Si lo nuestro es la tierra firme, ¿por qué nadamos?

Si la evolución hubiera querido que los humanos se movieran por el mar, no les hubiera arrebatado las aletas ni las branquias. Pero no contaba con la obstinación del ‘Homo sapiens’...

La ciencia dice que relaja, alivia el estrés, mejora la coordinación, el equilibrio, la postura y la flexibilidad.
La ciencia dice que relaja, alivia el estrés, mejora la coordinación, el equilibrio, la postura y la flexibilidad.Ben Welsh / Getty Images/Design Pics RF

“Es un deporte introspectivo, silencioso, en medio de un mundo caótico y ruidoso. Es terapéutico. Para el cuerpo y la mente. Una forma aventurera de trasladarse, una vía para alcanzar ese extático estado de flow. Nadar enseña a conocer el miedo y sobreponerse a él”. Son algunas de las razones que esgrime Bonnie Tsui en su libro Why we swim (”Por qué nadamos”, en inglés), para responder a tan filosófica cuestión. ¿Le parecen románticas? ¿Oníricas quizá? Explicaciones hay tantas como aficionados y valientes dispuestos a lanzarse de cabeza a un medio que no nos deja ni respirar.

Podría distinguir a un nadador de cualquier otro deportista, a simple vista. Avanzar por el agua se rige por parámetros distintos a hacerlo en tierra firme. La inmutable ley de la gravedad, definida por Isaac Newton, se nota menos gracias al principio de Arquímedes, según el cual todo objeto sumergido experimenta un empuje vertical que favorece su flotabilidad, pero obliga a cambiar radicalmente de registro a un cuerpo diseñado para el aire y la tierra. Si bien desarrollarnos en un líquido de parecida densidad ayuda a que no nos sintamos tan extraños, una vez aprendemos a chapotear (quizá, de nuevo) sin hundirnos, lo normal es que descubramos que mover todos los músculos contra el agua tiene su encanto. El organismo lo sabe porque responde consolidando el ritmo cardiaco, construyendo resistencia, fuerza muscular y fitness cardiovascular y manteniendo el peso corporal. La ciencia dice que también relaja, alivia el estrés, mejora la coordinación, el equilibrio, la postura y la flexibilidad... Y refresca.

También el corazón del nadador es diferente

Cuando escoges una modalidad deportiva y la practicas de manera regular, intensa y prolongada, el motor del cuerpo cambia

A algunos, además, les brinda independencia en suelo hostil. Es el caso de Xavi Torres. Nació con tetrafocomelia (ausencia o acortamiento de las extremidades) y dosis ingentes de cabezonería. El combo perfecto para acabar colgándose 16 medallas en natación, en varias ediciones de los Juegos Paralímpicos —cinco de oro, cinco de plata y seis de bronce—, además de varios récords mundiales. Desde niño entendió que el agua le ofrecía lo que el firme le negaba: “Al haber menos gravedad, mi movilidad reducida se transformaba en libertad”.

El trabajo en seco completa la forma física

Se hacen muchas horas de entrenamiento de fuerza en el gimnasio para mejorar la potencia. Y, a las muchas más en piscina, se añaden intermedios de tareas sobre el bordillo. Esta alternancia maximiza lo que llaman transferencia: cómo un ejercicio mejora la realización de otro. Una práctica típica es, desde la posición de sentados, botar un balón medicinal con fuerza en el sitio o realizar torsiones a ambos lados para fortalecer la musculatura lumbar y los brazos. E, inmediatamente después, zambullirte y hacerte un largo con esa fatiga. “El reparto de horas de trabajo y la estrategia dependen mucho del estilo y la distancia. Crol, espalda y mariposa reclutan, mayoritariamente, los músculos del tren superior: pectorales, hombros y brazos”, cincelando típicos cuerpos en uve.

“El estilo mariposa es el más complicado. Implica respiración frontal y una enorme exigencia de fuerza, técnica y coordinación entre piernas, brazos y caderas. La braza, en cambio, a nivel ‘amateur’ es un movimiento innato que permite ir con la cabeza fuera del agua y respirar con normalidad, aunque, en competición, el tren inferior tiene más protagonismo por la intensidad de la patada de rana, que implica unir las rodillas y puede resultar lesivo. Lo que es común a todos los estilos es la necesidad de un ‘core’ [parte central del tronco] fuerte para mantener la horizontalidad. Cuanto más plano nades, más hidrodinámico serás: menos te va a frenar el agua”.

