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IDEAS COLUMNA i

Parodia

Espero con cierta ansiedad la propaganda electoral. No hace falta que me cuenten lo mal que van las cosas, porque lo sé

Celebración en el Parlament tras la proclamación de la república catalana, el 27 de octubre de 2017.
Celebración en el Parlament tras la proclamación de la república catalana, el 27 de octubre de 2017.

Me parece que las elecciones, antes, eran más serias. Disculpen que me ponga cebolleta (ya solo los ancianos o los friquis recordarán quién era el abuelo Cebolleta), pero aquello era otra cosa. En las generales de 1977, las primeras desde la República, hubo un micropartido (el mío) con menos votos que militantes: seguramente unos cuantos de los nuestros, conociendo bien la casa, decidieron respaldar opciones más sensatas. En las municipales de 1979, la campaña de Sant Feliu de Llobregat se vio animada por una candidatura paródica llamada Progresistas y Galantes. ¿Se imaginan? ¡Una candidatura paródica! Entonces fue muy celebrada porque prometía cosas absurdas e imposibles. Ya ven. 

Eran otros tiempos, por supuesto. España salía de la oscuridad franquista, se enfrentaba a la oscuridad etarra y, en un país atrasadísimo respecto a Europa, casi todo estaba por hacer. Nos tomábamos las cosas en serio. Tanto, que hasta los chistes se hacían con solemnidad. Pienso, por ejemplo, en aquello de que Abc nombrara “hombre del año” a Jordi Pujol. Los políticos mentían, claro, y lo aprendimos pronto (aquel mefistofélico “OTAN, de entrada, no” de Felipe González, respondido con el Cuervo ingenuo de Javier Krahe); sin embargo, ellos intentaban simular que decían la verdad y nosotros intentábamos simular que les creíamos. Porque existía un amplio margen entre la política y la parodia.

Albert Boadella mostró la realidad de Pujol con Ubú. Pedro Ruiz, que no imitaba, sino que parodiaba, nos ayudó a descubrir que tras la lengua venenosa de Alfonso Guerra había lo previsible: uno de esos seres que envenenan. Cuando la decadencia de Felipe González (corrupción y crimen de Estado) y la irrupción de José María Aznar (con quien descubrimos que a la derecha del socialismo había algo aún más de derechas y no menos corrupto) crearon el cóctel perfecto de la crispación, nos asustamos de verdad. Supongo que seguíamos tomando las cosas en serio.Ahora, díganme: ¿puede alguien hacer una parodia de, por ejemplo, Pablo Casado? No. Es posible imitarle y resultar por ello hilarante, pero no parodiarle, porque ese hombre lleva su propia parodia incorporada. No hablemos de Quim Torra ni de la declaración de independencia de la República Catalana, que, como admitió Joaquim Forn ante el Tribunal Supremo, fue en realidad una parodia de una declaración de independencia. Cómo deben de carcajearse quienes le votaron y le creyeron. El Pedro Sánchez que gobierna es desde el principio una parodia en Falcon y Ray-Ban del Pedro Sánchez que presentó la moción de censura contra Mariano Rajoy para formar “un Gobierno de transición” que recuperara la “normalidad” y convocara “cuanto antes” unas elecciones. (Nótese el efecto cómico que adquieren hoy las expresiones “normalidad” y “cuanto antes”). Ya todo es autoparódico: Santiago Abascal a caballo, Ortega Smith con loden, Albert Rivera camuflándose en la plaza de Colón para que no se note mucho que sus aliados son sus aliados, Pablo Iglesias como caudillo de un partido llamado Unidos, je, Podemos, je, je. 

Espero con cierta ansiedad la propaganda electoral. No me importa que me mientan, siempre lo hacen. No hace falta que me cuenten lo mal que van las cosas, porque ya lo sé. Lo que exijo es risas. Muchas.

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