Xavier Güell

Xavier Güell: “Barcelona era el faro del sur de Europa y se ha hecho más pequeña”

El novelista y director de orquesta barcelonés publica ‘Si no puedes, yo respiraré por ti’, la primera parte de una tetralogía sobre las andanzas de varios compositores

El escritor Xavier Güell, en una calle de Madrid, en marzo.
El escritor Xavier Güell, en una calle de Madrid, en marzo.Samuel Sánchez

Este hombre es un volcán lleno de historias. Antes de esta entrevista, en un restaurante de Madrid, contó algunas, sobre su familia, sobre el amor, sobre él mismo y sobre la vida alrededor. Después ya fue menos privado. Es Xavier Güell (Barcelona, 65 años), que a los 17 ya era director de orquesta y productor musical y que ahora escribe novelas a partir de la vida de grandes músicos. Su tetralogía Cuarteto de guerra (Galaxia Gutenberg) comienza ahora con Si no puedes, yo respiraré por ti, su versión de la peripecia íntima de Béla Bartók, y proseguirá con las andanzas de Strauss, Shostakóvich y Schönberg.

Pregunta. ¿Qué es un director de orquesta?

Respuesta. El que es capaz de aunar elementos para poder hacer una totalidad. La música es trascender esa realidad empírica y llevarla a una realidad espiritual, y que pasa de compás en compás, lo que quiere decir que el compás cuatro es consecuencia de los tres primeros.

La música resistirá a pesar de la pandemia y de todos los desastres de la humanidad

P. ¿De qué sirve la metáfora de la música hoy?

R. La música persistirá a pesar de la pandemia y de todos los desastres que ha habido a lo largo de la humanidad. Beethoven y Mozart seguirán siendo referencias sustanciales para los seres humanos. No es que ellos quisieran trascender, es que llevaban un bicho en su interior y tenían la necesidad de sacarlo.

P. ¿Este tiempo se podría explicar en términos musicales?

R. Es un tiempo de duda, de miedo ante el futuro, de desesperanza, de sufrimiento, como tantos otros. La música ayuda al ser humano a preguntarse para qué vivimos, por qué el bien es mejor que el mal, por qué hay que vivir la naturaleza de otra manera si queremos que nuestros hijos hereden este planeta. A diferencia de la palabra, la música no dice nada, pero lo sugiere todo. Por eso los escritores que han tenido ese ritmo musical, escriben mejor que los otros.

P. ¿Qué composición podría ser el fondo musical de esta tragedia?

R. Cualquiera de Beethoven donde expresa la tragedia del ser humano, su capacidad y su necesidad de ir más allá, de trascenderlo y de superarlo. El final de la Novena es bien significativo para explicar cómo el hombre, desde las dificultades grandes, tiene que llegar al límite, no solo tiene que limitarse a ser lo que es, sino a lo que de verdad puede llegar a ser.

P. ¿A usted lo ha salvado la música?

R. Hago música desde que tengo uso de razón. No concibo una vida sin la música, y sí, me ha ayudado a superar dificultades… Mahler, sobre todo. Beethoven me ha hecho entender la vida, la música del siglo XX es de una riqueza extraordinaria, aunque poco conocida a partir del final de la Segunda Guerra Mundial. Fue lo que más me preocupó hacer en mi etapa de productor musical.

Beethoven me ha hecho entender la vida, la música del siglo XX es de una riqueza extraordinaria, aunque poco conocida a partir del final de la Segunda Guerra Mundial

P. ¿Cómo empezó?

R. Vengo de una familia muy liberal; mi padre sabía de las dificultades de ser un profesional de la música, así que me hizo estudiar Derecho, pero luego apoyó mi decisión de llegar a ser director de orquesta. Y fue mi tío abuelo Eusebio López Sert, pianista, quien me encarriló a superar la reticencia de aquella burguesía a la dedicación a la música profesional. Mi tío abuelo tenía una vida afectiva complicada y luchó para ser libre, una vida difícil y a veces trágica.

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P. ¿Le ha pesado su apellido?

