2020-2026: un mundo postpandémico
La propagación mundial de un virus alumbró un nuevo orden. Rigen el populismo y el ansia imperial que recurre sin escrúpulo a la guerra como sucede en Ucrania, Gaza o Irán. El desafío es plantar cara a un retroceso en cuyo centro están líderes como Trump o Putin


La tercera década del siglo XXI acoge el turbulento alumbramiento de una nueva época. Quedó sepultada la etapa nacida del fin de la Guerra Fría, un periodo marcado por la hegemonía —a menudo abusiva— de Estados Unidos, por el avance desenfrenado de la globalización, por cierta expansión del entramado de instituciones internacionales —con la Organización Mundial del Comercio, el Tribunal Penal Internacional, los mecanismos de cooperación contra el cambio climático—, por la afirmación de la revolución digital. Nace otro tiempo oscuro, marcado más aún que el anterior por el recurso sin escrúpulos a la fuerza, la fragmentación y el encumbramiento de la inteligencia artificial. Un tiempo cargado de temibles amenazas.
Como un signo ominoso, apocalíptico, del fin de una época y del potencial negativo de la globalización, la década empezó con el estallido de la pandemia de la covid. Fue a principios de 2020 cuando la Organización Mundial de la Salud declaró la emergencia por una epidemia que precipitó al mundo en una dolorosa pesadilla. La creciente interconexión mundial labrada desde la caída del muro de Berlín tuvo efectos positivos prodigiosos, como la salida de la pobreza de cientos de millones de personas —sobre todo en China, pero no solo—. Pero sus efectos colaterales fueron devastadores y la pandemia se propagó mundialmente con extraordinaria rapidez debido a esa interconexión.
La globalización impulsada a lo largo de las tres décadas anteriores también provocó el desplazamiento de empleos manufactureros desde Occidente y otros desajustes que han causado un malestar de carácter socioeconómico que se convertiría en un auténtico artefacto explosivo. Astutos políticos nacionalpopulistas supieron espolear esa desazón y cabalgarla para alcanzar el poder. Supieron metamorfosear ese malestar socioeconómico vinculado con la deslocalización de empleos, la precarización, la frustración por el excesivo enriquecimiento de otros en un resentimiento de carácter identitario y cultural que es el vector político dominante hoy día en gran parte de Occidente. Si bien el fenómeno estalló en la segunda década del siglo —con el Brexit y la primera victoria de Trump—, en la tercera se ha profundizado, con otros triunfos de peso —como los de Meloni o Milei y, sobre todo, el demoledor regreso de Trump a la Casa Blanca—.
Decisiva en estos éxitos fue la capacidad de entender, mucho antes que la contraparte, los mecanismos de influencia de las redes digitales, que han enconado el debate, promovido mensajes divisivos y simplones, colocando la discusión pública en un terreno emocional favorable a los populistas. Hoy, ese uso luciferino de las nuevas tecnologías se torna más peligroso aún con el advenimiento de la inteligencia artificial generativa y su inmenso potencial de manipulación de las mentes.
Al mismo tiempo, en otros lugares del mundo otros actores también mostraron su voluntad de sepultar el orden anterior. Rusia en primera fila, con la invasión de Ucrania lanzada en febrero de 2022. Por supuesto el orden anterior fue brutalmente abusivo, con multitud de atropellos y horripilantes ilegalidades, entre ellas la invasión de Irak de 2003. Pero la de Ucrania elevó el nivel, porque el agresor es una potencia nuclear con veto en el Consejo de Seguridad de la ONU que no solo invade de forma ilegal otro país: además, quiere cambiar fronteras, sentando un antecedente que abre una caja de Pandora. Rusia busca abiertamente un espacio de proyección imperial.
Imperialismo, neocolonialismo, intereses de los Estados por encima de todos los derechos: son los signos de este nuevo tiempo. En ellos encaja otro episodio fundamental, la abominable respuesta de Israel al abyecto ataque terrorista de Hamás en 2023. El Estado israelí se lanzó en una campaña de castigo colectivo de proporciones espantosas contra los gazatíes sin que la comunidad internacional pusiera freno de ninguna clase durante dos años. El Gobierno de Netanyahu aprovechó la circunstancia para golpear a otros enemigos en la región y continuar sin escrúpulo con la ola de colonización y robo de las tierras de los palestinos. Todo Oriente Próximo atraviesa un proceso de violenta reconfiguración, azuzado por convulsiones como el ataque coordinado de EE UU e Israel contra Irán a finales de febrero, sin encaje alguno en el concepto de legítima defensa. Sea cual sea el desenlace, es el enésimo episodio que confirma el rasgo esencial de nuestro tiempo, el de los revanchismos e imperialismos desatados. El orden anterior fue una jungla para una mayoría del planeta, pero, en el nuevo, la jungla se extiende y el jardín del espejismo de la paz, de la estabilidad, de las garantías frente a las agresiones y al intervencionismo sin derecho, encoge.
Europa y Latinoamérica sufren especialmente este cambio. Europa vivió durante décadas en la tranquilidad ofrecida por la protección de EE UU. La UE, creada para garantizar la paz entre sus miembros y transformada luego en vehículo para facilitar su prosperidad, sufre ahora para adaptarse a una época con amenazas desde todos los frentes. América Latina no tuvo el mismo grado de seguridad y prosperidad, pero en las últimas décadas no se había visto expuesta al intervencionismo descarado de Washington como en las anteriores. Ahora, ese intervencionismo vuelve, en distintas formas, incluidas incursiones militares para capturar a un dictador. Los países en vías de desarrollo, por su parte, padecen un empeoramiento por el descarrilamiento de la lucha contra el cambio climático, el adelgazamiento de la ayuda y la fragilidad de las instituciones internacionales, mientras las deudas acumuladas asfixian.
Adalid central de ese movimiento de retroceso es Donald Trump, que considera a la UE un adversario a abatir y a América Latina su patio trasero. Cree que el orden que EE UU contribuyó más que nadie a crear —y que facilitó el sostenimiento de su hegemonía— ya no le sirve. Y se puso a la cabeza de la demolición. Es dudoso que le salga rentable. Muchos aliados ya no se fían de EE UU y China exhibe una fuerza notable. Trump libró una furiosa embestida arancelaria contra Pekín, pero el régimen autoritario asiático ha demostrado disponer de herramientas para resistir. Su control de las materias primas le permitió aguantar la embestida y esto ha estabilizado el pulso. Pero todo el siglo estará marcado por esa competición.
Subyacen en todo ello dos siluetas temibles. El avance de la IA, portadora de asombrosas promesas —y espantosas amenazas—, corre más que la puesta en marcha de salvaguardas. Lo mismo ocurre con el cambio climático, devastador, y sin que se haya puesto en vereda de forma eficaz. Las premisas del nacimiento de este nuevo orden son sumamente inquietantes, negarlo o minusvalorarlo sería un error letal. Pero también lo serían la resignación y el catastrofismo. Es posible una resistencia eficaz, como demuestra el paso atrás de Trump en su voluntad de anexionarse Groenlandia tras toparse con una decidida oposición europea. Nada asegura que no vaya a retomar el proyecto, pero el episodio muestra que plantar cara puede conseguir resultados. El desafío es construir un nuevo pensamiento y un nuevo marco de relaciones internacionales capaz de pronunciar noes fuertes ante los líderes de la lógica del abuso fundado en la fuerza.


























































