunían el 26% del empleo; en Estados Unidos era el 24%. Ningún sátrapa soviético soñó jamás con el nivel de monopolio de nuestra industria del automóvil, con el grado de planificación e integración vertical de Amazon o Walmart.

Pero, sobre todo, el capitalismo ha arrojado a la humanidad a una dramática crisis de escasez de energía, minerales, suelos fértiles y recursos necesarios para la vida. Nos negamos a reconocerlo por una mezcla de miopía y egoísmo: harían falta tres mundos y medio para generalizar las pautas de consumo de los españoles. Eso significa que estamos acaparando bienes y servicios esenciales a los que millones de personas —tal vez nosotros mismos— no tendrán acceso en el futuro. Somos estraperlistas históricos enredados en su propio timo piramidal. Los supermercados capitalistas están tan desabastecidos como los soviéticos: no lo vemos porque vivimos instalados en el saqueo ecológico.

Algunos estudios señalan que la arena común se está convirtiendo en una materia prima cada vez más escasa y cara. En países como la India han aparecido mafias violentas dedicadas al tráfico de arena. Es sólo un anticipo pintoresco de una pauta que se volverá recurrente. Cada vez más bienes y servicios hoy abundantes en Occidente —como los viajes en avión, la calefacción o la carne— se volverán inaccesibles para la mayoría. La cuestión es si el reparto de esos recursos escasos se producirá a través del mercado, de forma que unos pocos los acapararán; si dará lugar a una dictadura burocrática, como en la RDA, o si somos capaces de imaginar una forma de planificación justa, igualitaria y sostenible.

Según Selina Todd, cuando en 1949 los laboristas británicos retiraron los controles sobre los alimentos y el combustible creados durante la II Guerra Mundial, se enfrentaron a una oleada de indignación. La mayoría de la gente exigía que se mantuviera el racionamiento porque temían que, en caso contrario, aumentarían las desigualdades, como efectivamente ocurrió. Es una lección valiosa. Necesitamos cartillas de racionamiento medioambientales que aseguren que, entre otras muchas cosas, la energía, el transporte o los alimentos se reparten según criterios democráticos basados en las necesidades sociales. La alternativa es un escenario distópico de ecofascismo y guerra.

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