R. Mi familia está vinculada a Gaudí por mi abuelo Güell, amigo profundísimo del arquitecto. Quisieron juntos transformar Barcelona, que hoy no se entiende sin ellos. Hicieron el Parque Güell, la Colonia Güell o el Palacio Güell y otras obras. Trabajaron para hacer de Barcelona una ciudad más acogedora. Toda la obra importante la hace Gaudí con Güell. Y hoy la consecuencia de esa asociación la veo deshecha; Barcelona ha pasado de ser cosmopolita a convertirse en provinciana, como consecuencia del nacionalismo. Los pueblos tienen derecho al suicidio, a ir al infierno si quieren, pero no se trata de que sean unos cuantos los que lo decidan. Barcelona era el faro del sur de Europa y se ha hecho más pequeña, más local.

P. A los 17 años fue de los más jóvenes directores del mundo...

R. Acompañé a Montserrat Caballé en Puerto Banús [Marbella, Málaga] en un programa de Verdi y Puccini. Hubo una bruma densa en el concierto. No nos veíamos ni los músicos. Pero ahí inicié una relación muy positiva con Montserrat y la dirigí por muchísimos lugares del mundo. Mi primer frac era un desastre. Mi tío, el que sería editor de Tusquets Toni López, que me acompañaba, me obligó a plancharlo. Hubo tardanza, pero llegué a tiempo de que Montserrat limitara la bronca que me merecía. Luego trabajé con Franco Ferrara y con Leonard Bernstein. Este era una persona arrolladora, que sabía que en todo género había música buena y música mala. Tenía un carácter variado; te hacía sentir en el cielo, porque te alentaba, pero a veces era intransigente y seco, seco. Me enseñó a buscar la esencia de la música en una libertad sin prejuicios, a sentir que había que tratar una canción de los Beatles como una obra de Schubert. Y no me puedo olvidar de Sergiu Celibidache. Él me enseñó que el objetivo primero de la música es alcanzar la libertad del ser humano a través del sonido físico.

P. En su libro sobre Béla Bartók introduce reflexiones que pueden imaginarse también como suyas sobre el populismo y la xenofobia que regresan.

R. Por supuesto. El momento actual tiene el gran problema, como lo tuvo en la época de Bartók, del nacionalismo que terminó impulsando el nazismo en la Europa de la que él se exilió. El ser humano no aprende de su historia y vuelve a caer en los mismos errores. Eso es desesperante. Vivimos en un mundo nefasto. Y en este momento hemos de volver a empezar.

P. De usted se ha dicho que es optimista y batallador. Y esos adjetivos se los adjudica también a Bartók.

R. En 1940, el momento más cálido de su carrera, Bartók es considerado uno de los cuatro o cinco compositores más importantes y respetados de Europa. Y aunque no es judío ni tiene necesidad de exiliarse, lo abandona todo para emprender un viaje a lo desconocido solo para dejar constancia de su radical oposición a las dictaduras de Horthy en Hungría, de Mussolini en Italia y de Hitler en Alemania, para que su ejemplo, ya que era muy conocido, sirviese de algo. En Estados Unidos se le van cerrando puertas y es sometido a vivir en la miseria. Amo los personajes sobre los que escribo, los saco fuera de mí y destaco sus principios éticos, el amor, la duda, las contradicciones brutales que tiene la vida, en definitiva, la muerte. Y este es el gran tema de Bartók, obsesionado por componer un concierto que le haga famoso en todo el mundo y sea la herencia de la que vivan los suyos. Ese tercer concierto es su obsesión, del que dejará inconclusos los 17 últimos compases.

P. ¿Esa energía con la que lo aborda le salva a usted también del desfallecimiento?

R. Por supuesto. Paso por ser una persona optimista y luchadora, pero yo mismo no me considero así. Soy víctima de esa imagen que he creado. Me planteo por qué la lucha de la creación en un mundo que es nefasto, donde no se atiende nada más que a razones banales, y donde lo verdaderamente grande es potenciado en aras de la frivolidad. Uno no es ni lo que uno cree ser, ni lo que uno representa. Uno está en medio de esas dos cosas.

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