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William S. Burroughs, el último gran maldito

“El escritor no debe pensar demasiado”, declara el autor a sus 80 años

El escritor William S. Burroughs en Chicago, en marzo de 1981.
El escritor William S. Burroughs en Chicago, en marzo de 1981. Getty

Burroughs vive en una casa pequeña y modesta en Lawrence (Kansas). Los gatos, por los que tiene un cariño especial, corren por el lugar. De las paredes cuelgan pinturas de su amigo Brion Gysin y algunas de sus obras. En la parte trasera de la vivienda hay un jardín y un pequeño estanque con peces, a los que Burroughs da de comer por las tardes. Nada más entrar nos hace una demostración de su agilidad: muestra un diván y, repentinamente, da un salto rápido, se tumba y con una pirueta se incorpora inmediatamente después. El acto tiene algo de extraordinario: es un juego, pero a la vez una prueba de su poder. A los 80 años, el rostro de Burroughs sigue duro y hermético, y sus ideas y su escritura no han perdido un ápice de su proverbial acidez. En las librerías acaba de aparecer su nuevo libro, My education: a book of dreams.

Pregunta. ¿De dónde viene el título de Mi educación: un libro de sueños?

Respuesta. Del primer sueño que aparece en el libro y que escribí hace muchos años. Yo estaba ante el mostrador de una aerolínea en un aeropuerto donde había una mujer vestida con un uniforme gris. Delante de mí estaban tres personas haciendo cola. Pero cuando llegué a por mi boleto, la mujer me dijo: "¿Usted no ha terminado todavía su educación?". Y también de un sueño muy reciente, que es el último del libro, y sucede en un tren en Inglaterra. Tenía heroína en un bolsillo del albornoz y pensé: si me pillan en la aduana diré que me tienen que soltar para poder terminar mi educación.

P. ¿Tienen esos sueños relación con ese espacio llamado interizona, mitad sueño y mitad vigilia, que aparece en muchos de sus libros?

R. Sí, pero en el sentido de que creo que los sueños son tan reales como la vigilia, si es que la vigilia tiene algo de realidad.

P. En diversos libros y cartas habla de las formas con las que la sociedad ejerce un control sobre los ciudadanos. ¿Sigue creyendo que son válidas?

R. Creo que solo se puede establecer un control real sobre un 20% de la población, control que está basado en el poder del ejército y la policía. Nadie con mediana inteligencia espera controlar más que ese porcentaje, porque simplemente no se puede. Pero los medios de comunicación ejercen otro tipo de control más sutil, y la guerra contra las drogas es, por ejemplo, un torpe y transparente pretexto para aumentar el control policial y militar. Creo que hay mucha gente que lo ve claramente. El aumento de las penas por delitos de drogas es igualmente una manera "perfectamente legítima", desde un punto de vista legal, de atacar a un sector de la sociedad que tradicionalmente no sigue las pautas sociales. En realidad, la violencia está cada día más extendida y permitida, lo cual proporciona una ventaja a los sectores que mantienen el control para imponer más medidas que coartan la libertad.

P. Es decir, que la violencia es tolerada con fines específicos

R. Por supuesto, es necesaria, obviamente, porque proporciona el pretexto adecuado para aumentar las medidas de control. Y ahora para caminar por cualquier lugar necesitas una pistola.

P. Pero ¿el uso de la violencia como pretexto para imponer un Estado policial no remite a una forma de control físico muy simple, demasiado obvio para nuestro tiempo?

R. Ciertamente, no hay nada sutil en ello, pero es así.

P. ¿Es como la frontera en el viejo Oeste norteamericano?

R. Bueno, no exactamente. La tecnología moderna permite ahora que un tipo en un McDonald's de Tejas mate a 30 personas. Me refiero a la aparición de un nuevo tipo de violencia, la violencia sin sentido, al azar, que cada vez es más frecuente. No es una violencia con un propósito, como en Irlanda, donde la motivación es claramente política. En muchos casos, estos asesinos en masa son guardias de seguridad. "El hijo de Sam" era un guardia de seguridad, y el asesino de McDonald's, también.

P. Durante una época, usted estuvo interesado también en las formas de control de población ejercidas durante la historia, desde los faraones egipcios hasta los sacerdotes mayas. ¿Hay paralelos con los actuales?

R. Bueno, siempre me ha interesado el estudio de los métodos por los cuales una minoría muy pequeña puede controlar a una gran mayoría. En el caso de los sacerdotes mayas, estos reunían el poder religioso y el poder político de un rey. En las circunstancias actuales existe un sistema de dominio similar porque se utilizan y manipulan ciertas técnicas para establecer y mantener un control sobre la población en general. Si este control se tuviera que mantener únicamente mediante la fuerza sería muy peligroso. Para eso están los medios de comunicación de masas.

