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Las promesas fuertes

Es peligroso que un partido haga ofertas recordables y no las cumpla: la reforma laboral

Manifestación contra la reforma laboral, en marzo de 2012 en Madrid.
Manifestación contra la reforma laboral, en marzo de 2012 en Madrid.

Las promesas fuertes de un partido político, de un líder, llegan a ser parte de sus señas de identidad y de sus principios. Los votantes no las olvidan y estimarán siempre su cumplimiento como parte de la credibilidad de esa formación política: atribuirán al partido cuya ideología, programa y ofertas les resulten más cercanos la capacidad de llevarlos a cabo teniendo en cuenta su coherencia, su competencia e incluso las circunstancias externas más o menos restrictivas en las que tendrá que operar.

La derogación de la reforma laboral aprobada por el PP en el año 2012 es una de las promesas fuertes realizadas a la ciudadanía por los socialistas de Pedro Sánchez. Las hemerotecas están llenas de declaraciones, mitineras o reflexivas, del hoy presidente del Gobierno prometiendo la eliminación de una reforma laboral que desequilibró el poder de las partes en el seno de la empresa. Las primeras cauciones (las circunstancias externas más o menos restrictivas) llegaron nada más ocupar La Moncloa Pedro Sánchez y su equipo. En sus primeras declaraciones a la prensa escrita como jefe de Gobierno (24 de junio de 2018, EL PAÍS), Sánchez matiza: “Nosotros sostenemos que es necesaria la derogación de la reforma laboral, pero no hay mayoría parlamentaria para hacerlo. Hay mayoría para revisar el artículo 42.1 del Estatuto de los Trabajadores para proteger a los trabajadores de las empresas subcontratadas. Tenemos que ser capaces de resolver el tema de la ultraactividad [un convenio deja de estar vigente y no ha sido sustituido por otro] porque la reforma laboral acabó con ella. Creemos que se puede abrir el debate sobre la prevalencia en la negociación de los convenios colectivos a nivel de empresa o a nivel provincial. Y luego yo creo que hay un amplio margen para hablar de la igualdad laboral, de la lucha contra la brecha salarial”.

El salto atrás de Sánchez tiene que ver con no disponer en el Congreso de los Diputados más que con 85 dipu­tados. Sin embargo, las reticencias de su ministra de Economía, Nadia Calviño, a extinguir la reforma laboral son de otra naturaleza. En una visita a Londres la pasada semana, para entrevistarse con empresarios, fondos de inversión e instituciones financieras y venderles la política económica del Gobierno, fue muy explícita: se harán ajustes en la reforma laboral, pero sin cambiar el corazón de la misma. Es fácil entender que Calviño piensa que aunque el PSOE dispusiese de la mayoría adecuada en el Congreso, no se tocaría “el corazón de la reforma”. Su incomodidad con los partidarios de la derogación se manifestaba en la entrevista a EL PAÍS unos días antes que Pedro Sánchez: “Vamos a ver si es necesario revisar elementos de la normativa. No es tan importante cambiar lo que existe como comenzar a trabajar en el diseño del marco laboral que se corresponde con la España del futuro”.

Es evidente que aquí se expresan dos puntos de vista, al menos retóricos. Cuenta José María Maravall en su libro sobre las promesas electorales (Las promesas políticas; Galaxia Gutenberg) que el político demócrata Eugene McCarthy advirtió a su competidor en las primarias del Partido Demócrata a las presidenciales de 1968 en EE UU: “Es peligroso que un candidato nacional diga cosas que la gente pueda recordar”. Las promesas fuertes, como la de acabar con la reforma laboral, no son retórica hueca, sino que se basan en principios (contra la precariedad y la devaluación salarial) e indican medidas cuyo cumplimiento es exigido a los partidos que gobiernan. Partidos y líderes no pueden hacer promesas como si fueran candidatos virginales que pugnan por el poder, ya que llevan consigo una repu­tación que compendia su historia y que puede quedar destronada por los incumplimientos.

La influencia de las promesas en el voto depende de su credibilidad como señales. Los políticos compiten ofreciendo promesas a los ciudadanos, intentando diferenciarse unos de otros, esperando que sus ofertas respondan en mayor medida que las de sus contrincantes a las preferencias de la mayoría. En definitiva, cumplir las promesas fuertes determina si es cierto o no aquello de que “todos los políticos son iguales”.

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