‘La heroína no tiene prisa’, por Xulia Alonso
La escritora gallega sufrió la adicción y el estigma de una generación que recibió, junto a la libertad de un país que despertaba, la bofetada de la droga y el sida. “Pronto pasamos de víctimas a verdugos”, escribe

Fue en 1979 cuando me crucé con ella. Tenía 17 años; no tuve que buscarla, la heroína me encontró a mí y a miles como yo. Eran años de ilusión colectiva en el futuro. Salíamos de un tiempo de represión brutal en el que era imperativo vivir “como Dios manda”, o al menos aparentarlo. Nosotros seríamos auténticos, auténticas, esa palabra que tanto usábamos para calificar cualquier cosa molona y que tan bien nos definía. Así me sentía yo, recién instalada en Santiago de Compostela, ansiosa por descubrir qué era eso de ser libre. Un día llegué a casa de unos amigos cuando estaban preparando una ronda de chutes de heroína. Me ofrecieron probar, con la misma naturalidad con la que se compartiría un paquete de tabaco. Dije que sí. Nada cambió inmediatamente. La heroína no tiene prisa, se sabe vencedora. Así fue en mi caso y en muchos más. En 1975, cuando muere Franco, la heroína ya había entrado en España y se movía entre jóvenes de la alta sociedad. Cuatro años después, estaba disponible en cantidades industriales en todo el país, y afectaba a todos los estratos sociales, sin excepción. Nos convertimos en la primera generación de víctimas del narcotráfico en España, un negocio que inundó el país de su mercancía con asombrosa facilidad.
Pronto pasamos de víctimas a verdugos. La adicción nos transformó en monstruos capaces de todo por conseguir la droga necesaria para huir de la carencia, un infierno imposible de imaginar si no se conoce. Como escribió W. Burroughs en El almuerzo desnudo, “el traficante siempre lo recupera todo, el adicto necesita más y más droga para conservar su forma humana”. Nuestras familias sufrieron el impacto devastador de nuestra autodestrucción. La sociedad se sumió en la perplejidad y el miedo. Todo ocurrió muy rápido, a la vista de todos. Fue nuestra transformación la que provocó aquel horror, y esa exposición permitió a los narcos desaparecer de la ecuación del problema. Entre todos pagamos la factura de su enriquecimiento; a ellos les salió muy barata la operación, y aquí siguen, vendiendo su veneno a millones de personas.
En 1981, simultáneamente a la epidemia de adicción que vivíamos en España, en Los Ángeles (California) se detectaron los primeros casos de una rara patología: hombres jóvenes enfermaban y morían con el sistema inmunitario deshecho sin saber la causa. Se la nombró síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida), etiquetada erróneamente como “peste gay”, lo que retrasó la comprensión de que era una amenaza para toda la población. Pronto se descubrió que se transmitía a través de sangre y secreciones sexuales, no por orientación sexual, y que el uso de jeringas o de plasma contaminado había contribuido a su expansión por todo el mundo. Cuando en 1985 el actor Rock Hudson hizo público que padecía sida, en España ya éramos muchos los que estábamos en el proceso de romper con la adicción. La alarma que provocó la noticia me resultó ajena, había dejado la heroína a tiempo, pensé. Solo cuatro meses después de su muerte mis análisis de sangre dieron positivo al VIH. Escuchar la palabra positivo con un significado incompatible con la vida fue brutal. Fui testigo de cómo la paranoia colectiva transformó el mundo, alimentando una hostilidad animal de la que tuvimos que protegernos con mayor urgencia que de la propia enfermedad.
Los medios de comunicación difundieron sin cesar imágenes terroríficas de hombres consumidos por el sida que, junto a la desinformación y a los discursos moralistas que presentaban la pandemia como un castigo divino, estigmatizaron severamente la enfermedad. Cuando en 1986 el virus responsable recibió su nombre oficial (virus de la inmunodeficiencia humana), el uso impreciso de ambas nomenclaturas afianzó la falsa idea de que representaban lo mismo, y la carga del estigma recayó con la misma intensidad sobre sus siglas, VIH. Cuarenta años después de aquel bautizo, 30 años después del desarrollo de los primeros tratamientos efectivos contra el virus, 10 años después de la evidencia de que las personas con VIH y carga viral indetectable no transmitimos el virus (indetectable=intransmisible), el sonido de esas tres letras sigue produciendo una alerta inmediata en quien lo escucha, un reparo anclado en los infundios del pasado.
La década de los años ochenta se despidió dejando una sociedad en estado de shock, pero no todo fueron sombras. Los cambios iniciados con la muerte del dictador siguieron imparables. En 1986 se aprobó la Ley General de Sanidad, promovida por el ministro Ernest Lluch. Quiso el azar que la construcción de nuestro sistema público de salud se desarrollara en paralelo a la pandemia del sida, y esa afortunada sincronía obró el milagro de la supervivencia. La historia de las unidades de atención al VIH es luminosa, a pesar de su dureza. Es el relato de un esfuerzo colectivo que deberíamos reconstruir con las voces de todas las partes involucradas, para completar así la crónica poliédrica de aquel tiempo y extraer lecturas valiosas para el futuro. Lo merecemos.






























































