Quinta Milú Bellavista 2016. En la altura, la profundidad

Leandre Escorsell

Un cuenco de guindas reposa en manos manchadas de vendimia y mosto. La sangre de la tierra corre por las cepas y se hace tinta en la uva. Con ella, Germán R. Blanco, propietario de la bodega Quinta Milú, dibuja pasteles de zarzamora, oscuros. Su vino Bellavista 2016 es una acuarela que insinúa la tierra más cercana al cielo, que fue mar: arenas y frío, humedad e intensidad. Raíces. En la copa, las pinceladas son anchas como ese brazo de agua, y concentradas y sabias como una vieja tradición. Constelaciones de vino sobre el altiplano de castellana austeridad. Puertas antiguas de madera y el vientre de la montaña custodian umbrías. Aromas de alacena. Harina de algarroba y levaduras con pepitas de chocolate negro. Regaliz de palo. Es un vino montaraz y vibrante, dicharachero pero con su punto de reflexión. Sarmientos se convierten en humus, lentamente. Arrecia la lluvia de otoño y frente al hogar brillan el vino y sus historias.

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