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REVISTA ESPECIAL ANIVERSARIO
Columna

Siete palabras que explican aquella Latinoamérica de ruido y furia

Revolución, narco, petróleo… Martín Caparrós explica los turbulentos años setenta y ochenta en un continente atravesado hasta el dia de hoy por la larga sombra del vecino del norte

Madres de la Plaza de Mayo, en el Ministerio de Defensa argentino de Buenos Aires en 2011.JUAN MABROMATA (AFP / Getty Images)

1976, Argentina: Desaparecido

Al principio parecía lo mismo de siempre: la Argentina llevaba décadas repitiendo esos golpes de Estado militares, tanques en la calle, marchas en la radio. Ya sabíamos: había que comprar fideos, encerrarse en casa y escuchar una radio uruguaya. Esta vez podría ser un poco más difícil: parte de la izquierda estaba armada, los sindicatos obreros resistían y los comandos clandestinos del Gobierno democrático ya habían matado a más de 1.000 militantes en 1975.

Ese 24 de marzo aquellos militares, siguiendo a un general Videla, prometieron restaurar el orden. Prohibieron encuentros, libros, películas, periódicos. Las grandes ciudades parecían heladas, camiones y patrullas sin cesar, disparos en la noche, y pronto empezaron a aparecer cadáveres y, sobre todo, ausencias. Padres y madres no conseguían saber dónde estaban sus hijos: por más que preguntaban, denunciaban, desesperaban, nadie les decía nada. Algunas madres empezaron a reunirse para pedir por ellos. Poco a poco, por infidencias raras, empezaron a saber que muchos habían sido secuestrados, torturados, quizás asesinados.

En 1979 los pedidos, las preguntas internacionales, los rumores habían crecido tanto que el general Videla tuvo que contestar la pregunta de un periodista verdadero, José Ignacio López: “Si el hombre apareciera tendría un tratamiento equis y si la aparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento tiene un tratamiento zeta. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está… ni muerto ni vivo, está desaparecido”.

Acababa de surgir esa palabra, desaparecido, el gran aporte léxico argentino que muchos idiomas retomaron. El terrorismo de Estado impidió que se supiera exactamente cuántos fueron. En general decimos 30.000 para decir que fueron muchos, que dolieron tanto.

1977, Colombia: Narco

Nadie sabrá cuál fue precisamente el día; sobre el lugar abundan las versiones. Pero parece cierto que una tarde de mediados de 1977, en algún punto de la Antioquia colombiana, media docena de pesados se reunieron. Cada uno llevaba tres o cuatro escoltas, sus armas, sus miradas. Hubo abrazos, los chistes, aguardiente, y es probable que el primero en hablar haya sido ese muchacho un poco gordo, sus 28 años, que destacaba en el negocio.

Pablo Escobar les dijo lo que ya sabían: que esto de la coca nomás empezaba, que los gringos eran un barril sin fondo, que había para que todos se hicieran millonarios y que sería una pendejada que perdieran tiempo y plata peleándose entre ellos: que si se aliaban les iría bacano.

Los hermanos Ochoa, Carlos Lehder y Rodríguez Gacha discutieron condiciones, aceptaron: cada uno seguiría comerciando por su cuenta pero compartirían rutas, transportes, información, sus influencias. Al principio fue sólo cocaína, pero era duro y los jefes tuvieron que contratar mucho soldado. No les gustaba verlos vagos, así que los mandaron a secuestrar, extorsionar, matar por precios razonables.

Nada personal: les gustaba mucho ganar plata. Se compraban hipopótamos y rinocerontes, rubias y morenas, fincas y escondites, sus aviones. En los 15 años siguientes los conjurados cambiarían su país, lo volverían más moderno, más violento, más corrupto, más acaudalado —y, por supuesto, se traicionarían y matarían los unos a los otros.

Aquel grupo no se puso un nombre: no se les ocurrió. Tuvieron que esperar hasta 1982 para que sus enemigos de la DEA empezaran a llamarlos cartel —de Medellín, de Cali—: un racimo de empresas con intereses compartidos. Aquellos señores aportaron miles de muertes y un concepto al mundo: hasta entonces, la palabra narco no existía. Desde entonces nos cambió tanto que pasó a ser, tristeza pura, una que nos define.

