El día después de la dana: miércoles de barro y muerte en Valencia
En la capital del Turia, la gente tomaba café como cualquier otro día. Pero al cruzar el puente, el mundo era otro. Cadáveres en los coches y gente sin rumbo caminando como zombis entre el lodo

El día después de la dana, la vida transcurría con normalidad en Valencia. Es verdad que era miércoles y parecía sábado: los colegios habían cerrado y había menos tráfico del habitual. Por lo demás, no se percibía que hubiera pasado nada extraordinario: los comercios estaban abiertos, había gente en la calle, se vivía el trajín cotidiano. Sin embargo, el puente del nuevo cauce del Turia marcaba la frontera entre aquella falsa normalidad y la catástrofe.
Aquella mañana éramos conscientes de la gravedad de las inundaciones, que el 29 de octubre de 2024 se llevaron por delante la vida de 230 personas en la provincia de Valencia. El periódico ya le había dedicado su portada en la edición de papel, cerrada el día anterior. Y la web se iba actualizando. Se sabía que había muertos y desaparecidos, pero se ignoraba la verdadera magnitud del desastre. Hubo incluso una breve discusión a primera hora en un chat interno sobre si no sería exagerado titular una pieza como la mayor catástrofe del siglo en Valencia, tierra de riadas destructivas y violentas gotas frías. Nos quedamos cortos.
Cerca del puente que conecta el centro urbano de Valencia con la pedanía de La Torre, en uno de los concurridos bares de barrio, todo parecía normal hasta que entró un joven vestido con un mono de curro completamente embarrado. Estaba agotado, callado, con la expresión perdida. Detrás, llegaron más hombres, mujeres y niños, algunos llorando, otros pidiendo agua. Explicaban que al otro lado del puente se habían quedado sin nada.
Al otro lado del puente, el mundo no era el mismo. Los coches parecían juguetes de miniatura apilados o empotrados en los edificios. La gente pugnaba por avanzar sin caerse en el fango. Una mujer gritaba: “¿Y mi marido?”. Se corrió la voz de que iba a llegar una nueva tromba. “¡La presa de Forata se ha roto!”. Un vecino abrió su portal para ofrecer el refugio de su terraza desde donde se veía el Turia, que jamás había bajado tan lleno. El hombre recopiló los móviles de su familia para confirmar si era un bulo, pero todos fallaban. Al final no pasó nada.
Corría el rumor de que en Paiporta dos guardias civiles se habían quedado atrapados en el garaje anegado de la casa cuartel. Nadie sabía entonces que el municipio se convertiría en la zona cero de la dana, con 45 víctimas mortales. A las afueras del pueblo, la residencia donde perecieron seis ancianos el día anterior presentaba un aspecto fantasmal, con las bandejas de la cena a medio comer aún en las mesas. En la rotonda de entrada, unos agentes cubrían el cadáver desnudo de una mujer. Había gente mirando dentro de los coches amontonados en busca de sus desaparecidos. Una joven lloraba desconsolada, sentada sobre una maleta. A su lado, una fila de vecinos cargados de bolsas y maletas huía de la población. Un hombre que pasó horas agarrado a una farola no podía olvidar a la chica que había estado muy cerca de él hasta que la corriente se la llevó. En la casa cuartel, frente a un autobús destrozado con un yate insertado, un mando exigía a varios agentes que fueran “a descansar” porque llevaban “toda la noche sin parar”.
El agua procedía del barranco del Poyo que atraviesa el municipio de 28.000 habitantes. Al desbordarse lo hirió de muerte. El tsunami, como lo llamaban muchos vecinos, arrambló incluso con las vías del metro, puentes y pasarelas. La sensación era de absoluto desamparo. “Con las primeras luces del amanecer, vimos el horror. Parecía la película Lo imposible”, contó Mònica Torres, la fotógrafa de EL PAÍS que vivía junto al barranco del Poyo en la vecina Picanya. La planta baja de su casa quedó arrasada.
Mati Alcaraz, periodista de À Punt, la televisión autonómica, y José Juan, cámara, intentaban conectar en directo desde Paiporta esa terrible mañana, pero tenían problemas con la señal. “Casi un año y medio después, no me quito de la cabeza a la madre que vimos sobre el capó de un coche con su bebé, ambas muertas. Ni a la gente que caminaba sin rumbo, como zombis. Teníamos que preguntar, recoger testimonios, pero eran ellos los que nos preguntaban, nos pedían información, si podían llamar, si teníamos agua, si habíamos visto a un familiar. Fue tremendo”. De vuelta a Valencia, el rastro del horror se desvanecía. Una vez cruzado el río (por la pasarela que al poco recorrerían miles de voluntarios), la gente seguía con su vida normal. Algunos tomaban una cerveza en una terraza, mientras al otro lado imploraban por un poco de agua.



























































