Ante los depredadores, no bajemos los brazos
Como en las peligrosas horas del 23-F, el futuro está en manos de gente sin principios, y los europeos deben alzarse en defensa de aquello en lo que creemos

Cuando todavía no estaba claro el desenlace del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, EL PAÍS sacó a la calle una edición en defensa de la Constitución española. Sus periodistas demostraron cómo hay que actuar cuando la historia, de pronto, da un giro a peor. Mientras otros políticos y medios de comunicación guardaban silencio, EL PAÍS alzó la voz. Y esa voz del periódico contribuyó a que el golpe fracasara y a estabilizar la democracia de la que España disfruta hasta el día de hoy.
Cincuenta años después, vuelve a parecer que la historia está adquiriendo un tono más siniestro, y la rapidez de la desintegración tiene paralizada la voluntad de actuar de Europa. Ha entrado en su quinto año una guerra sangrienta en el propio continente europeo. La población de Gaza vive atrapada entre los pistoleros de Hamás y los israelíes. También están atrapados los iraníes, entre los bombardeos de Estados Unidos e Israel y un régimen aborrecible que sobrevive a base de chantajear al mundo con el suministro energético.
Igual que en aquellas peligrosas horas de 1981, el futuro está en manos de gente sin principios, y los europeos van a tener que alzarse en defensa de aquello en lo que creemos, mucho antes de saber cómo acabará la historia.
Tres potencias hegemónicas depredadoras y sin ley han tomado al mundo como rehén. Estados Unidos, la vieja potencia dominante, está desgarrándose por dentro, se ha vuelto en contra de sus aliados europeos y trata de tapar su caótica retirada del papel imperial bombardeando Teherán y derrocando al régimen de Venezuela. China, aspirante a ser la nueva potencia hegemónica, está destruyendo la base industrial de sus competidores con una avalancha constante de productos baratos y se dispone a plantar cara a Estados Unidos en Asia. La tercera potencia hegemónica se niega a aceptar su irreversible declive imperial y se ha visto arrastrada a la trampa mortal de Ucrania. Si consigue salir de ese osario mínimamente victoriosa, la Europa libre estará en peligro.
Después de 1945, a lo largo de dos generaciones, los europeos, fieles al legado de Grotius y de Kant, creyeron que el derecho internacional podía mantener controladas a las superpotencias, del mismo modo que el proyecto europeo de soberanía compartida ayudó al continente a dejar atrás el fratricidio nacionalista. Durante un tiempo, dio la impresión de que el derecho internacional, garantizado por las dos superpotencias, había traído la paz a Europa. En 1976, cuando empezó a publicarse EL PAÍS y se puso en marcha la transición española a la democracia, Rusia y Estados Unidos habían firmado los Acuerdos de Helsinki, que dieron carácter formal a la protección estadounidense de Europa Occidental y el dominio ruso sobre los pueblos del Este.
Los europeos del Este interpretaron que el orden internacional basado en normas era eso, la ratificación de la división de Europa en dos esferas de influencia imperiales, y ahora que ese orden se ha derrumbado, no debemos lamentar su desaparición. Como dijo el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos, estamos viviendo una ruptura, no una transición.
En un momento de ruptura, lo importante para los ciudadanos de España, del resto de Europa y de todas las potencias medianas es recuperar el control de su destino en un mundo dominado por potencias hegemónicas sin principios. Europa debe volver a tener su propia capacidad independiente de actuar. La que ejercía en la época de apogeo imperial no es hoy más que un mero recuerdo. Después de perder los imperios, la construcción de una Europa unida se convirtió en la estrategia para recobrar el poder de modelar su destino. El momento culminante de esa construcción europea, en la era Delors, coincidió con la década de la unipolaridad encabezada por Estados Unidos. Entonces, Europa creyó que su alianza con el socio estadounidense le ayudaría a marcar el rumbo de su propia historia. Hoy, lo que inspira miedo en las cancillerías de Europa y enfado entre los ciudadanos es que, por primera vez desde hace siglos, Europa es una espectadora de la historia. Ya no está sentada a la mesa y teme formar pronto parte del menú.
