1976—1989: La llegada de la democracia
Estos fueron los años de las primeras elecciones democráticas, la Constitución, ETA, el 23-F… España vivió profundos cambios políticos y sociales, aunque lastrados por crisis económicas. Se resolvieron muchos problemas, otros quedaron pendientes


Ni inmaculada transición ni transición lampedusiana. Los años que ocupan este artículo son los centrales de la transición española desde una sociedad cerrada a una democracia plena. El medio siglo transcurrido desde entonces permite hacer un balance de lo conseguido. Se resolvieron muchos problemas, aunque otros se dejaron para más adelante. La “correlación de debilidades” entre el tardofranquismo y la oposición política dejó para la siguiente etapa la plena integración en Europa, la reforma militar para acabar con el golpismo tradicional español y la construcción de un Estado de bienestar universal, pero muchos ciudadanos pudieron imitar al primer ministro británico Harold Macmillan, que en el año 1957 dijo: “Seamos sinceros, a la mayoría de nosotros nunca nos ha ido tan bien como ahora. Recorred el país, las grandes ciudades, los pueblos pequeños y encontraréis el bienestar que jamás habíais visto antes, al menos en la historia de este país”.
Muerto Franco, España había iniciado con rapidez la búsqueda de la normalidad democrática. Pero se repetía la pesadilla de otras ocasiones, como en la Segunda República: un cambio de régimen político inmerso en una crisis económica brutal, lo que limitaba las transformaciones necesarias. Los primeros meses sin Franco fueron febriles. En el año que transcurre desde el verano de 1976 al de 1977, la Transición dio un espectacular acelerón: las Cortes del ancien régime votaron su propia disolución, desaparecieron el Movimiento Nacional y el sindicato vertical (los “agujeros” donde se refugiaron los penúltimos falangistas), se aprobó la Ley de Reforma Política que creó el marco institucional adecuado para la transformación democrática, los partidos y los sindicatos fueron legalizados, los comunistas salieron del pudridero en el que estaban instalados después de décadas de satanización, las amnistías y los destierros vaciaron las cárceles de presos políticos, incluidos los responsables de delitos de sangre; se celebró el XXVII congreso del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) con la asistencia de los principales líderes socialdemócratas europeos… Y, sobre todo, tuvieron lugar las primeras elecciones democráticas desde la República con total normalidad.
Los procesos de transición no llevan siempre la misma velocidad. Los acontecimientos exteriores los condicionan. A veces van al galope, a veces sufren paradas de burro. Faltaban todavía leyes tan significativas para una sociedad moderna como el Estatuto de los Trabajadores, que reguló los derechos laborales; la Ley del Divorcio, que lo legalizó; los Estatutos de Autonomía de las diferentes nacionalidades y regiones… y la Constitución de 1978, la más importante de todo el periodo.
El espíritu de cada tiempo no se conforma de repente. Entre 1976 y 1982 hierven en la caldera ideológica las condiciones para un gran cambio estructural en el mundo: la llegada de la revolución conservadora que será hegemónica durante varias décadas. Del consenso socialdemócrata al consenso conservador, que representan Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Desde el primer momento, España va a contrapié de esas transformaciones: los socialistas siempre son la segunda fuerza política en las urnas a muy poca distancia del centroderecha, hasta que en 1982 ganaron las elecciones generales por una inmensa mayoría absoluta (202 diputados). En ese momento se encontraban rodeados de zonas conservadoras. Un año antes, en 1981, el socialista François Mitterrand ganó las elecciones en Francia y constituyó un gobierno de coalición con los comunistas; su programa fue nítidamente de izquierdas: nacionalizaciones de bancos y grandes empresas, fuerte aumento del gasto público, reducción de la jornada laboral, etcétera. Los mercados y ese espíritu conservador de la época no se lo perdonaron y a los pocos meses hubo de dar un giro espectacular. Los socialistas de Felipe González entenderán la lección, tirarán a la basura su programa electoral y gobernarán con mayoría absoluta pero con un plan de ajuste económico espectacular. La austeridad.
Ello no fue obstáculo para que España se incorporase a la oleada democrática de la época. Según el politólogo estadounidense Samuel Huntington, se habían dado tres olas en esa dirección. La primera, entre 1828 y 1926, que son los comienzos de las revoluciones americana y francesa, y la aparición de las instituciones democráticas. La segunda ola se desarrolla entre el final de la II Guerra Mundial y principios de los años sesenta del siglo pasado; gracias a la victoria aliada se facilitó la democratización a los países perdedores de la conflagración, Alemania, Italia y Japón. La tercera ola analiza lo sucedido en una treintena de naciones. Nace en la Europa meridional entre los años 1974 y 1990, con la Revolución de los Claveles en Portugal, para saltar el océano, llegar al continente latinoamericano y volver a Europa central en un giro geográfico notable.
España se incorporó a esa tercera ola y sus principales protagonistas pretendieron para nuestro país un sistema democrático y un capitalismo comparables a los que existían en los países de nuestro entorno. Es la búsqueda de Europa. Adolfo Suárez, primer presidente democrático, inició un maratón negociador con las comunidades europeas que durará todavía ocho años hasta la plena integración y en la que él ya no será el principal hacedor. Su ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, establece la definición: “Europa son las tres instituciones, económica, defensiva y política: el Mercado Común, la Organización del Tratado del Atlántico Norte y el Consejo de Europa”. Suárez primero integró a nuestro país en el Consejo de Europa, que simboliza la defensa de los derechos humanos. Su breve sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo, ingresó a España en la OTAN y el tercer presidente democrático, Felipe González, firmará el Tratado de Adhesión a la Comunidad Económica Europea (CEE), ya en junio de 1985.
No todo fue lineal. La integración de España en la CEE tuvo al menos tres frenos. El primero fue Valéry Giscard d’Estaing, que no solo no facilitó la presencia de nuestro país en el club europeo, sino que manifestó un comportamiento alérgico a la cooperación política y policial para acabar con el terrorismo etarra. El segundo fue la crisis económica que se arrastraba desde el tardofranquismo. Consciente de la debilidad del régimen en los últimos años del dictador, los gobernantes miraron hacia otro lado mientras comenzaba la primera crisis del petróleo, con la guerra del Yom Kipur entre árabes e israelíes, donde los primeros, que tenían el monopolio del petróleo, iniciaron un embargo de esta materia prima que la llevó a subir de precio cuatro veces durante 1973, y luego a su escasez. En 1979, con la revolución iraní, arrancó la segunda crisis del petróleo. Para hacer frente a sus consecuencias, los partidos políticos recién legalizados (no así los sindicatos) firmaron los Pactos de la Moncloa, que corrigieron un poco la situación. El tercer elemento retardatario fue el intento del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, que hizo emerger de nuevo el fantasma del militarismo español. Los ciudadanos querían las libertades y el Estado de bienestar de Europa. Ese fue el camino a recorrer.
Un español ilustre, el filósofo George Santayana, explicó: “Un país que desconoce su historia está condenado a repetirla”.






























































