Aquella Gloria que perdió la catedral de Santiago

En medio de la polémica por las propiedades del dictador, la Xunta protege las dos estatuas que se llevó Franco y otras siete piezas diseminadas del Maestro Mateo

Exposición sobre el Maestro Mateo en el Pazo de Xelmírez (Santiago) que reúne las esculturas que van a ser declaradas BIC.
Exposición sobre el Maestro Mateo en el Pazo de Xelmírez (Santiago) que reúne las esculturas que van a ser declaradas BIC.óscar corral

"Las puertas de esta basílica nunca se cierran, ni de día ni de noche, ni en modo alguno la oscuridad de la noche tiene lugar en ella, pues, con la luz espléndida de las velas y cirios, brilla como el medio-día". El Códice Calixtino describía de esta manera la catedral de Santiago, desembocadura de un río de peregrinos que nacía en el corazón de Europa, y que a su llegada buscaban cobijo en el templo para dormir tendidos en el triforio. Pero la convivencia de tantas almas acababa muchas veces como el rosario de la aurora. Según el cabildo catedralicio estos "escándalos y desórdenes y otros incombenientes" "subcedían de noche" en la iglesia "por estar abierta". Así que en 1519 el gobierno de los canónigos ordenó "hacer las puertas del Obradoyro, así de piedra como de madera" y se acabó lo que se daba. Fue entonces cuando la catedral empezó a perder parte de su gloria románica.

Dos de las esculturas que aparecieron tiradas en el jardín de Fonseca son las que en algún momento antes de 1961 se llevó Franco

Hasta ese momento, la basílica tenía una fabulosa fachada exterior, sin puertas, con un descomunal arco central y dos menores a los lados que permitían contemplar a placer las tres partes en las que se divide el Pórtico de la Gloria. Esas entradas estaban decoradas con figuras que completaban el proyecto iconográfico ideado por el Maestro Mateo, que habían sido labradas en su taller y transmitían fragmentos del mismo mensaje conjunto del Pórtico. Pero el arco de este nártex era tan grande que para hacerle puertas había que achicarlo, y para colocar bisagras era preciso retirar las esculturas de las jambas. Así comenzaron a desmontarse las primeras estatuas de la portada mateana que al fin, medio milenio después, ha decidido proteger la Xunta de Galicia: nueve piezas (que no son todas las que eran) en manos de la Iglesia, de un museo provincial y de varios particulares, entre ellos la familia Franco.

Con el paso de los siglos, a la primera amputación que sufrió la obra cumbre del románico se sumaron otras: la construcción en 1606 de una escalinata exterior (para salvar el desnivel de terreno entre el templo y la gran plaza que antiguamente no existía a sus pies) y la edificación del nuevo vestido barroco con el que se encargó a Fernando de Casas Novoa transformar la deteriorada fachada medieval (1738). No se ha hallado ningún documento, ningún dibujo que aclare cómo era en realidad la fachada de tiempos del Maestro Mateo, proyectista de todo el conjunto formado por el Pórtico y su atrio, la cripta en el plano inferior y la tribuna en el superior. Existen muchas teorías, pero se calcula que en estas obras que afectaron a los tres arcos podrían haberse retirado entre 10 y 14 estatuas-columna y figuras de jamba. Excepto dos, los reyes David y Salomón, que en el siglo XVII fueron retalladas en parte y reutilizadas para engalanar el pretil de la escalinata del Obradoiro, las otras acabaron arrumbadas en un parque próximo, o bien descabezadas para eliminar su carácter sagrado y empleadas como escombro y material de relleno.

Tiradas en un jardín

Dos de las que aparecieron tiradas en el jardín de Fonseca son las que en algún momento antes de 1961 se llevó Franco del consistorio compostelano. Su esposa, Carmen Polo, enseguida las utilizó para decorar Meirás y después Cornide, el palacete en el centro de A Coruña que se afanó en lograr para ella en una subasta pública amañada el banquero Pedro Barrié de la Maza. Hoy estas dos imágenes, interpretadas como los profetas Isaac y Abraham, o bien como Ezequiel y Jeremías, son reclamadas por vía civil a los herederos de dictador por el Ayuntamiento de Santiago. Tras la estela de la polémica, y aprovechando la exposición monográfica sobre Mateo que después de inaugurarse en el Prado recala en el Pazo de Xelmírez (Santiago), la Xunta ha iniciado la tramitación para declarar BIC (Bien de Interés Cultural) las nueve esculturas conocidas. Y aunque el proceso puede prolongarse 24 meses, los efectos de la protección son inmediatos. Ahora cualquiera de los titulares de las estatuas tiene prohibido exportarlas y debe notificar cualquier traslado, préstamo o intención de venta.

Abraham (o, según otros autores, Jeremías) e Isaac (o Ezequiel), labradas en granito en torno a 1188.
Abraham (o, según otros autores, Jeremías) e Isaac (o Ezequiel), labradas en granito en torno a 1188.ÓSCAR CORRAL

Estas garantías de protección eran reclamadas desde el año 2012 por el colectivo de defensa del románico gallego O Sorriso de Daniel, que lleva este nombre en honor del personaje del Pórtico con el que Mateo recuperó la sonrisa para el arte. "No hubo en toda Europa nadie equiparable a este artista en su época", afirma la presidenta de la asociación, Carmen Varela. El colectivo no comprende cómo se ha tardado tanto en proteger unas obras de tanta importancia, y detrás de la decisión ve el "estado de opinión" que se ha ido formando en Galicia en torno al discutido y bien nutrido patrimonio de los Franco.

La condición de BIC obligará también a exponer las esculturas al público al menos cuatro días al mes y la Administración se reserva el derecho de expropiación forzosa por "interés social" en caso de que peligre la conservación de la pieza. O Sorriso de Daniel reclama desde mucho antes que el Ayuntamiento que las estatuas vuelvan a Compostela para cumplir con el contrato de compraventa que en 1948 firmó el gobierno local con Santiago Puga, el hombre que le vendió a Abraham e Isaac al consistorio. Puga era descendiente del conde de Ximonde Pedro Cisneros, que en el siglo XVIII reparó en las magníficas piezas que dormían al raso en el jardín de Fonseca y acabó trasladándolas a su pazo a orillas del río Ulla, próximo al municipio de Santiago.

En el documento notarial firmado con el alcalde Joaquín Sarmiento, el heredero vinculaba su decisión de vender a la voluntad de que las esculturas no abandonasen jamás el "patrimonio municipal". En caso contrario, a lo pagado por las imágenes (60.000 pesetas), el Ayuntamiento debería sumar una indemnización de 400.000. Pero el gobierno local franquista incumplió el pacto. Dejó que Franco se llevase a los profetas en un acto de entrega del que no existe o no aparece ningún documento escrito, y jamás pagó su deuda con los de Ximonde.

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