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Cómo leer a las FARC

De la Calle y Jaramillo, los discretos encargados de negociar con la guerrilla la paz en Colombia, se abren para charlar de cultura durante el Hay de Cartagena

Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, durante el Hay de Cartagena.
Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, durante el Hay de Cartagena.

Desde octubre de 2012, dos altos funcionarios encargados por el presidente Juan Manuel Santos son los responsables de negociar con la guerrilla de las FARC la paz en Colombia. Humberto de la Calle, 68 años, erudito del constitucionalismo, es el negociador jefe. Sergio Jaramillo, experto en filología griega, 48 años, Alto Comisionado para la Paz, es el estratega. A parte de las ruedas de prensa en que informan de los avances del diálogo que se mantiene en La Habana, guardan distancia con los medios. La semana pasada estuvieron en Cartagena de Indias para dar sendas ponencias del tema en el Hay Festival. E hicieron una excepción a su celo mediático para conversar en privado sobre sus lecturas y su recorrido intelectual.

Jaramillo en la barra de un hotel, el viernes, con un vaso de vino blanco. Un hijo de la burguesía bogotana que en 1999 estaba estudiando ruso y leyendo a Chejov en Moscú y cuatro años más tarde se había convertido en el cerebro del programa de Defensa de su país. Dice que no puede dormirse sin leer un rato. La noche anterior había estado con La historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides, en griego. “Estoy en el libro III”. No le viene el nombre de la isla que protagoniza esa parte y se interrumpe para abrir Google en su teléfono. “Corfú”. Pero de lo que más lee es de información jurídica, de derechos humanos y de posconflictos: “El 95%”. En 2010, cuando inició en secreto los contactos con las FARC, su puesto era Alto Consejero de Seguridad Nacional, un cargo nuevo tomado del organigrama de presidencia de EE UU. “Al sentarme con uno de ellos con la propuesta, me dijo: “Qué cosa tan curiosa, usted está metido en la guerra y en la paz”. Yo le dije: “Claro, como usted””. Sergio Jaramillo tiene los ojos pequeños y precisos.

En lo último que se pensaría al ver al doctor De la Calle es en un muchacho de 17 años quemando ejemplares de un diario derechista de provincia delante de su sede. Camisa de lino blanca, pantalón azul marino como los calcetines, exministro, exembajador, exvicepresidente del Gobierno, zapatos negros con hebillas, rostro noble, a principios de los años sesenta fue un alumno de Bachillerato enamorado del nadaísmo, “una especie de revolución del 68 en Colombia”. Querían romper con la tradición literaria “bucólica” y con la cultura al uso en general. Él difundía el movimiento en Manizales, una ciudad provinciana de entorno rural. “A mi papá le horrorizaba lo que hacía. Era liberal pero rígido. Y mi madre, que era ultracatólica, sufría tanto que iba a preguntarle al sacerdote si lo que su hijo leía era un sacrilegio”.

Jaramillo subraya que el tiempo que saca para leer le ayuda a mantener “un estado de lucidez” en la tarea de negociación

–¿Y qué le decían?

–Que sí.

Ya leía materialismo dialéctico. Sus autores de cabecera fueron Marx y Freud. Pensó en hacerse psicoanalista, pero terminó Derecho y formó una familia. En las últimas semanas, el negociador jefe lee Back Channel to Cuba, sobre la historia de relaciones subterráneas entre Washington y La Habana, Talking to Terrorist de Jonathan Powell, mano derecha de Tony Blair en sus diálogos con el IRA, y The Sayings of Oscar Wilde. A las diez de la mañana del domingo estaba esperando a entrar a su charla en un teatro con la Nobel de la Paz Jody Williams. Hablaba y caminaba de un lado al otro del camerino.

–¿Qué tiene de escenográfico estar en una mesa con las FARC?

–En el fondo es una lucha de narrativas, de dos visiones redondas del mundo. El problema es encontrar los sitios donde las dos visiones se traslapan.

Al empezar el diálogo cara a cara, el ambiente era de “fría cordialidad”. Dice que los guerrilleros se metían en “largas sesiones de prédica ideológica”. Con el tiempo han ido encontrando una dinámica en común y ahora, explica De la Calle, “cada quien oye al otro”. Advierte de que los dirigentes de las FARC no son como algunos piensan “un lumpen” o “un grupo de ignorantes”.

Detalla que en Pablo Catatumbo, 63 años, sobreviviente de la vieja guardia, “suena un fuerte acento histórico”. “Se retrotrae a episodios nacionales como la Guerra de los Mil Días o a la época de La Violencia”. Un día De la Calle le preguntó qué le gustaría hacer cuando llegase la paz. “Yo quiero ser profesor de Historia”, le respondió Catatumbo. De Iván Márquez, el jefe de la delegación de la guerrilla en La Habana, que llegó a ser congresista, dice que tiene poder retórico y destaca que a veces, mientras discuten algún tema, “se pone a hacer caricaturas de nosotros. Y dibuja bien”. Dos días antes, en la barra, Jaramillo decía que a Márquez le gusta hablar en décimas, combinación métrica de diez versos octosílabos.

Sergio Jaramillo salió de casa a los 15 años para estudiar en Canadá y no volvió hasta los 30, después de pasar por Oxford, Cambridge y Heidelberg. Habla seis lenguas: español, inglés, francés, alemán, italiano y ruso, que llegó a manejar “decentemente”. “Probablemente, el funcionario más extraño de la cúpula del gobierno”, se ha escrito en la prensa colombiana sobre el muñidor del proceso. “Pan y vino de Hölderlin me lo supe de memoria, pero mi favorito era [lo escribe en alemán en la libreta del reportero] Andenken”, dijo durante la conversación. El escritor que más le ha gustado es Robert Musil (1880-1942), al que define como “la claridad”. En español Leonardo Padura, Roberto Bolaño, Rodrigo Rey Rosa, José Lezama Lima.

Jaramillo subraya que el tiempo que saca para leer le ayuda a mantener un “estado de lucidez” en la tarea de negociación y análisis de variables de un proceso histórico cuya culminación esperan con ansiedad Colombia y el conjunto de América Latina. “Es como un reloj con muchos piñones que están marcando el tiempo a la vez”, dice. Su tesis en Cambridge fue sobre el Teeteto de Platón, el filósofo griego que plasmó el poder del diálogo.