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Para sobrevivir en un medio líquido, mantenerse a flote y no tragar mucha agua puede bastar. Y para disfrutar, vale bucear incluso torpemente, de bordillo a bordillo. Simplemente chapotear ya es placentero. Torres es un ejemplo de que ser un campeón requiere bastante más. “Deslizarse por encima del agua depende de dos parámetros: la posición del cuerpo y la propulsión, sobre todo con las partes más distales. En mi caso, las piernas solo tienen función de equilibrio, y mis codos y antebrazo sustituyen a las manos de un nadador convencional. Además, la asimetría de las palancas del tren superior —mis brazos tienen diferente longitud— hace que, si nadara como Phelps [o cualquier otro: de manera simétrica], mi trayectoria se desviaría hacia el lado más fuerte. Tengo que modificar la angulación, abrir un poco uno de los brazos y así equilibrar fuerzas. Me pasa también con la respiración: en mariposa, por ejemplo, en vez de tomar el aire de frente, tengo que ladear la cabeza”. La ausencia de brazos completos da más de un problema que resuelve con disciplina y tesón. “Como son cortos, toca aumentar la frecuencia —rotarlos más rápido—. Esto genera una fatiga tremenda y te enseña a dosificar fuerzas para no quedarte vacío a unos metros de acabar”.

Lesionarse es difícil... si se domina la técnica

“Se basa en movimientos cíclicos, repites lo mismo infinitas veces. Si las articulaciones no están fuertes o la técnica flojea, puede provocar más de una lesión. Sobre todo, en hombros, brazos y antebrazos. Por eso se dedica mucho a los ‘drills’ o ejercicios correctivos”, explica el campeón paralímpico. Uno de los más elementales es el skulling o remadas, que viene a ser algo así como dejar el cuerpo inerte y avanzar solo con el movimiento de las manos (puedes ayudarte a lo primero con un pullbuoy, un accesorio hecho de espuma que alivia la tensión de las piernas y ayuda a que floten). Se utiliza mucho con los principiantes para que sientan el agua y comprendan que, por la mecánica de los fluidos y los torbellinos que se producen alrededor de las manos, se avanza mejor con los dedos ligeramente separados.

“También hay que machacar mucho las salidas, los virajes y hasta las llegadas. Son gestos técnicos en los que puedes arañar o perder décimas. Para que os hagáis una idea, en una prueba de 1.500 metros se hacen 30 largos: 29 virajes que, mal ejecutados, son 29 errores”. Todos ellos requieren conseguir una sincronización de la brazada, la respiración, el giro y la patada en la pared. No la subestimes, señala el catedrático Raúl Arellano Colomina en su libro Entrenamiento técnico de natación (Cultiva libros), que a algunos nadadores les reporta hasta 10 metros de desplazamiento sin mayor esfuerzo.

Y se puede hacer donde no hay que reservar

Bracear contra las corrientes de los ríos o las olas del mar multiplica esfuerzos y beneficios. Las distancias son tan diferentes que hasta el aspecto de un esprínter es muy distinto al de un nadador de travesía. “En piscina hay modalidades desde 50 a 1.500 metros, pero en aguas abiertas, las competiciones llegan hasta los 25 kilómetros. Los atletas de los 100 metros braza son corpulentos, con cuádriceps muy potentes: el esprínter debe ser muy explosivo; en 1.500 son más finos”, explica Torres. Y más si le tira el gran azul.

“Su preparación física depende del reto. Se trabaja la parte aeróbica para resistir varias horas en el agua, pero lo imprescindible es la fuerza para dar brazadas más eficientes”, apunta Germán Rodríguez, técnico de la Federación Andaluza de Triatlón. También tendrá que dedicar tiempo a mejorar su orientación sin calles, a aclimatarse al frío, a acostumbrarse a los pedruscos o fondos fangosos a la orilla de un lago, a que se le enganchen algas en las manos y los pies, a sentirse cómodo con el neopreno y las gafas y a no sentir pudor por alternar estilos. “En algunos momentos en los que hace falta ver el horizonte, se nada a crol frontal, mirando hacia delante, como los jugadores de waterpolo. Para respirar con más calma, se va de espaldas”.

En la parte positiva, en aguas saladas flotarás con más facilidad y, en ambas, tendrás el privilegio de ver el mundo desde una perspectiva solo abierta a los osados. “Ser sevillano y zambullirte en el Guadalquivir es un gustazo. Me mareo con las olas, lo prefiero al mar. El agua está limpia, huele bien y, en cierto modo, es como unirse a la ciudad en cuerpo y alma, de una forma más profunda que caminando por sus calles. Referencias no te faltan: edificios a los lados y puentes a lo lejos. Tiene un punto muy zen”, rememora Daniel Quintero, director de comunicación de eventos deportivos y más que aficionado a nadar.