1979, Nicaragua: Revolución

Entonces pareció un principio; ahora sabemos que fue un mal final. El 19 de julio de 1979 los jefes de una organización que llevaba 20 años de pelea —política, militar, social— tomaban Managua, echaban al último de los Somoza —tras 30 años de dictadura sanguinaria— y anunciaban el principio de un estado socialista. El “sandinismo” estaba encabezado por militantes duros como Daniel Ortega o Tomás Borge pero incluía a escritores y poetas como Ramírez, Belli, Cardenal, Chamorro. Su triunfo pareció la demostración de que, pese a tantas derrotas, el camino cubano y guerrillero al socialismo todavía funcionaba. En todo el mundo lo celebraron las izquierdas y muchos jóvenes viajaron, en los meses siguientes, a prestar sus manos a esa revolución.

Pasada la euforia inicial pasaron cosas. Peleas internas, luchas de poder, esos gestos más y más autoritarios y el ataque de una guerrilla —la “Contra”— pagada por Estados Unidos que dejó miles de muertos. Años después el sandinismo permitió elecciones y las perdió. En 2004 su jefe Ortega recuperó el poder y ya no lo soltó. En 2018 miles de ciudadanos se hartaron, salieron a la calle, gritaron libertades; el Gobierno de Ortega y su señora mató a cientos y encarceló y desterró a muchos más. En aquellos días de 1979 Nicaragua parecía decir que la palabra revolución todavía significaba algo; ahora, si acaso, ha ayudado a mostrar que su significado es el contrario del que siempre quisimos creer.

1981, Venezuela: Petróleo

Primero fue el mecanismo clásico sudaca: unos señores más claritos llegados desde lejos se llevaban los productos de la tierra. La tierra venezolana cubría mares de petróleo: desde principios del siglo XX lo explotaron empresas norteamericanas, trabajadores muy locales. Y así siguió hasta que, en 1976, un presidente, Carlos Andrés Pérez, lo nacionalizó y creó una empresa pública llamada PDVSA. Cuando lo decidió, un barril de petróleo costaba unos 10 dólares; cinco años después se vendía por 40.

El dinero rodaba y rodaba. Caracas se llenó de grandes edificios de ese estilo tan peculiar, el brutalismo. Sus bares y restaurantes eran pioneros de la globalización que vendían, antes que nadie, las bebidas y comidas del planeta, y sus calles veían pasar los coches ostentosos —que solían llevar un arma en la gaveta. Los venezolanos ricos se habían hecho muy ricos; los pobres seguían pobres. Pero les quedaba todavía un quinto de las reservas de mineral del mundo, mucho camino por delante.

No era fácil. En esos años Venezuela vivió todos los dramas de vivir de la exportación de siempre lo mismo. Los vaivenes del globo y sus mercados sacudían al país; las deudas tomadas en momentos de euforia lo hundían en cada depresión. La peor llegó en febrero de 1989: los pobres caraqueños no soportaron más sus vidas ajustadas y rodeadas de ese lujo —ajeno. Se levantaron, pelearon contra la Policía y el Ejército; tras dos semanas, unos 3.000 habían sido asesinados. El “Caracazo” fue el principio de un fin. Tres años después un coronel Chávez intentaría un golpe militar “contra la corrupción de los políticos”. El coronel fracasó, fue encarcelado. En 1998 ganaría las elecciones con el 56% de los votos, asumiría y, por supuesto, se volvería potente gracias al petróleo.

1985, Uruguay: Democracia

La dictadura militar uruguaya había durado casi 12 años; en Argentina no llegó a los 8, en Chile pasó los 17: nunca sabremos cuántas personas mataron, cuántas vidas destruyeron, cuántas ilusiones. Sí sabemos que, con distintas suertes, los generales dieron vuelta a las economías de sus países según las órdenes del generalísimo Henry Kissinger: que exportaran sus materias primas y no jodieran más. Poco a poco el hartazgo de sus pueblos se volvió más fuerte que su miedo, y los generales debieron escapar. El fin de aquellas dictaduras abrió unos años de esperanza basados en la recuperación de lo perdido y añorado: pocas veces ha tenido tanto peso la palabra democracia.

