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CATÁSTROFES
Tribuna
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Más tragedias de las que podemos soportar

Estamos saturados de dolor y muerte, pero no podemos dejar de mirar porque el olvido agranda las tragedias

El funeral de la familia palestina Al-Astal, que murieron en ataques israelíes, en Khan Younis, en el sur de la Franja de Gaza, el 22 de octubre de 2023.
El funeral de la familia palestina Al-Astal, que murieron en ataques israelíes, en Khan Younis, en el sur de la Franja de Gaza, el 22 de octubre de 2023.IBRAHEEM ABU MUSTAFA (REUTERS)

Cada vez se oye con más frecuencia una frase que es un síntoma de agotamiento: “Ya no soporto ver las noticias”. La sucesión de tragedias está provocando una sobrecarga informativa de alto contenido emocional. Decía hace unos días Sara Barbeira, directora del comité de emergencia creado por organizaciones humanitarias para coordinar la respuesta a las crisis, que cuando una tragedia deja de ser noticia, se desploman las donaciones. Si no hay imágenes, no hay respuesta. Pero el problema que ahora tenemos no es de falta de imágenes sino de exceso. Venimos de la guerra terrible de Ucrania, los terremotos de Turquía, Marruecos y Afganistán, las inundaciones de Libia y ahora el genocidio de Gaza. Ciudades destruidas, cuerpos desmembrados, gente que huye despavorida. La dosis diaria de imágenes impactantes supera la capacidad que tenemos para asimilarlas y gestionarlas.

La proliferación de conflictos y desastres naturales que llegan a nuestras vidas no para de crecer. La exposición diaria al sufrimiento se ha incrementado exponencialmente por dos razones. En primer lugar, el territorio que exige nuestra atención ya no es, como ocurría no hace tanto tiempo, el entorno inmediato o más próximo. Desde que tenemos tecnologías que permiten transmitir en cualquier momento un suceso en directo desde cualquier parte del mundo, todo lo que ocurra en el planeta que sea impactante es susceptible de llegar a nuestra vida. Cuanto más inesperado y dramático, más espacio ocupa, aunque sea algo remoto que apenas nos concierne.

En segundo lugar, porque en el mundo globalizado, cada vez es más frecuente que nos veamos golpeados por situaciones de excepcionalidad y amenazas globales que afectan a lo que hasta ahora era el núcleo de nuestra seguridad colectiva: el convencimiento de que disponemos de capacidad suficiente para dominar la naturaleza y responder ante cualquier contingencia que se nos presente. Pero la naturaleza está enfadada por el daño que le estamos infringiendo y ya no podemos tener la misma seguridad. Hemos desquiciado tanto el clima, que los desastres naturales acechan por todas partes y nadie está ya seguro.

El resultado es que hay más conflictos y más desastres, y nos afectan más. Cada vez tenemos mayor conciencia de nuestra vulnerabilidad. Hemos comprobado que, en este mundo interdependiente, los factores que generan las grandes crisis provocan ondas expansivas que pueden acabar afectando a nuestras vidas. Si estalla una guerra como la de Ucrania, no solo sufren los invadidos: cuando se para la producción y el comercio de cereales, también sufren los cientos de millones de pobres africanos que esperan el trigo y el maíz para sobrevivir. Si el precio del gas sube por razones geoestratégicas, los más desfavorecidos de occidente pasan frío, y si los precios suben, muchos bajan un peldaño en la escalera de la exclusión social.

Todas esas tragedias nos llegan a través de los medios y las redes sociales, que con frecuencia son arrastrados a dinámicas informativas compulsivas, de manera que cuando se ocupan de la nueva crisis que acaba de estallar, tienden a la desmesura al tiempo que dejan de lado las que hasta ese momento acaparaban su atención, como si solo tuvieran un ojo con el que poder mirar. ¿Dónde ha quedado la guerra de Ucrania desde que ha estallado el drama de Gaza? Esa guerra continúa, pero de repente se ha vuelto silente, y eso es lo que teme precisamente Volodímir Zelenski, porque sabe que el apoyo militar y la ayuda internacional dependen de la atención que le presten los medios.

La paradoja es que estamos saturados de dolor y muerte, pero no podemos dejar de mirar porque el olvido agranda las tragedias. Las imágenes de los ahogados del Mediterráneo, los cuerpos mutilados de las guerras, los niños destrozados bajo los escombros, son imágenes que nos conmueven y nos aturden, pero no podemos dejar que la saturación nos paralice o nos lleve a la insensibilidad, porque de nuestra capacidad de reacción depende muchas veces que los conflictos se encaucen y los que sufren puedan salir del infierno.


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