Pero las aguas bravas despejan la mente, sacian la sed de aventuras y ponen a prueba nuestra fuerza de voluntad. “Cuando ya conoces el esfuerzo físico, llega un momento en el que la piscina se te queda corta y el cuerpo te pide riesgo e incertidumbre. Hacer series de 800 metros es la muerte a nivel mental. Pueden ser 12 minutos de un lado a otro viendo solo una línea y las corcheras que separan las calles. En aguas abiertas, en cambio, el estímulo visual varía a cada brazada, tanto por la orografía y la arquitectura del exterior como por el paisaje submarino”, apunta Antonio López, director de Saludando, centros de entrenamiento personal, fisioterapia y nutrición en Madrid y online. En la piscina no se nada ni un centímetro de más. En el medio natural las cosas son muy distintas: nosotros nos movemos, pero el agua también, y no siempre en la misma dirección. Toca hacer ejercicios de fortaleza mental. “Solo el reloj te dice cuántos metros has avanzado, pero es orientativo. Hay que tomarlo como indicador para regularnos e ir marcando etapas en la cabeza: hasta llegar a la boya; luego, a la siguiente y la siguiente, hasta alcanzar el barco de avituallamiento…”.

Efectivamente, en el polideportivo el deportista pone las normas, pero en la naturaleza el agua impone las suyas sirviendo un imprevisible cóctel de bravura y azar. Para muestra, López recuerda su experiencia al cruzar a nado el estrecho de Gibraltar en menos de 3,5 horas. “Sobre el mapa, la ruta más corta es de solo 14,4 kilómetros, pero puede haber corrientes de hasta 7 nudos que alarguen la travesía hasta alcanzar entre los 18,8 y los 22 kilómetros desde la isla de Tarifa [isla de Las Palomas] hasta las proximidades de Punta Cires [Marruecos]”. En competición, las salidas no tienen día ni hora exacta. Se convoca a los nadadores en unas fechas variables y solo se zambullen cuando las circunstancias son óptimas en términos de mar y meteorología. “Si te toca una semana mala, te vuelves a casa sin haberlo podido ni siquiera intentar”.

Pero si Poseidón es terco, quien se adentra en sus dominios con el solo escudo de un traje parecido al corchopán, tiene que serlo aún más. “De pronto, la corriente cambia y para avanzar tienes que bracear el doble de fuerte, aunque estés reventado. Cuanto más te relajes, más lejos te quedarás de la costa”, anima López. Y, cuando la naturaleza se muestra más hostil, obliga a venirse arriba: “El mar de fondo [olas que suben y bajan constantemente sin llegar a romper], puede provocar mareos y hasta vómitos. El mar de viento, por su parte, te hace tragar agua cuando intentas respirar”.

Si se aleja lo suficiente, ayuda a superar muchos miedos

Aunque Steven Spielberg le metiera el pavor subacuático en el cuerpo con Tiburón, en España es raro toparse con un escualo con ganas de guerra. “Son peores las medusas. Cruzarse con un banco puede desencadenar un ataque de pánico. No por letales, pero la urticaria es muy incómoda y te roba la concentración. Por eso se recomienda no nadar en solitario y salir siempre con una boya: te hace más visible y permite llevar algo de comer o beber dentro. Aunque no se suda, deshidrata, te entra agua en la boca, escupes y pierdes saliva. Hay que reponer”.

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De terrores sabe mucho Sara Martínez. Fue nadadora antes de graduarse en Psicología y montar su propio gabinete. Ahora echa una mano a quienes sienten la llamada de las aguas profundas y no terminan de atreverse: la inmensidad del mar abierto destila magnetismo para los más valientes, pero también desata el terror. “Las travesías a nado son psicológicamente duras. No es nuestro medio natural. Si no lo dominas bien, te puede sobrevenir la angustia. Además, el agua está más fría que en la piscina, la sal escuece, hay corrientes, el traje de neopreno hace rozaduras… Y, por si fuera poco, no ves paisaje, solo fondo”. Hay que aprovechar ese miedo. “No es malo, te mantiene alerta. Solo tienes que controlarlo, confiar en lo entrenado y en el equipo humano que te rodea”.

Merece la pena. Las brazadas, dicen, son como el mindfulness. Más que el silencio al que hace referencia la escritora Bonnie Tsui, Torres disfruta del ruido blanco que se expande por el agua. “Puede parecer que no hay sonido, pero el agua siempre suena: la que rebosa, la que salpica… Mete la cabeza y oirás burbujas o un barullo de brazadas lejanas. Ese runrún me relaja, sobre todo, cuando entrenaba a ritmo ligero o ahora que nado por nadar. Sirve para escucharte, repasas un examen, das vueltas a ese problema que te preocupa, ideas cosas… Si sabes manejarlo, te da un rato de estar contigo mismo”, reflexiona. Hacerlo en el ancho mar es aún más catártico para López: “Pasar sobre un banco de peces relaja tanto como una sesión de meditación”.

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