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Reportaje:2004 CIENCIA

Tiempos de robots y clones

La clonación de embriones para obtener células madre con fines terapéuticos ha sido la estrella del debate científico de este año. Son investigaciones que pueden cambiar la perspectiva de la humanidad. Igual que las pistas sobre la existencia de agua en Marte o la aparición de un extraño eslabón en la evolución humana: el diminuto hombre de la isla de Flores.

Ha sido un buen año para la ciencia. Éste es un recorrido, a través de ocho descubrimientos, para comprenderlo mejor: desde el hombre gnomo hasta el autómata que piensa.

01 En busca del 'Ebu gogo'

Al hombre de Flores, u Homo floresiensis, sólo le faltaba vivir bajo una seta. El resto de las características de este antiguo habitante de la isla de Flores, en Indonesia, cumplía escrupulosamente los requisitos del género fantástico: un metro de estatura, un cerebro de tamaño similar al de un chimpancé y una relación milenaria con una especie de elefante enano llamado Stegodón. El descubrimiento anunciado en octubre por un equipo de paleontólogos australianos e indonesios ha dejado perplejo al mundo científico, porque el hombre de Flores no vivió hace cuatro millones de años, como nuestros bisabuelos australopitecos, ni hace dos millones de años, como nuestros abuelos Homo erectus, sino hace sólo 12.000 años, cuando nuestra especie, el Homo sapiens, ya había colonizado el mundo y estaba empezando a desarrollar la agricultura y la civilización.

Los propios científicos que han descubierto sus huesos en una cueva están tan asombrados que han empezado a atender con nuevos oídos las leyendas que cuentan los nativos de Flores. Hablan de unos hombrecillos peludos y barrigudos a los que llaman Ebu gogo, que en indonesio significa "la abuela que se lo come todo". Cuentan que los Ebu gogo bajaban a menudo de la cueva para robar sus cultivos, y que su voracidad era tal que llegaron a secuestrar a un bebé humano para comérselo. Aseguran que estas historias son recientes, de sólo hace uno o unos pocos siglos. ¿Es el Homo floresiensis lo mismo que el Ebu gogo? No parece posible, porque los huesos más recientes de Homo floresiensis tienen 12.000 años.

Pero los científicos sólo han examinado una cueva de la isla. Y tienen sólidas pruebas de que la desaparición del Homo floresiensis en ese lugar fue debida a una catastrófica erupción volcánica ocurrida hace 12.000 años. Si es así, no puede descartarse que el hombre de Flores sobreviviera al volcán en otras cuevas de la isla. O en otras islas. Los paleontólogos ya tienen proyectos para buscar restos más recientes. Sus declaraciones, de hecho, son tan optimistas que algunos colegas sospechan que ya han encontrado algo, aunque aún no tenga validez científica.

La interpretación de los descubridores es que los Homo erectus, los primeros homínidos que salieron de África, llegaron a Flores hace cerca de un millón de años, y que en la isla sufrieron un proceso de miniaturización evolutiva, como el elefante enano Stegodón y muchas otras especies isleñas. Si están en lo cierto, el campo de la evolución humana será una caja de sorpresas en los próximos años.

02 Nuestro lugar en el cosmos

Las evidencias de agua en Marte se han ido acumulando a lo largo del año, y las dos grandes agencias espaciales -la NASA norteamericana y la ESA europea-, han competido por primera vez para presentar las mejores pruebas. La ESA, que sufrió un duro revés con el fallo de su robot Beagle 2, con el que pretendía explorar sobre el terreno la superficie marciana, ha tenido que conformarse con las mediciones de su nave en órbita Mars Express, que, pese a todo, tienen una calidad sin precedentes. La NASA sí ha logrado colocar en la superficie del planeta rojo a sus dos robots Spirit y Opportunity, que han enviado a la Tierra valiosas imágenes y datos de nuestro planeta vecino.

La opinión pública siempre ha estado dividida sobre la exploración de los planetas, y lo sigue estando. Con la cantidad de problemas acuciantes que tenemos en la Tierra, dicen los críticos, es difícil justificar que se dediquen recursos a investigar otros planetas. Pero éste es el mismo argumento que suele aducirse contra la investigación básica, cuyo motor no es la búsqueda de aplicaciones médicas o tecnológicas, sino la pura sed de conocimiento. Hoy sabemos que esa crítica está descaminada. Los grandes avances de la medicina del siglo XX, de los antibióticos a la predicción genética de riesgos, son efectos colaterales imprevistos de la búsqueda del conocimiento puro. ¿Ocurrirá lo mismo con la exploración de Marte o Saturno?

La búsqueda de agua es un prólogo de la búsqueda de vida. Si los científicos llegaran a descubrir vida en Marte, aunque sólo fuera vida bacteriana, podríamos saber si esos organismos están emparentados o no con nosotros, los terrícolas. Cualquiera de las dos posibles respuestas cambiaría para siempre la percepción de nuestro lugar en el cosmos. Las aplicaciones médicas o tecnológicas acabarán apareciendo por donde menos se las espera.

03 ¿Quién teme a los clones?

