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Editorial:

A 20 años de la infamia

HOY HACE 20 años se producía el golpe de Estado más emblemático de la posguerra. El mundo libre perdía una democracia, la de más solera del continente latinoamericano; un país, Chile, se quedaba sin libertad y sin su presidente constitucional, Salvador Allende; y un pueblo, el chileno, empezaba un largo camino de tristeza y de totalitarismo. Duró 17 años.Hoy puede celebrarse la efeméride con satisfacción porque la dictadura del general Pinochet es poco más que un mal recuerdo cerrado el 15 de diciembre de 1989, día en que Patricio Aylwin fue elegido presidente de la República. El margen de quienes votaron a su favor -obtuvo 10 puntos más que los dos candidatos más próximos al general Pinochet juntos- indicó entonces claramente con cuánta pasión esperaban los chilenos su libertad. También sirvió para recordar que una dictadura puede ser derrotada consecuentemente por medios democráticos, es decir, cuando se permite al pueblo expresar su voluntad y dar el mentís a todos los argumentos que ha utilizado el dictador para justificarse. Ocurrió en España tras la muerte de Franco; sucedió en Uruguay cuando los militares buscaron la aprobación plebiscitaria de su régimen (y traicionaron luego la voz de las urnas).

Sin embargo, la recuperación de la libertad en Chile no es aún completa. La democracia está bajo vigilancia constante del Ejército; éste todavía no ha devuelto plenamente al pueblo la soberanía que nunca debió robarle. Cualquier amenaza real, ficticia o intuida, proveniente del poder civil, es inmediatamente contestada por las Fuerzas Armadas con la simpleza de una amenaza de signo contrario, reforzada por el ruido de sables y mosquetes (como el pasado 28 de mayo, cuando la jerarquía castrense estimó que estaba demasiado próxima una condena de oficiales por su participación en la represión de la dictadura).

¿Cómo puede un pueblo desarmado hacer frente a unos militares decididos a hacerle nuevamente la guerra? La transición hacia la democracia es cosa aún no resuelta del todo en Chile. Queda por darse un paso principal: que la derecha, los partidos conservadores, manifiesten unánimemente y con claridad su fe democrática y su divorcio de las peores tendencias golpistas del Ejército. Y que desaparezca de la vida pública el sangriento dictador. No es probable que una democracia se consolide y progrese si parte de la derecha sociológica se identifica con el fascismo que durante 17 años la tuvo secuestrada. No es posible que la autoridad civil prevalezca realmente si no cuenta con la adhesión firme de todos los que la deben integrar y si los asesinos y torturadores siguen ocupando puestos determinantes del aparato del Estado.

Veinte años después de aquello, Chile se ha modernizado y en muchos aspectos ha vuelto a ponerse a la cabeza de América Latina. Los experimentos económicos de los Chicago boys (aquel grupo de economistas provenientes de la doctrinas de Milton Friedman que combinó la total libertad económica con la ausencia de libertades políticas y que intentó legitimar -sin éxito- a Pinochet) han sido superados por la aplicación de la economía de mercado en una sociedad democrática. Chile ha conseguido aumentar su riqueza, pero debe iniciar el camino de la redistribución; también en el terreno económico está por resolverse la transición.

Recordar el 20º aniversario del golpe de Estado para que no se repita nunca más la historia de la ignominia y de la infamia exige que se restablezca la justicia y que sean señalados los culpables. Pero exige más aún mirar hacia el futuro, proyectar las esperanzas y no reverdecer las nostalgias. Chile lo merece.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de septiembre de 1993