Europa no puede permitirse renunciar a la aspiración de forjar su propio futuro. El propósito de la democracia es precisamente demostrar a los ciudadanos que no son prisioneros del destino y que tienen la capacidad de construir su futuro. Participar en la aventura de la libertad democrática es lo que hace que consigamos el máximo control sobre nuestro futuro que pueden tener unos seres humanos falibles. Esa es la potestad que ejercieron los periodistas de EL PAÍS, que aquella noche sacaron a la calle un periódico porque querían decir que sería el pueblo español, y no Tejero y sus pistoleros, quien iba a determinar el futuro de España.
Que Europa recupere el poder de ser artífice de su propia historia es esencial para devolver la legitimidad a sus democracias. Si los ciudadanos tienen la sensación de que nada de lo que deciden sus Parlamentos importa, dejarán de votar; si sus hijos crecen pensando que la vida está en otra parte, en Estados Unidos o en China, se marcharán, y la economía europea se estancará. Si los españoles se convencen de que todas las decisiones importantes se toman en otros lugares, en Washington, Pekín o Moscú, es posible que el país sea presa de otro oscuro episodio de populismo nacionalista autoritario.
La recuperación de la capacidad de acción histórica es el argumento fundamental que sustenta la construcción de una Europa unida, y eso exige que los políticos nacionales dejen de pronunciar discursos europeos vacíos y den verdadera prioridad a los intereses continentales frente a los nacionales. Mario Draghi insiste en que la clave del futuro económico de Europa es un mercado de capitales europeo que tenga la capacidad de reunir los fondos necesarios para competir con China y Estados Unidos, pero, hasta ahora, su propuesta no ha logrado imponerse frente al viejo juego de proteger a las grandes empresas nacionales y los mercados locales. Esa misma resistencia frena la implantación de una estrategia común de compras que dote a Europa de las armas necesarias para su propia defensa. Recuperar la capacidad de actuación significa movilizar las enormes reservas de ahorros europeas y canalizar los recursos propios hacia proyectos de inversión que den acceso a las tecnologías del futuro y a los puestos de trabajo surgidos gracias a la innovación para las nuevas generaciones. Los jóvenes europeos deben sentir que van a poder construir su futuro en las empresas emergentes, las incubadoras y los laboratorios de este continente.
Europa no puede controlar su destino si sus sistemas energéticos dependen del petróleo ruso, de Oriente Próximo o estadounidense. Generar su propia electricidad utilizando la energía nuclear y las renovables no es solo una estrategia climática. Es un requisito fundamental para el proyecto europeo, para recobrar el poder de forjar su futuro político.
Los líderes nacionales europeos deben dejar atrás el cálculo de suma cero según el cual cualquier poder centralizado que gana Europa es una pérdida de soberanía para sus naciones. Las estrategias para que Europa mejore su competitividad y su seguridad son cruciales para restablecer la legitimidad de las democracias nacionales. Europa no puede controlar lo que hagan las potencias hegemónicas depredadoras y, en cualquier caso, ninguna de ellas va a acudir a su rescate. Pero los europeos poseen la riqueza, el poder y la capacidad tecnológica para ser dueños de sí mismos. Los líderes políticos nacionales deben estar a la altura de las circunstancias si no quieren que Europa se convierta en lo que más teme: un museo de glorias pasadas.
No pongamos en duda que los ciudadanos europeos sabrán afrontar el reto actual. Hace apenas un mes, los húngaros rechazaron con contundencia un régimen que llevaba 16 años frenando el proyecto europeo y había sumido al país en la corrupción y el clientelismo. Budapest vivió una noche de júbilo cuando la gente normal y corriente volvió a verse como protagonista de su propia historia. El grito de los jóvenes húngaros que abarrotaban las calles era “¡Europa! ¡Europa! ¡Europa!”.
Como demostraron los periodistas de EL PAÍS aquella noche de febrero de 1981, tener capacidad de actuar significa tener el valor de decir no a la tiranía, no al miedo, no al conformismo y a la ambigüedad. En 2026, recuperar esa potestad histórica significa comprender que hay un límite a lo que puede hacer España por sí sola para sostener la fe en la democracia que sus ciudadanos necesitan. Los ciudadanos, sean del partido que sean, deben comprometerse con un proyecto —llamado Europa— que les dé seguridad, proporcione un futuro a sus hijos y les permita confiar en que la historia de Europa no ha terminado y sus mejores días están por llegar.


























