Cuando un equipo científico anunció en febrero la clonación de los primeros embriones humanos, la pregunta más formulada no fue ¿cómo?, sino ¿dónde? El mundillo de la embriología no se hubiera sorprendido si la noticia hubiera llegado de la empresa de Massachusetts ACT, que llevaba varios años contratando a los mejores expertos para ese objetivo, pero los investigadores que lograron el éxito trabajaban en la Universidad de Seúl, en Corea del Sur. Las fuertes restricciones del Gobierno de Estados Unidos a la experimentación con embriones humanos habían impedido que la mayor maquinaria de investigación biológica del mundo se concentrara en ese asunto y, para desesperación de los científicos norteamericanos, Corea del Sur se llevó la palma.

Ni los expertos de Seúl ni ningún otro científico serio tienen la menor intención de clonar niños. Todos descartan esa posibilidad por los graves riesgos de malformación congénita que supone. Su objetivo es producir embriones de una o dos semanas, antes de su implantación en el útero, que sean clones de un paciente, para luego extraer de ellos células madre que puedan trasplantarse sin rechazo a ese mismo paciente. Los opositores a esta técnica, encabezados por la Administración de George W. Bush, argumentan que es un preámbulo para clonar niños, pero los científicos tienen sólidas razones para seguir adelante, incluso dejando de lado los aún lejanos trasplantes de células madre embrionarias. Al permitir la obtención de células genéticamente idénticas a una persona, la clonación de embriones humanos es una herramienta muy valiosa para investigar las diferencias entre unos individuos y otros: en su propensión a la enfermedad, en su reacción a los fármacos y en cualquier otro fenómeno de relevancia médica. Los temidos clones no son mensajeros del Apocalipsis, sino una preciosa fuente de conocimiento biomédico.

04 Un aire nuevo contra la malaria

La malaria no sólo es uno de los principales asesinos del Tercer Mundo, sino también una de sus mayores fuentes de incapacitación y miseria. Y también una de las grandes vergüenzas de la ciencia occidental, porque la investigación farmacológica, que los países desarrollados han dejado casi totalmente en manos de la gran industria, dedica más recursos a problemas como el acné, el catarro o la calvicie, fáciles de rentabilizar en las sociedades ricas, que a una enfermedad que está yugulando el desarrollo de medio planeta. De ahí la extraordinaria importancia del ensayo clínico dirigido en Mozambique por el médico español Pedro Alonso, que ha mostrado este año que una vacuna experimental contra la malaria puede evitar en niños más de la mitad de las manifestaciones más graves de la enfermedad.

El fármaco ensayado por Alonso no tiene por qué ser el definitivo. Ahora mismo hay otras 34 vacunas contra la malaria en fase de ensayos clínicos o a punto de entrar en ellos, y es perfectamente posible que alguna de ellas sea mejor, o que pueda complementar a la actual para ciertos casos. Pero el ensayo de Mozambique ha marcado el camino para ésta y otras pestes del mundo pobre. El gran logro de Alonso ha sido estimular la colaboración de la gran industria farmacéutica -la vacuna ha sido desarrollada en Bélgica por los laboratorios Glaxo SmithKline- con los investigadores y médicos mozambiqueños. Y, sobre todo, conseguir el dinero de una institución filantrópica, la Fundación Bill y Melinda Gates, sin la cual el ensayo no hubiera podido producirse jamás. Industria, ciencia local y mecenazgo dan la fórmula mágica. La esperanza es que esa fórmula se propague más rápido que los agentes infecciosos.

05 El mapa olfativo del mundo

Cuando un catador olfatea su copa de vino y dice: "Fruta madura, clavo, pimienta y un fondo de regaliz", su cerebro está haciendo una operación muy similar a la identificación de una canción o de una frase o de un paisaje. Ésta es la principal razón de que los biólogos estadounidenses Richard Axel y Linda Buck hayan recibido este año el Premio Nobel de Medicina, pese a que sus estudios del sentido del olfato no tengan ninguna aplicación médica evidente.

Todos llevamos en la nariz un analizador químico de alta tecnología. Cada célula del epitelio nasal lleva un detector de moléculas, y hay un millar de detectores distintos. Uno reconoce el amoniaco, por ejemplo; otro, el alcohol, y otro, el cianuro. Todas las células que detectan el cianuro, estén donde estén en la nariz, envían sus impulsos nerviosos al mismo sector del cerebro (el sector del cianuro, por así decir). En total hay unos 2.000 sectores. Con la experiencia del catador, cierta combinación de sectores activos pasa a significar "fruta madura"; otra combinación, "pimienta"; otra, "regaliz". El cerebro es una organización jerárquica, y el siguiente departamento ya no detecta combinaciones de olores básicos, sino combinaciones de combinaciones que significan "vino tinto".

El resto de las áreas cerebrales funcionan igual. Primero detectan notas, fonemas o fronteras de luz y sombra. Luego, sus combinaciones (motivos musicales, sílabas, ángulos); luego, las combinaciones de sus combinaciones (melodías, palabras, formas geométricas), y así hasta que, en las regiones más altas de la jerarquía, las diversas percepciones se enlazan y emergen los conceptos abstractos de los que se nutre nuestra experiencia consciente. Oler es una forma más de entender el mundo.

