MÚSICA

Lenny Kravitz, la estrella de rock que se encontró en la escritura

El músico defiende la tolerancia política y confiesa que la redacción de sus memorias, que acaba de publicar en España, le ayudó a cerrar viejas heridas familiares

Lenny Kravitz, en Los Ángeles (California) en octubre de 2018.
Lenny Kravitz, en Los Ángeles (California) en octubre de 2018.Rich Fury/AMA2018 / EL PAÍS

Lenny Kravitz (Nueva York, 56 años) repite a menudo la palabra “complicado”. Los últimos nueve meses han sido “complicados”, dice. Escribir un libro de memorias fue “complicado”. Lo que ocurre en Estados Unidos hoy es también “complicado”. Tratar de encontrar una voz, siendo como dice “profundamente bipolar” —“A la vez blanco y negro, judío y cristiano, de Manhattan y de Brooklyn”—, fue quizá lo más “complicado” de todo. En parte, porque lo hizo en una época (los noventa) en la que la industria de la música había llegado a ser millonaria: “Metía a los artistas en cajas que luego etiquetaba y yo no parecía encajar en ninguna”, afirma.

Son las diez de la mañana en las Bahamas, el lugar en el que el músico ha pasado los últimos nueve meses. De estas islas del Caribe era su abuelo materno y las visitaba a menudo de niño. Su madre, Roxie Roker, la famosa actriz de Los Jefferson, sitcom sobre una familia afroamericana que se mudaba a Manhattan, se pudo permitir muy pronto todo tipo de dispendios: incluida una mudanza a Beverly Hills. Algo que no sentó nada bien a su padre, un autoritario periodista que trabajó para el informativo de la NBC en el Rockefeller Center. El matrimonio estalló, pero para entonces Kravitz ya había descubierto a los Jackson Five, a James Brown, a Earth, Wind & Fire, y a Prince y David Bowie. “Me fui de casa pronto, quería encontrar lo que buscaba”, dice.

Suena relajado al teléfono. ¿Qué buscaba en la música? “Mi propio sonido. Desde los cinco años había querido ser músico. No ser una estrella, sino músico. Y sabía que necesitaba conocer a todo tipo de músicos, visitar estudios de grabación, tocar con cuanta más gente mejor, para encontrar lo que buscaba”, contesta. Poner en orden su vida en sus memorias, tituladas como su primer disco, Que rule el amor (Libros del Kultrum), se ha parecido un poco a eso. “Tardé un tiempo en encontrar mi voz para contar lo que quería contar y en el fondo he acabado escribiendo un libro sobre alguien que intenta descubrir quién es”, admite. Le ha echado una mano David Ritz, autor de numerosas biografías de músicos, entre ellos, la de Marvin Gaye.

“Nunca había pensado en contar mi vida. Pero David me convenció. Fuimos a cenar en Nueva York y me lanzó la idea. Y la verdad es que me alegro de que lo hiciera. Ha sido terapéutico”, confiesa. “Jamás pensé que la escritura podía llegar a sanar, pero lo ha hecho. Me ha permitido cerrar heridas”. La principal, la de la tormentosa relación con su padre. Pese a quererle con locura —fue él quien le llevó por sorpresa cuando era un niño a un concierto de los Jackson Five, su banda favorita entonces— nunca acabó de entenderle ni aceptarle. “Y yo tampoco a él”, dice. “Ahora, al convertirlo en personaje, he podido verle desde fuera, como un hombre que hizo lo que pudo”.

Su padre se equivocó, dice, pero “no habría sabido cómo no hacerlo”. Era un hombre “complicado”. Por eso asegura haberle perdonado. “He hecho las paces con él. Y en cierto sentido me siento liberado”, añade. La relación con su progenitor es lo más espinoso de esta primera entrega de sus memorias que acaba justo en el momento en que publica su primer álbum, en 1989. Repasa su infancia de hijo único y afortunado, su adolescencia más o menos rebelde y su fijación por la música; hasta su intento de convertirse en una figura totémica como lo eran Madonna o Prince. Eligió el nombre de Romeo, se compró unas lentillas azules y se añadió el apellido de Blue para ser Romeo Blue. “Por entonces parecía lo más obvio, pero me convertí en alguien que no era yo, no me gustó nada”, admite.

Olvido mediático

Hoy, con 11 discos publicados, ya ha superado incluso la breve indefinición del efecto de la década de los noventa. Kravitz brilló en la época de los videoclips y luego cayó en un fructífero olvido mediático que supo explotar como músico profundizando en un sonido que aún bebe por igual del rock, el funk, el soul y el reggae. Con el paso del tiempo se ha vuelto más barroco y complejo, como demuestra en sus dos últimos discos, Strut (2014) y Raise Vibration (2018), en los que prácticamente toca todo lo que se escucha. Demócrata —apoyó la candidatura de Hilary Clinton, y se alegró sobremanera de la victoria de Joe Biden y Kamala Harris—, cree que la América de Trump “siempre ha estado y estará ahí”. “El mundo parecía más bonito cuando era niño, pero tampoco lo era en realidad”.

“El problema va más allá del Black Lives Matter, la humanidad debe aprender a tolerar incluso al que opina diferente. Tenemos que aceptar nuestras diferencias y tratarnos con respeto, seamos de donde seamos y pensemos lo que pensemos. Y no hay lugar para la brutalidad policial, por supuesto. Es terrorífico, una tragedia”, asegura. No, no habla en el libro de Lisa Bonet —la madre de su hija, la actriz Zoë Kravitz—, pero sí la menciona. Supo que iba a casarse con ella al ver su foto en una revista, cuando era actriz en una sitcom, The Crosby Show, como lo había sido su madre. Tampoco habla de nadie ahora. “Estoy solo aquí en las Bahamas, y estoy bien, rodeado de naturaleza. No puedo quejarme. Aunque son tiempos complicados”.

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