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REPORTAJE

Calados centenarios y vinos actuales

Bodegas de la Marquesa mantiene en Villabuena el espíritu de su fundador, que se sobrepuso a la filoxera

En 1878, el Ministerio de Fomento publicó un bando sobre la plaga de la filoxera en el que anunciaba a los viticultores las desgracias que iban a sobrevenir en unos años. A pesar de las previsiones, la plaga llegó y las bodegas riojanas entraron en una crisis que todavía se recuerda en toda la comarca. El anuncio cuelga en los muros de de la nodega de uno de los afectados, el marqués de la Solana, antepasado de los propietarios de Viñedos y Bodegas de la Marquesa, que con con la firma Valserrano han conseguido ubicarse en un lugar preferente de los vinos de su denominación.

Las preocupaciones de Francisco Javier Solano y Eulate, el marqués, no cayeron en saco roto. Regeneró sus viñedos y la heredad fue pasando de generación en generación hasta llegar a Juan Pablo de Simón, el actual propietario de la bodega. Por el camino se perdieron los títulos oficiales de la familia, pero no la tradición de elaborar vinos de crianza de calidad y con presencia.

Este fue un paso paralelo a la llegada, auge y desaparición de la filoxera. Hasta entonces, Solano y Eulate se había dedicado a elaborar vinos de año para las alhóndigas y tabernas del País Vasco. A partir de 1880, gracias a los consejos de monsieur Pineau, famoso enólogo bordelés fichado por la Diputación de Álava para divulgar en la Rioja alavesa los métodos que se seguían en Burdeos, el marqués de la Solana comienza a utilizar la crianza en barricas, que se consolida decenios después de que se acabara con la plaga.

Y hasta hoy. Los tiempos han cambiado el proceso, las variedades y calidades de las maderas, se han introducido novísimas técnicas y materiales en la fermentación y elaboración (como el acero inoxidable, sin ir más lejos), pero los vinos de esta bodega de la localidad alavesa de Villabuena mantienen el espíritu artesano de su fundador.

El mejor ejemplo de este espíritu se observa en el cuidado de las viñas, sin apenas aditamentos externos. Juan Pablo de Simón comenta cómo si necesitan proveerse de uva la adquieren a 'agricultores de fin de semana,de quienes sabemos que no buscan la alta producción sino el disfrute con la viña que han tenido que dejar por irse a trabajar a la ciudad'.

Este respeto por la tradición se encuentra también en la visita a la bodega, ampliada a partir de la propiedad familiar original, para facilitar la producción de una media de 300.000 litros de tinto y 15.000 de blanco al año. Afortunadamente, se han respetado los calados centenarios (cavas subterráneas) que, impolutos, mantienen el sabor de una bodega que ha pasado por innumerables vicisitudes familiares hasta llegar al buen momento actual.

En una de estas nuevas salas acondicionada con las últimas tecnologías se podía disfrutar hace unas semanas de la vindicación de una tradición ya perdida. Más de mil kilos de uva de las variedades rojal, moscatel blanco y rojo estaban extendidas sobre unas esterillas de cáñamo con el fin de quedarse pasas.

La intención ha sido la de elaborar vino supurado, un caldo que antiguamente se hacía en La Rioja por Navidades, del que parte se regalaba a la Iglesia y amistades, y el resto se utilizaba en celebraciones familiares. Una cosa es mantenerse en la primera línea (Valserrano exporta el 50% de su producción) y otra perder las referencias, cosa que no ocurre en esta bodega de Villabuena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de enero de 2002