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Cambio climático: crónica de un desastre anunciado

Décadas de advertencias científicas no han bastado para evitar una crisis que ya es cotidiana

Pináculos de un iceberg en el océano Antártico en 2007. Su deshielo acelerado ha sido provocado por el cambio climático.Daniel Beltrá

A los pocos meses de nacer este periódico, el 17 de octubre de 1976 se publicó un artículo titulado así: “El clima mundial va a cambiar”. Firmado por el periodista y físico Alfonso García Pérez, uno de los fundadores del diario, ya fallecido, esta noticia es una de las primeras advertencias en prensa de las graves consecuencias para el planeta del aumento de las emisiones de CO₂ por las actividades humanas. Pasados 50 años, el clima mundial no solo empezó a cambiar hace tiempo, sino que ya sufrimos las consecuencias. Aquello de lo que han ido alertando los climatólogos en estas décadas ha saltado de los informes científicos a nuestra realidad cotidiana, con olas de calor más duras, sequías más intensas, inundaciones más peligrosas… La sorpresa es que en 2026 todavía haya países y políticos que sigan restándole importancia y frenando las medidas que evitarían que vaya a peor.

“Hasta hace unos años, era muy difícil saber si unas lluvias torrenciales formaban parte de la variabilidad climática o si tenían que ver con el aumento de la temperatura, pero ya empezamos a tener suficiente información para corroborar cuándo está detrás el cambio climático”, incide Carme Llasat, catedrática de Física de la Atmósfera de la Universidad de Barcelona, que recalca que los datos del programa europeo Copernicus estiman que la humedad en la atmósfera ha aumentado casi un 5% respecto a principios del siglo XXI, por la mayor evaporación de los océanos. “No estoy comparando con la época preindustrial de hace 150 años, sino con el vapor de agua que había hace solo 20”, señala la investigadora, que explica que este aumento de la humedad supone más combustible para las tormentas. “Esto aumenta la intensidad y, en ocasiones, también la extensión de la zona afectada por lluvias intensas”.

Los 11 últimos años han sido los más calurosos medidos nunca en la Tierra. Las temperaturas medias anuales más recientes son las más cálidas, al menos desde que hay registros históricos, a partir de 1850. Y los estudios de paleoclimatología con los anillos de los árboles o sedimentos del pasado apuntan que vivimos en el mundo más caliente de los últimos 11.000 años y, según algunas estimaciones, ya con más incertidumbres, incluso de los últimos 125.000 años. Relacionar este calentamiento con los efectos meteorológicos en la actualidad supone un desafío científico, por la falta de registros históricos con los que comparar datos actuales o por la simple variabilidad del clima. Sin embargo, en el último medio siglo se han desplegado satélites meteorológicos, mejorado las mediciones, avanzado en la ciencia climática y ya han pasado suficientes años para constatar diferencias claras. Como muestran las estadísticas de la Agencia Estatal de Meteorología, de 1975 a 1999 se contabilizaron en la Península 129 días de ola de calor, mientras que entre 2000 y 2024 se midieron 293, más del doble. En la actualidad, la media es de 22 días al año de calor extremo, pero se espera que como poco a final de siglo sean 47 y puedan subir a 77. En los últimos años, se han sucedido sequías nunca vistas antes en los registros, como la de Cataluña entre 2021 y 2024, con lluvias torrenciales que han reventado todos los récords. Un estudio publicado en Nature Communications confirma que el cambio climático estuvo detrás de la tormenta más monstruosa de la era moderna en España, la dana de 2024: el calentamiento intensificó un 21% la tasa de precipitación en un periodo de seis horas y amplificó un 55% el área afectada. “Vamos a tener fenómenos más violentos cada vez”, subraya Llasat, que tiene claro que “la respuesta al cambio climático tendría que haber sido muchísimo más rápida”.

El artículo de EL PAÍS de 1976 se hacía eco de una información publicada días antes en The New York Times sobre un estudio que estimaba que la cantidad de CO₂ en la atmósfera iba a multiplicarse entre cuatro y ocho veces en los siguientes 200 años, con importantes “secuelas” para el clima. Aquel año en el que nació el diario, el Observatorio de Mauna Loa (Hawái) midió una concentración promedio de CO₂ en la atmósfera de 332,03 partes por millón (ppm). Como precisa Carlos Torres, director del Centro de Investigación Atmosférica de Izaña, a 2.372 metros de altitud en la isla de Tenerife, pasados 50 años la concentración de este gas de efecto invernadero ha aumentado un 29%, llegando a las 430 ppm. Pero el incremento es de más del 50% si se compara con la época preindustrial. “El problema de los gases de efecto invernadero es que pueden durar mucho en la atmósfera, y aunque se reduzcan las emisiones de forma drástica mañana el efecto sobre el clima no disminuiría de forma inmediata”, dice Torres. Lejos de reducirse, las emisiones de estos gases siguen aumentando.

Durante estos años, también contamos estas historias:

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