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Crisis migratorias: cómo conjurar la indiferencia

El drama de la inmigración se repite tanto, desde hace tanto tiempo, que es necesario buscar historias que nos obliguen a mirar

Un policía turco ante el cuerpo de Aylan Kurdi, el niño sirio que murió ahogado en 2015 tratando de llegar a Grecia con su familia.AP / LaPresse / DHA

El 24 de junio de 2022 estaba almorzando cuando sonó la primera alerta en el móvil. La leí en voz alta: “Avalancha en la frontera de Melilla”. Otra, pensé. A los pocos minutos, un nuevo enlace hablaba de 50 migrantes muertos. Volví a comentarlo en voz alta. Mi teléfono se llenó de mensajes y llamadas de la Redacción. “¿Qué hacemos?”, me preguntaban. ¿Cuántos muertos eran necesarios para que no fuese un titular más? ¿Para que se convirtiese en la noticia del día? ¿Del mes? La respuesta: muchos.

Mientras tanto, en la mesa, todos seguían comiendo. Nadie parecía inmutarse.

Fue muy difícil informar sobre aquel episodio en Melilla. Ni España ni Marruecos tenían mucho interés en ventilar lo que acabaría siendo una de las mayores tragedias en nuestras fronteras, pero hubo algo que despertó a los periodistas y provocó la indignación de una parte de la sociedad que todavía se resiste a normalizar la muerte de nadie: se filtraron las imágenes.

Aunque mostrar aquella carnicería —­decenas de cuerpos agonizantes— suscitó un debate interno, la visión de los migrantes amontonados, maltratados a pleno sol, nos hizo agarrar la historia y no soltarla. Cinco meses después, una investigación en la que participó EL PAÍS mostró las mentiras de los dos países y cómo habíamos dejado morir a decenas de refugiados sudaneses sin prestarles siquiera asistencia sanitaria. Probablemente, si no hubiéramos visto las fotos, no habríamos entendido del todo lo ocurrido en Melilla.

La escena del restaurante, la de la indiferencia —la de una mesa cualquiera—, ha acompañado siempre la cobertura migratoria. El drama se repite tanto, desde hace tanto tiempo, que muchas veces acaba convertido en un ruido de fondo. Con el tiempo, sin darnos cuenta, se construye una coraza. No solo en quien escribe, también en quien lee.

Este diario ha intentado durante años combatir esa anestesia. Contar cada historia como si fuera la primera. Nombrar a los muertos, reconstruir sus viajes, seguir las rutas, explicar las decisiones políticas que empujan a miles de personas a jugarse la vida. Intentar, una y otra vez, que alguien se detenga a mirar.

No siempre se ha conseguido.

En 2015, la imagen del pequeño Aylan Kurdi, el niño sirio muerto en una playa turca, pareció romper esa coraza. Durante unos días se dijo que aquella foto lo cambiaría todo. Pero, visto ahora en perspectiva, no cambió nada. Desde entonces miles de Aylanes se han ahogado en nuestras fronteras. Los medios han enseñado a esos niños y sus padres decenas de veces —de forma obscena incluso—, pero la respuesta política ha sido ponérselo aún más difícil: intentar que esas fotografías de personas que huyen de sus países, muriendo, sean en mares y desiertos ajenos.

Años después de Aylan, las costas españolas volverían a llenarse de escenas que, una vez más, obligaban a mirar. Crisis migratoria de 2020, muelle de Arguineguín, Gran Canaria: durante semanas, cientos de personas rescatadas en el Atlántico durmieron sobre el asfalto del puerto pesquero. En plena pandemia, los recién llegados comían bocadillos, no podían ducharse y, según el día, ni siquiera tenían espacio para tumbarse. La fotografía de Kike Para de aquel hacinamiento no era solo la imagen de la llegada, sino de lo que venía después: la improvisación, el colapso, la deshumanización total de miles de personas. Aquel muelle fue una vergüenza a la vista de todos y la instantánea lo hizo imposible de ignorar. En cuestión de días, el dispositivo se desmanteló y las personas fueron trasladadas a otros recursos.

La imagen no resolvió la crisis, pero sí la hizo políticamente insoportable.

A veces no son las imágenes más evidentes las que consiguen atravesar nuestra piel de elefante. En este asunto hay mucho más que drama. Hay determinación, hay falta de perspectivas, hay sueños, hay muchísima dignidad y valentía. Hay, en muchas ocasiones y después de un tiempo, prosperidad. Pocas historias han representado mejor la forma en la que se intenta contar la migración en EL PAÍS que la del niño Prince. Tenía 14 años cuando salió del puerto de Lagos (Nigeria) en 2020 escondido en el hueco de la pala del timón de un petrolero. Pensaba que el viaje duraría unas horas. Acabó pasando 15 días sin comida, bebiendo agua del mar, agarrado como podía para no caer al océano. Cuando llegó a Canarias, su historia podría haber sido una más: otro menor, otra llegada, una cifra más. Pero pudimos reconstruir su viaje, entender sus decisiones, darle contexto y acompañarle en su periplo durante años.

La imagen que quedó de Prince no muestra el peligro ni el sufrimiento. Es simplemente la cara de un niño que cruzó el Atlántico mirando a la cámara.

Durante estos años, también contamos estas historias:

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