De postureo para ricos a cicerone de gimnasio: ¿para qué sirve (de verdad) un entrenador personal?

Aunque meter a ‘tu preparador’ en tus conversaciones sobre salud suene bien, sus servicios no son imprescindibles. Eso sí, en su justa medida pueden hacer maravillas

COREY JENKINS / Getty Images/Image Source

Hace un tiempo, dejar caer las palabras mi abogado (o mis abogados, para más ínfulas) era una de las maneras más rápidas de atraer la atención en una conversación. Poco importaba sobre qué se estaba hablando, solo una persona importante o con una notable osadía las pronunciaría. Solo alguien importante… Ya no impresionan a nadie —ahora, de hecho, suelen producir sonrojo— pero han nacido otras fórmulas que recuerdan aquella por su efecto elevador del estatus. Algunas pertenecen al cada vez más importante universo del ejercicio físico, en el que destacan las palabras mi entrenador. No cabe duda de que confieren prestigio instantáneamente; a los buenos se los rifan en Hollywood y en el deporte de élite. Pero es que hasta el vecino del cuarto aprovecha cada ocasión para soltarte el último consejo de su entrenador en el descansillo. Y tú te preguntas: ¿para qué pagar a alguien que solo te pone a sudar? Si cualquiera puede atarse las zapatillas y hacer ejercicio por su cuenta...

José Miguel del Castillo, entrenador personal y asesor del Consejo General de la Educación Física y Deportiva de España, justifica la utilidad del servicio con un sencillo argumento: “Si Rafael Nadal o Pau Gasol siguen confiando en su preparador físico, por algo será”. Vale, sin objeciones. Pero tú no te ganas la vida haciendo deporte, ni siquiera tienes interés en participar en la San Silvestre de tu pueblo, solo quieres estar en una forma física aceptable, solo buscas tener la mejor salud posible… ¿Tú también lo necesitas?

La respuesta corta es no. “No es imprescindible”, reconoce Del Castillo. Pero hay muchos matices que invitan a una deliberación más atenta: “Mucha gente no sabe por dónde empezar a la hora de hacer ejercicio, o hace siempre lo mismo y se aburre (y lo deja), o tiene una enfermedad, lesión o condición especial que determina que no todo valga para ellos (el monitor del gimnasio no te pedirá analíticas, pruebas de esfuerzo, un informe del fisioterapeuta… el preparador, sí). Si a estas personas les orienta un entrenador se ahorran meses de actividades equivocadas o mal realizadas”. No es poca cosa: el ejercicio mal enfocado no te acerca a tus objetivos, ya sean adelgazar pasados los 40 o mejorar tu marca personal, y una rutina mal hecha bien puede conducir a una lesión.

Tener un preparador físico no significa estar acompañado cada vez que haces una sentadilla, a no ser que tengas mucha prisa por alcanzar un objetivo y ninguna preocupación por hacer un gran desembolso (¿a que el vecino del cuarto nunca te ha dicho cuántas veces al mes ve a su entrenador?). Lo que no sabe todo el mundo es que, a pequeñas dosis, estos profesionales también pueden ayudar mucho. Quienes son suficientemente cuidadosos para no acabar lesionados, por ejemplo, necesitan conocer bien la técnica, y hacerlo con la compañía de alguien que los corrija hasta que la hayan interiorizado. Las personas que no han hecho ejercicio en su vida y quieren empezar a una edad madura también necesitan un guía que se ocupe de trazar un plan de entrenamiento y descanso, aparte de calibrar la intensidad adecuada.

Luego hay quien no tiene mayor reto que mantener las lorzas a raya y el colesterol bajo control, y que muchas veces ya sabe cómo hacer los ejercicios. En esos casos, el asesoramiento puntual no está de más. “Bastaría consultar a un preparador físico cada 4 o 6 semanas, para que le orientase sobre su entrenamiento. Así se evitan un estancamiento o abandono por aburrimiento”. Conviene tomarse tiempo para elegir bien, pues no todos los que se ofrecen como preparadores físicos están adecuadamente preparados (en España, los entrenadores personales deben tener la carrera de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, pero hay mucho intrusismo).

