Arqueología

La cazadora que reescribió la prehistoria

Diversos estudios muestran que las mujeres intervenían en actividades adjudicadas a los hombres hasta ahora pero también ejercían otras específicas

Reconstrucción de una mujer neandertal en el Museo Arqueológico.
Reconstrucción de una mujer neandertal en el Museo Arqueológico.SAMUEL SÁNCHEZ

El hallazgo de los restos de una mujer de hace 8.000 años con todo un arsenal para cazar ha dado un buen revolcón a la arqueología. Que una chica de 17 a 19 años cazara grandes animales con lanzas (venablos) en los Andes viene a cuestionar la imagen de que la caza era cosa de hombres y las mujeres, en todo caso, se encargaban de limpiar y preparar las piezas. Otros trabajos recientes muestran que ese supuesto reparto de tareas no era tan universal ni tan antiguo como se pensaba. De hecho, muchos científicos apuntan que es un fenómeno más reciente.

“Nuestro estudio se limitaba a América y nos gustaría saber si se ha observado un patrón similar en otras partes”, dice el principal autor del estudio de la cazadora, el antropólogo de la Universidad de California Davis Randy Haas. “Hay algunas pruebas de que la división sexual del trabajo también fue mucho menos pronunciada o estuvo ausente en el Paleolítico Medio europeo”, añade, y menciona los trabajos de Mary Stiner y Steve Kuhn. Estos arqueólogos sostienen que la dieta de aquellos tiempos, la era de los neandertales (hace entre 150.000 y 40.000 años), era muy reducida, destacando la carne, y no confeccionaban la ropa a medida. Así que no habría mucho margen para la división del trabajo.

Kuhn cuenta en un correo que “la división del trabajo por género es más un producto de las normas sociales que de la biología o la psicología”. Y pone el ejemplo del hecho de la maternidad, argumento biológico de los que sostienen que el reparto diferencial de tareas es algo casi natural. “La maternidad puede inclinar la balanza en una dirección, pero no cierra por completo ninguna vía”, dice y lo razona: “Tenemos que recordar que ser un buen cazador o un buen recolector depende de adquirir muchos conocimientos y alcanzar un alto nivel de habilidad. Sería difícil y peligroso para las mujeres participar en la caza de animales grandes cuando se encuentran en las últimas etapas de la gestación o cuando tienen bebés lactantes. Tendría sentido que estas mujeres desarrollaran otras habilidades, como las relacionadas con la recolección o el procesamiento de alimentos vegetales. Por supuesto, cuando pasaba la edad de tener hijos o no los tenían por alguna otra razón, las mujeres podían convertirse en cazadoras hábiles y de hecho lo hicieron”.

La división del trabajo por género es más un producto de las normas sociales que de la biología o la psicología
Steven L. Kuhn, antropólogo de la Universidad de Arizona (EE UU)

Entre los antecesores de los neandertales no había división del trabajo por sexos. Al menos eso es lo que indica el estudio de sus dientes desgastados. “Los [homininos] de la Sima de los Huesos [en Atapuerca] ya usaban los dientes como herramienta hace 400.000 años”, dice la investigadora del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES) Marina Lozano. “Los dientes dan una enorme cantidad de información, nos dicen su edad, lo que habían comido o algunas de las patologías que sufrían. Pero los usaban, los usamos, para otras cosas aparte de su función biológica y se desgastan según el uso que les demos y el tipo de desgaste indica una tarea concreta", detalla Lozano. En los dientes de los restos hallados en la Sima de los Huesos todos tenían el mismo tipo de desgaste, “es decir todo el grupo hacía lo mismo”, concluye.

“En los neandertales todos iban a cazar en grupo, otra cosa es lo que hacían después”, comenta la científica del grupo de investigación EvoAdapta de la Universidad de Cantabria Almudena Estalrrich. En uno de sus trabajos, también con dientes desgastados, concluye que hace unos 50.000 años ya había cierta especialización de las tareas. Tras analizar la dentadura de decenas de neandertales, en particular sus incisivos, de tres yacimientos distintos en España, Francia y Bélgica observaron que todos tenían marcas, pero su número, intensidad y forma eran diferentes. "En los dientes de las mujeres, había más estrías y más largas. Hacían algo distinto a los hombres”, sostiene.

La directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (Cenieh) María Martinón-Torres mantiene que la división de roles en el trabajo ha sido común a lo largo de la historia del ser humano. Pero no necesariamente por razón del género, “sino por capacidades necesarias para el desempeño de determinadas tareas que pueden ser físicamente más exigentes y que pueden limitar la participación de algunas mujeres pero también de niños, ancianos y algunos hombres que puedan estar físicamente menos preparados”, detalla. En cuanto a las conclusiones del estudio de la cazadora de Haas, Martinón-Torres recuerda que “la caza en nuestra especie es una caza de tipo social, es decir, se organiza y desarrolla en grupo, e implica el diseño de la estrategia, la búsqueda de pistas, el rastreo, en la creación de señuelos… la caza no es solo músculo, también es cerebro”.

“La prehistoria se ha representado en términos heroicos, masculinos, siempre con hombres jóvenes y sesgada”, afirma el paleoantropólogo y director científico del Museo de la Evolución Humana en Burgos Juan Luis Arsuaga. El también codirector de la Fundación Atapuerca recuerda que la caza cuerpo a cuerpo dejó paso a la tecnología, a las armas arrojadizas con las que se mataba a distancia. “Esa caza, en la que se perseguía a un uro durante un mes está ahí, pero a los niños había que darles de comer todos los días”.

Arsuaga introduce uno de los aspectos que más han distorsionado el estudio del pasado: hacerlo con los ojos del presente, idealizando unas tareas y trivializando otras. “Lo que realmente cuenta para el grupo es el número de calorías”, concreta. Para Martinón-Torres “lo principal no es tanto atacar o no el posible estereotipo de si una labor es femenina o masculina, sino destacar que quizá el estereotipo esté también en considerar que la recolección o la caza de presas pequeñas es una labor menor frente a la caza de grandes presas”. Recientes estudios ya analizan la dieta en términos de coste. “En ese sentido la caza de grandes presas requiere mucho tiempo de inversión, de búsqueda, pero en términos de retorno se ha dedicado muchísima energía y tiempo a una actividad cuya tasa de éxito es muy impredecible”, completa la directora del Cenieh.

Muchos científicos sostienen que fue con el avance de los sapiens y, sobre todo, con su revolución neolítica y sus transformaciones, cuando se agudizó la división del trabajo por género. Por un lado, la introducción de la agricultura transformó de forma radical la obtención de los alimentos, relegando cada vez más a la caza. En 2017, un estudio con decenas de restos óseos de mujeres europeas comprobó que los huesos de sus brazos se fueron modificando con el avance agrícola.

La sedentarización facilitada por la agricultura generó también la aparición de núcleos de población y con ellos floreció la división por género del trabajo. Lozano tuvo la ocasión de analizar con microscopio electrónico de barrido los dientes de un centenar de enterrados bajo el suelo de Castellón Alto, un poblado de la cultura de El Argar, que prosperó en el sureste ibérico hace unos 4.000 años.

El desgaste de los dientes ha permitido comprobar que en las primeras ciudades ya había una marcada división del trabajo por género

“De entre todos los dientes, encontramos los de una mujer de edad avanzada, con muy pocos ya, que presentaban un desgaste y unos surcos muy grandes. Le faltaban trozos de esmalte y tenía unas estrías provocadas por una tarea muy repetitiva, como sujetar con fuerza y estirar”, explica Lozano. Ese patrón de desgaste pudo ser provocado, dice por una labor textil, en el hilado de un material vegetal o animal, como lana o lino, que son abrasivos. “Lo más revelador es que encontramos el mismo desgaste en otras cuatro dentaduras, todas de mujeres”.

La prehistoriadora Marylène Patou-Mathis acaba de publicar en Francia el libro L’Homme Prehistorique Est Aussi une Femme. Une Histoire de l’Invisibilite des Femmes (el hombre prehistórico también es una mujer. Una historia de la invisibilidad de las mujeres). En un correo electrónico explica como se acentuó la división del trabajo: “Hace unos 6.000 años antes de Cristo se produjo un cambio en la organización social”. Fue un período marcado por una explosión demográfica local vinculada a la abundancia de alimentos y la sedentarización y la aparición de la acumulación y la riqueza. Para Patou-Mathis, “estos cambios habrían remodelado las relaciones sociales, haciendo surgir élites y castas, incluida la de los guerreros, y dando como resultado una división de tareas más marcada por género”, añade.

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