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ANÁLISIS i

Sobre el abad Cantera no manda nadie

Político antes que fraile, sopesa, sin duda, que el Valle de los Caídos sin Franco dentro pierde todo su atractivo

Varios turistas pasean ante la basílica del Valle de los Caídos, el pasado agosto.
Varios turistas pasean ante la basílica del Valle de los Caídos, el pasado agosto.

Los que malician contra el Gobierno Sánchez porque creen que se ha metido en un jardín a propósito de la exhumación de Franco no se pueden imaginar el jardín que acongoja a la Iglesia católica, en concreto a la Conferencia Episcopal y al Arzobispado de Madrid. Los cardenales Blázquez y Osoro, el primero como líder de los obispos, y el segundo como el prelado al que, en teoría, pertenece Cuelgamuros, alzaron la voz en su momento y todo eran facilidades. Incluso el Vaticano parecía colaborar, aunque no se lo dijo a la atribulada vicepresidenta Carmen Calvo cuando fue en octubre pasado a despachar con el secretario de Estado de la llamada Santa Sede, Pietro Parolín. Ahora resulta que la llave la tiene un abad benedictino, Santiago Cantera, que, para colmo, fue en el pasado candidato de Falange Española.

¿Quién manda en el Valle de los Caídos? Depende en dónde. En la basílica mandan los benedictinos, que es una congregación fundada por san Benito de Nursia a principios del siglo VI. En origen, fue una orden contemplativa, pero ha sufrido múltiples reformas, muchas veces a disgusto de los Papas de turno. En eso se han parecido a los jesuitas, sin llegar en su caso la sangre al río, es decir, a suspensiones o castigos insoportables. Hoy, los monasterios benedictinos son autónomos, cada uno tiene su propio abad, que es el que manda, en todo caso con la coordinación del Abad General. Este reside en Roma y no ha sido, que se sepa, sondeado por el Ejecutivo, por la Conferencia Episcopal o por Osoro.

Queda por ver si el abad Cantera va a resistir las presiones que vuelven a ponerse sobre la mesa. Debe hacer caso, dijo Blázquez el pasado verano. Preguntado por EL PAÍS, un portavoz del cardenal presidente insiste en que no hay más que añadir. Y lo mismo en el Arzobispado. Los Acuerdos con el Vaticano, que cumplen 40 años, nada dicen al respecto, salvo consagrar la autonomía de la Iglesia para organizarse.

Cantera puede mantener su negativa a colaborar. Ni siquiera el abad de la llamada Confederación Benedictina, creada en 1893, puede torcer su decisión. Político antes que fraile, sopesa, sin duda, que el Valle de los Caídos sin Franco dentro pierde todo su atractivo, con irreparables quebrantos económicos. Le avalan, además, los antecedentes de su congregación. El segundo de Franco, el almirante Luis Carrero Blanco, sabía lo que se hacía cuando escogió al primer abad para Cuelgamuros. Justo Pérez Santiago, que posteriormente firmaría como Fray Justo Pérez de Urbel y Santiago O.S.B. (Pedrosa del Río Úrbel, 1895- Valle de los Caídos, 1979) era catedrático de Historia de la Edad Media cuando recibió el encargo. Fue también consejero nacional del Movimiento, procurador en Cortes y miembro del Consejo Nacional de Falange Española y de las JONS. Desde esos cargos, se convirtió en poder fáctico de la dictadura. Caldera es su heredero, puro temperamento.

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