06 La mejora de la especie

Si hay un tabú científico, un experimento que nadie osaría hacer y que nadie aprobaría, es traer al mundo un bebé transgénico. Nuestro genoma es el producto de miles de millones de años de evolución, y tocarlo parece un juego muy peligroso: el de jugar a Dios, o a Darwin, según las creencias. Sin embargo, esta percepción podría llegar a cambiar. Y el superratón creado por Manuel Serrano y su equipo del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) tendría que ver con ese cambio de percepción.

Hay unos pocos genes que tienen un papel central en el cáncer. Son los guardianes del genoma, y cuando se inactivan en una célula, es fácil que ésta se escape de control y forme un tumor. Los científicos españoles razonaron que, si creaban un ratón transgénico con una copia extra de cualquiera de estos genes, el animal quedaría protegido contra el cáncer, y así resultó en los experimentos.

Por supuesto, nadie ha repetido el experimento en personas, pero todo lo que se sabe sobre la biología del cáncer indica que funcionaría igual. Si la técnica llegara a ser segura, ¿qué argumentos habría contra la generación de personas protegidas de nacimiento contra el cáncer? ¿Qué vendría después?

07 La fórmula del millón de dólares

En mayo de 2000, en plena fiebre milenaria, el mecenas norteamericano Landon Clay reunió a media docena de los mejores expertos del mundo, les hizo definir la lista de los siete problemas matemáticos fundamentales que estaban pendientes de solución y anunció al mundo que pagaría un millón de dólares a quien resolviera cada uno de ellos. El rasgo de generosidad hizo levantar muchas cejas, pero también algunas sonrisas torcidas. Los problemas eran tan difíciles, pensaron algunos expertos, que el viejo Clay jamás tendría que desprenderse de sus millones.

Pero las sonrisas se congelaron este año, cuando trascendió que un matemático ruso llamado Grigori Perelman había propuesto la solución a uno de los problemas irresolubles del mecenas Clay, la llamada conjetura de Poincaré, un enigma planteado en 1904 por el gran matemático francés Henri Poincaré y que lleva un siglo rechazando todos los ataques analíticos de los expertos. La conjetura de Poincaré se refiere a las esferas de cuatro dimensiones, unos objetos no sólo inexistentes, sino también inimaginables. La solución propuesta por Perelman también se las trae. El mecenas ya ve peligrar su primer millón.

La inmensa mayoría de los mortales somos incapaces de entender la conjetura de Poincaré, no digamos ya la solución de Perelman. Aun cuando la educación matemática de la población fuera la mejor imaginable, poca gente sería capaz de recluirse en una habitación de San Petersburgo durante ocho años, como hizo el matemático ruso, para evitar que el mundo de ahí fuera, con sus vulgares tres dimensiones, contaminara los universos imaginarios que pueblan su mente las 24 horas del día.

08 El robot que formula hipótesis

Las máquinas ya nos han superado en muchos aspectos -corren, vuelan y calculan a velocidades sobrehumanas-, pero los seres de carne y hueso seguimos sin sentirnos amenazados en nuestros territorios más exclusivos, como el arte, la creatividad, el pensamiento abstracto y la actividad científica. De ahí los escalofríos que ha suscitado este año la invención de los investigadores británicos Ross King y Stephen Oliver, de las universidades de Gales y Birmingham: un robot que no sólo hace experimentos científicos, sino que además formula hipótesis, interpreta los resultados y ajusta o descarta sus teorías para adaptarlas a los hechos. Eso es exactamente lo que hacen los científicos para ganarse el sueldo. ¿Y ahora qué?

En realidad, las máquinas actuales están consiguiendo resultados más notables en los dominios que los humanos solemos considerar más difíciles -hacer cálculos, formular hipótesis, jugar al ajedrez- que en los que nos parecen más triviales. Ningún robot, por ejemplo, es capaz de andar por un terreno irregular, ni de leer una carta escrita a mano, ni de tener una idea novedosa para preparar la comida. La razón es que los ordenadores, pese a su vertiginosa capacidad de cálculo, no comprenden el mundo que les rodea. Si les ofreces una llave, no entenderán tu cansancio de conducir. No pueden ver la gracia de un buen chiste ni el mérito de una buena caricatura.

¿Estamos salvados?

No. Ya hay una máquina capaz de entender el mundo -el cerebro humano-, y los científicos descubrirán la clave de su funcionamiento tarde o temprano. Uno de ellos, Jeff Hawkins, ingeniero informático de Silicon Valley, cree haberla descubierto ya. Dice que todas las regiones del córtex cerebral funcionan igual, y que su mecanismo básico es memorizar las correlaciones más habituales entre los rasgos del mundo y usarlas para predecir el futuro. Ya está programando ordenadores para que utilicen esa idea, y está convencido de que las máquinas de ese tipo, inspiradas en la mente humana pero dotadas de la velocidad de la electrónica, pronto nos superarán en inteligencia y creatividad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de diciembre de 2004