Los perfiles algo más ambiciosos, como el de los deportistas populares con algo de experiencia, de los que bajan la guardia unos meses y luego aprietan para preparar un maratón o una Spartan Race, también se benefician de los servicios puntuales de un preparador físico. En estos casos, un plan personalizado permite adecuar las rutinas a la prueba que hayan elegido. Aquí el riesgo es caer en la tentación de reciclar planes de trabajo antiguos, lo cual es un error porque, como deportista, uno nunca es el mismo: “No se trata de repetir cada año el mismo programa. Hay que dar algunos retoques para actualizarlo al estado del deportista e ir acomodándolo mes a mes a su estado real” mientras dura el plan. Por ejemplo, si la preparación para un maratón es de 12 semanas, tres visitas deberían ser suficientes.

Eso sí, en el caso de querer aprender un entrenamiento totalmente nuevo hay que volver a la casilla de salida: acompañamiento total hasta interiorizar los nuevos ejercicios. Es importante tener en cuenta que tras la labor de los entrenadores personales hay una base científica importante que no todo el mundo puede comprender, y que un buen profesional actualiza constantemente (si el tuyo te dice que sigas con las lesivas abdominales de toda la vida y haciendo el supermán, quizá debas buscarle un sustituto...).

La cabeza también se entrena

En el ejercicio, como en la dieta, si hay una palabra que marca la diferencia entre quienes hacen de ellos una fuente de salud y las personas que solo consiguen frustración es adherencia. O sea, la capacidad de incorporar un entrenamiento determinado a la rutina como un hábito de vida. En este apartado los entrenadores pueden ayudar mucho, y para las personas más inconstantes llegan a ser determinantes.

“Cuando te orienta un buen profesional capacitado ves resultados, pero también te sientes apoyado y tienes más motivación, una clave en la adherencia de un programa a largo plazo”, asegura Del Castillo. A quienes tienen dificultades para adherirse, tener un preparador cerca les viene bien incluso en cada visita al gimnasio. El hecho de que te ayude a entrenar tres veces a la semana no es muy determinante en el plano físico, pero sí en el psicológico. Quien pueda permitírselo también tiene en la psicología una razón para pedirle que te visite en casa: para alguien que nunca ha pisado un gimnasio, verse rodeado de portentosos levantadores de pesas puede resultar intimidante.

Pero en cualquier centro deportivo hay monitores de sala que pueden orientarte acerca de qué puedes hacer para lograr tus objetivos, ya sean licenciados en Ciencias de la Actividad y el Deporte o técnicos de fitness. Eso va en la cuota del gimnasio. ¿Para qué llevarte tu propio entrenador? “Si no conocen tus características, tu condición médica o tus necesidades, serán consejos útiles pero más generales. Y que una máquina cuente las repeticiones o sepamos cargarla adecuadamente no genera una gran utilidad. Si no lo personalizas, puedes estar perdiendo el tiempo. Por eso hay clientes que contratan a un entrenador personal incluso dentro del gimnasio”.

Por otra parte, “si entrenas siempre de la misma manera no mantendrás tu estado de forma, sino que lo reducirás con el paso del tiempo", dice Del Castillo. "Un ejemplo es mi suegro Marcial —continúa—. Lleva años haciendo exactamente el mismo recorrido para andar, a la misma hora y al mismo ritmo de marcha. Ese estímulo, en su zona de confort, cada vez le supone un menor desafío fisiológico. Su estado de forma no solo no mejora, sino que decrece. Es un error creer que mantenerse en forma no necesita planificación”, dice Del Castillo. Y lo suyo es que esté hecha a medida. Como un traje que te pones una vez al mes: ¿compensa o no el gasto extra?

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