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Así trabajó la infantería de EL PAÍS en la noche del 23-F

El comité de empresa subió a ver a Juan Luis Cebrián: “Si el diario se imprime, nosotros lo repartiremos”

El teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, en la tribuna del Congreso de los Diputados la tarde del 23 de febrero de 1981.Manuel P. Barriopedro (EFE)

Es la hora del café en un hotel de Madrid. Juan Luis Cebrián recuerda aquella noche del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 en la sede de Miguel Yuste, 40. Lo ha escrito en sus memorias, lo habrá contado otras mil veces, pero entre todos aquellos datos y anécdotas que son historia de este país y también del periodismo, deja caer una frase: “Hay que decir que cuando decidimos que había que sacar una edición lo antes posible, porque nos habían dicho que una columna del Ejército venía para ocupar el periódico, ya había mucha gente en la Redacción, pero muy poca en la rotativa, porque eran las seis de la tarde, pero los llamamos y vinieron todos”.

Ahora que se cumplen 50 años de EL PAÍS, ese “y vinieron todos” imprime aún más valor a aquel titular —“El País, con la Constitución”— del que nos sentimos orgullosos. Es más, algunos de los compañeros de los talleres decidieron venir antes incluso de recibir la llamada. “Mi marido estaba librando aquel día”, cuenta Alicia Calvo, “yo estaba escuchando la radio y le dije: ‘Pepe, hay un golpe de Estado’. Salió de la habitación y me contestó: ‘Me voy al periódico”. José Álvarez Menéndez, que ahora tiene 93 años, se fue en su Seat 127, con el carné del PCE en el bolsillo y una determinación: “Yo era uno de los fundadores y sentí que el periódico me necesitaba. Un golpe de Estado significaba volver otra vez a lo mismo que lo de Franco y aquello era peligrosísimo”.

Cebrián, en su despacho de la tercera planta, también tenía la radio puesta, pero a bajo volumen. De pronto, sonó el interfono y la voz de Augusto Delkáder, el director adjunto, tronó: “¡Juan Luis, pon la radio, que hay tiros en el Congreso!”. Cebrián: “Aquella noche hablé muchísimo con Sabino Fernández Campo [el jefe de la Casa del Rey] y también con Francisco Pinto Balsemão, el primer ministro de Portugal. Le di la noticia del golpe y le pedí que llamara al Rey. Eran muy amigos porque habían sido compañeros de colegio en Estoril. Luego nos avisaron de que una columna del Ejército venía de Getafe o de Alcalá y que tenía la intención de ocupar EL PAÍS y Diario 16, que estaba cerca. Al mismo tiempo me llamó Ana Cristina Navarro, redactora de RTVE, para avisarme de que los militares estaban entrando en Prado del Rey. Llamé al director general de televisión y le dije: ‘Oye, ¿podemos hablar?’. Me respondió: ‘Sí, estoy aquí delante del coronel…’. Fue su forma de decirme que habían tomado la RTVE. En aquel momento llegué a la conclusión de que, si no corríamos, no íbamos a sacar la edición especial con la noticia del golpe”.

Ha pasado medio siglo y en la centralita del periódico se recibe la llamada de un señor que dice que fue de los primeros trabajadores de la rotativa y se ofrece a contar sus recuerdos de aquella época. Se llama Brígido Gómez Pérez, tiene 89 años, y era de los pocos compañeros de talleres que estaban en Miguel Yuste la tarde del 23-F porque tenía una reunión del comité de empresa. “Alguien llegó y nos dijo muy alterado que estaban dando un golpe. Le respondimos: ‘Vamos, anda’. Pero era verdad, y enseguida empezamos a preparar la rotativa por si acaso. Cuando llamamos a los compañeros para que vinieran, solo hubo una respuesta: ‘Vamos para allá”.

El consejo de administración se había reunido en el despacho del director. No todos tenían clara la decisión de sacar el periódico. Algunos decían temer por las represalias que podrían sufrir los encargados de distribuirlo. Juan Luis Cebrián decidió telefonear al director de Diario 16, Pedro J. Ramírez: “Lo llamé delante de un testigo, que fue Eduardo San Martín, para que luego no pudiera decir que no lo había llamado. Le pedí que sacara el periódico, y me dijo que no tenía capacidad, que nosotros teníamos mucho dinero, que éramos un periódico muy fuerte… Y yo le dije: ‘Lo que tienes es miedo y además me parece bien, porque yo también tengo miedo y por eso te llamo’. Quedó claro que no lo iba a sacar. Recuerdo que poco después subió a verme el comité de empresa. Me dijeron que estaban dispuestos a distribuir el periódico si lo sacábamos. Y con ese apoyo, lo sacamos. Enviamos los primeros ejemplares al hotel Palace, donde estaban reunidos todos los que no habían participado en el golpe o incluso alguno que sí…”.

Brígido Gómez recuerda aquella noche como si la estuviera viviendo: “Después de imprimir los periódicos, los compañeros de talleres y del comité se fueron a repartirlos en las estaciones de tren, en las de autobuses. Pero antes de salir, todos me dieron los carnés de Comisiones Obreras por si los detenían. Los escondí en el techo de un cuarto de baño que había en la planta baja de la rotativa. Por si venían los militares. Pero no vinieron, menos mal”.

José Álvarez fue uno de los compañeros que, junto a uno de los mecánicos de EL PAÍS, repartieron los periódicos por Madrid. La tinta aún estaba fresca y Tejero todavía no se había rendido: “En las escaleras del Palace nos recibieron con mucha alegría, como si fuéramos alguien”.

Durante estos años, también contamos estas historias:

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