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TRIBUNA

2076, el futuro como nos lo contaron

Cuando pasen 50 años, seguirá habiendo personas que quieran saber qué ocurre en el universo y otras expertas en informar de ello con rigor y pasión

Mikel Jaso

El futuro nunca será como nos contaron. Para el año 2026, nos prometieron monopatines y coches voladores, humanos artificiales creados con bioingeniería e indistinguibles de las personas reales y viajes tripulados a Júpiter. Pero la realidad nos ha regalado, a cambio, los influencers, un magnate en la Casa Blanca dispuesto a comprar Groenlandia o una inteligencia artificial capaz de crear sinfonías, escribir libros o pintar cuadros, pero incapaz de fregar el suelo o recoger la fresa.

La prudencia desaconseja a los periodistas utilizar bolas de cristal. Pero es imposible contar cómo nos veremos dentro de 50 años sin echarle algo de imaginación, teniendo en cuenta cómo han sido los últimos cinco. Solo hay una cosa que sabemos con certeza y en la que todo el mundo está de acuerdo, salvo los inconscientes y los indecentes: o se toman medidas urgentes y drásticas, o en 2076 no quedará nada ni nadie.

El cambio climático y la pérdida de biodiversidad son los dos problemas más graves a los que se enfrenta este planeta, y las posibilidades de que los responsables de este desastre tomen medidas para resolverlos son, lamentablemente, escasas. La Tierra acaba de vivir los 10 años más cálidos jamás registrados. Y los datos no solo no indican que la tendencia vaya a frenarse, sino que va a empeorar. Cada fracción de grado que se calienta el planeta es un drama, porque empeora las olas de calor, las lluvias intensas, las sequías prolongadas y el calentamiento de los mares y océanos. Un millón de especies de los ocho millones que existen están en riesgo de extinción. Y nada de esto se podrá frenar sin una política de contención de los gases de efecto invernadero contundente, eficaz e inmediata. Si eso no ocurre, las predicciones que leerán a continuación sobre quiénes seremos, dónde y cómo viviremos y qué sabremos en 2076 son totalmente inútiles.

O quizás no.

Elon Musk tiene tan claro que nos quedamos sin planeta que propone mudarse a Marte, usando un viejo concepto de la ciencia ficción, la terraformación. Modificar deliberadamente las condiciones ambientales de Marte para hacerlo habitable (su atmósfera, temperatura, suelo y agua) es propio de la mente megalómana de un personaje como Musk, pero ¿y si fuera la manera de salvar la Tierra? Muchos científicos hablan ya de la necesidad no ya de conservar los ecosistemas, sino de intervenirlos, y no para cambiarlos, sino para recuperarlos. Hay proyectos para captar el CO₂, reverdecer los desiertos, fertilizar el océano con hierro, provocar artificialmente lluvias… Existen muchas propuestas, son polémicas, y hay un país que ha empezado a aplicarlas sin miedo: China. De cómo funcionen puede depender, en buena parte, el futuro de todo el planeta.

Fuera de este punto azul pálido, como lo llamaba Carl Sagan, es muy posible que los humanos hayan colonizado otro mundo dentro de 50 años: la Luna. Antes de 2030, chinos y estadounidenses tienen previsto pisar el satélite y emprender una carrera para instalarse allí, minar sus recursos y crear centrales nucleares para dar energía a unos 80 hogares.

Pero el gran objetivo sigue siendo Marte. Pisar el planeta rojo no es una fantasía de millonarios aburridos; es el proyecto de ingeniería más ambicioso que ha concebido nuestra especie. Marte tiene el 38% de la gravedad terrestre, una atmósfera casi irrespirable, temperaturas que oscilan entre los 20 grados centígrados en verano y los 140 bajo cero en invierno, y está a entre 54 y 400 millones de kilómetros de la Tierra, según el momento del año. El viaje dura entre siete y nueve meses, durante los cuales los astronautas recibirán dosis de radiación que ningún traje ha conseguido neutralizar del todo. Y, sin embargo, la humanidad lleva décadas mandando robots que han encontrado evidencias de agua líquida en el pasado, compuestos orgánicos y un entorno que, con los medios adecuados, podría sustentar vida. Europa quiere lanzar el primer robot para buscar esa vida en el planeta en 2028. No la nuestra, tal como somos. Ni la que imaginaron novelas y películas de hombrecillos verdes. Pero quizás otra que cambie totalmente nuestros esquemas y creencias filosóficas y religiosas.

