Una redacción en casa: cómo hacer un periódico en plena pandemia
En pocas semanas hubo que hacer un diario 100% en remoto. comprar portátiles, crear chats infinitos, trabajar a destajo y confiar en que todo iba a salir bien

“Esto es la hostia”. Daniel Verdú era el corresponsal en Roma en febrero de 2020.
—Esto no es como otras veces. Es la hostia de verdad.
Justo entonces empezaba a llegar a Europa un coronavirus originario de China que derivó en pandemia, mató a más de 100.000 personas en España y convirtió nuestras vidas en una película de ciencia ficción y la Redacción de EL PAÍS en un lugar desierto. Pero entonces aún no lo sabíamos… Todo sucedió muy rápido.
En ese momento aún tratábamos de entender qué demonios estaba pasando. El virus había circulado por Italia durante semanas sin ser detectado, y cuando lo descubrieron ya era tarde.
—Tened cuidado —repetía inquieto Verdú—. No os dais cuenta, pero en España estáis viviendo lo que ha sucedido aquí. ¿Cómo es posible que vayáis a conciertos o a manifestaciones? ¿Estáis locos?
Mientras informábamos sobre lo que pasaba en el mundo, mirábamos de reojo hacia dentro. En marzo de 2020 el periódico era aún muy presencial. La gente salía a la calle a buscar historias, volvían a su mesa para escribir. Eran los tiempos de redacciones llenas y de quedadas hasta las tantas después del cierre. El teletrabajo era una fantasía.
Antes de que se vaciasen las calles, los supermercados, los colegios, los autobuses, los cines y hasta los estadios de fútbol, cada mañana en el equipo directivo del periódico solo nos hacíamos una pregunta: ¿cómo trabajamos a partir de ahora? La directora, Soledad Gallego-Díaz, tenía dos cosas muy claras: que el periódico se había convertido en un servicio público esencial —el muro de pago, cuya salida estaba prevista para ese mes, se pospuso para que todo el mundo pudiera acceder a nuestras informaciones—; pero, a la vez, los periodistas estaban en riesgo y había que cuidarlos por encima de todo.
Aún no estábamos confinados, pero mirando a Italia vimos claro que había que ir desalojando la Redacción cuanto antes. Improvisamos un plan a toda velocidad. Éramos un equipo de 400 personas sin apenas ordenadores portátiles. Encargamos centenares que llegaban a cuentagotas. Según los recibíamos, mandábamos a la gente a su casa, por oleadas y sin fecha de regreso. El virus nos pisaba los talones. Cada mañana repasaba con Charo García —la secretaria de dirección sin la que nada habría sido posible— un documento de Excel enloquecido: quiénes estaban, quiénes se iban, qué ordenadores iban llegando.
Se crearon infinidad de chats de teletrabajo. Las reuniones pasaron a ser videollamadas: Zoom, Meet y Teams entraron en el día a día. Nada era sencillo. El sistema de la edición impresa no estaba preparado para que entrara tanta gente en remoto. El equipo directivo se convirtió en una suerte de policía del tráfico: “Nacional, tienes cinco personas dentro y solo tenéis derecho a tres. Dos tienen que irse ya o esto no sale”.
Los pocos reporteros que pisaban la calle lo hacían con mascarillas, guantes y EPI como si fueran cirujanos. Embadurnados en gel hidroalcohólico. Con el país en estado de alarma, recorrían con salvoconducto hospitales, cementerios, centros de acogida o estaciones de metro… En casa o fuera de ella, cada redactor, editor, fotógrafo, maquetador, secretaria o empleado del tipo que fuera se entregaba de sol a sol para informar con rigor en un esfuerzo colectivo pocas veces visto.
Tras el confinamiento, quedaba aún un pequeño retén en la Redacción, unas 20 o 30 personas. Demasiados trabajadores en peligro. Así que llegó el momento de decidir si se iba todo el mundo a casa y se hacía el diario 100% en remoto.
La directora, una periodista con enorme bagaje y sentido común, me dijo un viernes por la noche: “Estás al cargo del periódico mañana. Si quieres, prueba a hacerlo con todos en casa. Y a ver”.
Así lo hicimos. Las tres personas al frente del diario ese día, Antonio Jiménez Barca, Amaya Iríbar y yo, anticipamos todo tipo de desastres tecnológicos. Calculamos cuánto tardaría en llegar a la Redacción el primero de nosotros si todo iba mal. E imaginamos a qué nos dedicaríamos si EL PAÍS no salía por primera vez en la historia y nos despedían a los tres. Mientras tanto, íbamos haciendo el periódico con una treintena de personas. En la portada, a cinco columnas, un gráfico de la evolución del virus y un reportaje de Ana Alfageme: “Los médicos se baten en la UCI: ‘Es la guerra de nuestra generación”.
Cerramos a las 23.00, tres horas después de que media España saliera al balcón a aplaudir a los sanitarios. “TODO VA A SALIR BIEN”, escribió en mayúsculas Amaya en nuestro chat antes de ponerse un ron con cola para digerir la tensión del día. Esa fue la portada del 22 de marzo de 2020, ocho días después de que Pedro Sánchez anunciara el confinamiento. Ese día, casi sin darnos cuenta, comenzó una nueva era. Durante más de un año el periódico se hizo en remoto. Meses de trabajo a destajo, con 400 periodistas al límite de sus fuerzas para contar el año que nos cambió la vida, y nuestra Redacción, para siempre.



























