En Uruguay las primeras elecciones fueron en noviembre de 1984; ese 1 de marzo asumió el poder un partido de la derecha tolerante, que permitió la vuelta de los exiliados y la liberación de los presos políticos: entre ellos un hombre que se había pasado siete años en un pozo y después pasaría cinco presidiendo el país. Con el tiempo y las vicisitudes, una buena mitad de los latinoamericanos dejó de creer que la democracia era la solución de sus problemas. Lo creímos sin dudas cuando no la teníamos; ahora, tras ejercerla durante cuatro décadas, resulta más difícil. Si la palabra democracia no se llena de nuevos sentidos se irá perdiendo detrás de los más viejos y, más temprano que tarde, ya no sabremos de qué estábamos hablando.

1989, Panamá: Invasión

Quizás unas décadas antes no habría llamado la atención: durante la primera mitad del siglo XX las invasiones norteamericanas en Centroamérica eran pura rutina. Pero tras el desastre de la bahía de Cochinos, Cuba, 1961, parecía que el líder del mundo libre había decidido actuar a través de ejércitos locales. Hasta que, aquella noche tibia de diciembre, varios miles de soldados de EE UU avanzaron sobre Panamá.

La gobernaba entonces Manuel Antonio Noriega, un exagente de la CIA que consiguió hacerse con el escaso ejército local para usurpar la presidencia. Como dictador progringo tomó medidas raras: cerró, por ejemplo, la Escuela de las Américas, el centro militar junto al Canal donde el Ejército de EE UU formaba oficiales ñamericanos en dictadura, represión, tortura. El presidente Bush I se enfadó, lo acusó —­siguiendo el protocolo— de narcotraficante y, tras unos meses de bravatas, le mandó a sus muchachos de las boinas verdes.

Eran más de 27.000, respaldados por 300 aviones —algunos muy nuevitos, que había que testear. Las fuerzas libertarias tomaron el control en unas horas y se quedaron unas semanas más para mostrar su amor. Noriega se había refugiado en la Embajada vaticana pero tras unos días se entregó. Ya estaba maduro: se lo llevaron preso a Estados Unidos, donde lo condenaron a 40 años de cárcel; se murió sin haber cumplido 30.

No se sabe cuántos civiles fueron muertos. Las cifras oscilan entre 200 y 4.000: formas de la ignorancia. El ataque fue un éxito. Sus jefes lo llamaron Operation Just Cause, porque esto de las feikniús tiene más años que San Pitopato y a nadie le gusta demasiado usar esa palabra, invasión, que siempre queda fea.

1990, México: Privatizar

Antes de ser estrepitosamente multimillonario el hombre era riquísimo. Pero probablemente nunca habría superado tan triste condición si el Gobierno mexicano de Carlos Salinas de Gortari no le hubiese vendido, diciembre de 1990, la empresa telefónica estatal monopólica, Telmex.

El señor Carlos Slim Helú pagó unos 400 millones de dólares, se hizo con el control del mercado mexicano de las comunicaciones y cinco años después estaba entre los 10 hombres más ricos del mundo. Pasaron 35 años, su empresa sigue dominando el mercado de los teléfonos mexicanos —y su dueño sigue en las grandes ligas millonarias, con empresas que van desde el tabaco a la minería, los hoteles a los bancos, casi todo el resto. Pero, más allá de detalles menores, la operación Telmex descolla porque inaugura y representa la tendencia que dominaría la década: la privatización de bienes públicos.

Avanzaba entonces la revolución neoliberal del presidente Reagan y la premier Thatcher, que liberó a los más ricos de impuestos y controles estatales. Su base fue una campaña mundial sobre la ineficacia de los Estados: sus publicistas convencieron a millones de que la misma estructura que manejaba los ejércitos, las leyes, los dineros de un país no era capaz de gestionar sus servicios públicos y debía venderlos a señores muy ricos. Así consiguieron que distintos países americanos entregaran sus servicios de agua y energía, sus transportes, sus minerales y tanto más a grandes empresas extranjeras, generalmente europeas, con frecuencia públicas. Se llamó privatizar —privar quedaba feo— y empujó a muchos millones de latinoamericanos hacia la pobreza y la marginalidad.

Durante estos años, también contamos estas historias:

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