Porque la gran pregunta es si en 2076 seguiremos pensando que estamos solos en el universo. Y la mayor parte de los expertos cree que no. La respuesta puede estar en nuestro sistema solar. En Marte, o en Europa, luna de Júpiter, que alberga un océano subterráneo del doble del tamaño del de la Tierra. O en Encélado, luna de Saturno, donde se encontró fósforo atrapado en los granos de hielo que la luna expulsa al espacio. Y seguiremos buscando vida también fuera de nuestro sistema solar. Llevamos más de 5.000 exoplanetas descubiertos y seguimos sin encontrar a nadie. O nadie ha querido encontrarnos a nosotros.

¿Quiénes y cómo seremos “nosotros” en 2076? Muy probablemente, viviremos más de 100 años y habremos perfeccionado las técnicas de edición genética para eliminar las enfermedades que llevamos en el ADN. La pregunta no es ya si la edición genética puede eliminar enfermedades hereditarias —ya está ocurriendo—, sino quién tendrá acceso a ella y con qué fines. La distancia entre curar la anemia falciforme de un bebé y diseñar el color de ojos del siguiente es, científicamente, menor de lo que parece. Éticamente, hay un abismo.

Pero la biología del siglo que viene no es solo genética. Es también fontanería. Los xenotrasplantes —órganos de cerdos modificados genéticamente para ser trasplantados a humanos— han dejado de ser ciencia ficción para convertirse en noticias de portada. En paralelo, la ciencia lleva años explorando uno de los descubrimientos más contraintuitivos de las últimas décadas: que el cerebro no actúa solo, sino que está conectado con el intestino a través del microbioma, una comunidad de microorganismos que modula la fisiología cerebral durante todas las etapas de la vida. Dicho de otro modo: las bacterias que viven en sus tripas influyen en su estado de ánimo, su memoria y su riesgo de depresión, y todo ello se podría modificar gracias a trasplantes de microbioma de personas sanas. El cuerpo humano, en definitiva, se está convirtiendo en un sistema que se puede actualizar.

Y luego está la inteligencia artificial, que es la revolución más imprevista y relevante de los últimos 50 años. En los siguientes 50 lo cambiará todo. Lo que no sabemos es si seguiremos al mando.

Quizá la cuestión más difícil de responder es dónde y cómo se leerá EL PAÍS en 2076. La computación cuántica, la supercomputación y la inteligencia artificial estarán entonces plenamente desarrolladas y, además existe la posibilidad de que hayamos alcanzado el sueño de la fusión nuclear para tener energía inagotable y limpia. Quizás no haga falta ni siquiera leer, observar ni escuchar: el acceso a las mentes ajenas no es una locura de millonarios excéntricos, sino una posibilidad científica real. De hecho, y por primera vez en la historia de la tecnología, se está pensando antes en la solución que en el problema: los neuroderechos ya se están debatiendo en todo el mundo para evitar que haya personas que puedan intervenir en las mentes de otras que no sabrán que ya no piensan por sí mismas.

El futuro, una vez más, no será como nos contaron. Pero tampoco será tan distinto en una cosa: seguirá habiendo personas que quieran saber qué ocurre en el mundo y, para entonces, en el resto del universo. Y seguirá habiendo otras personas expertas en el oficio de querer contarlo, con rigor y pasión. Eso, al menos, podemos predecirlo sin bolas de cristal.

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