P. Continúa pintando?

R. No, ahora lo he dejado, porque he pintado mucho durante unos años y creo que tengo demasiado material. La pintura que he realizado ha sido una pintura automática; es decir, en general he pintado sin una idea o un propósito. Si el resultado me convencía, entonces lo guardaba.

P. Y disparando con un revólver a botes de pintura o placas de madera?

R. No, pero sí sigo disparando. En algunos casos sucede algo con una pintura que la hace interesante, y es algo que se nota. En los casos en los que el resultado no me convencía, la destruyo.

P. ¿De dónde proviene la idea del libro Los siete pecados capitales?

R. Bueno, en realidad no es una idea original mía. Me ofrecieron el tema; es decir, escribir siete trabajos cortos sobre cada uno de los pecados capitales y acompañarlos con pinturas mías. Y el resultado fue un libro de arte, verdaderamente bien producido y de gran tamaño, en el que las cubiertas originales son de metal y semejan una lápida, y dentro hay, además de mis textos, ocho obras: siete pinturas y una portada que es un pedazo de madera al que le disparé con un revólver.

P. Recientemente grabó un disco con Kurt Cobain, el cantante de Nirvana que se suicidó hace poco. ¿Cuál es su impresión de Cobain?

R. Bueno, me gustaba su música y creo que era una persona con talento y también problemática. Pero se metía demasiada heroína y me sorprendió su suicidio. Yo nunca, nunca, he contemplado la posibilidad de suicidarme.

P. ¿Por qué no? Mucha gente piensa que usted lo lleva intentando toda la vida.

R. No, en absoluto (risas). He llegado a los 80 años y continúo fuerte.

P. ¿Cuán satisfecho está con el resultado de su último disco, Spare ass Annie?

R. Creo que ha sido un buen trabajo en el sentido de que los textos que elegimos eran bastante buenos, y el trabajo musical de Hal Willner, del grupo Disposable Heroes of Hiphoprisy, ha sido estupendo. Ahora estoy grabando, también con Hal, fragmentos de El almuerzo desnudo, pero es un trabajo más largo, porque son dos horas y media de grabación, para las que he seleccionado partes del libro, pero en este disco no hay música.

P. ¿Continúa viendo a Allen Ginsberg o a Paul Bowles?

R. Sí, de vez en cuando veo a Ginsberg cuando voy al Instituto Naropa de Poética Jack Kerouak, en Boulder (Colorado), y hablamos por teléfono con cierta frecuencia. En cuanto a Paul Bowles, estuvo en Atlanta hace unos meses para ser operado. Creo que ha sido una de las primeras veces que viene a Estados Unidos en 40 años. Sé que han hecho un documental sobre Paul Bowles, pero no lo he visto ni tampoco vi El cielo protector [película filmada por Bernardo Bertolucci]. Para mí, el final del libro tiene mucha fuerza; alguna gente pensaba que era muy deprimente, pero creo que en la película han utilizado una voz en off que narra el filme, lo cual, para mí, es un artilugio que nunca funciona. El impacto del libro está en las palabras, en la forma en que termina las frases; por eso tengo mis dudas sobre el filme.

P. ¿Qué escritores contemporáneos le interesan?

R. En realidad, ahora leo poca literatura moderna. Estoy leyendo, eso sí, muchas biografías de escritores, como una estupenda sobre Jean Genet; luego he pasado a Scott Fitzgerald, Ermest Hemingway y Graham Greene.

P. ¿Y entre los escritores hispanoamericanos?

R. Bueno, actualmente leo poca literatura extranjera, pero antes me interesaban Pablo Neruda, Camilo José Cela, Juan Goytisolo, Carlos Fuentes.

P. ¿Y de la generación de escritores latinos en EE UU con los que usted estuvo cuando vivía en el búnker, como Miguel Piñero, Miguel Algarín, Pedro Pietri, y daba lecturas en el Nuyorican Poets Cafe?

R. Recuerdo sobre todo a Miguel Piñero, que murió de una sobredosis, porque siempre estaba con problemas. Me gustó su obra Short eyes, pero luego robó cosas en la casa de un amigo y después no le volví a ver, aunque di lecturas varias veces en el Nuyorican Poets Cafe.

P. ¿Qué me puede decir de su encuentro con Céline?

R. Creo que Kerouacy yo fuimos a visitarle en París y tuvimos una corta conversación. Pero me parece un gran escritor que, como fue colaborador de los nazis, no ha sido reivindicado suficientemente. Ezra Pound también era simpatizante de las ideas germánicas y antijudío... Pero, para mí, el dilema entre literatura y moral que se aplica a muchos escritores es intrascendente; creo que solo pueden ser juzgados por sus obras. La demonización de una persona literaria es una cuestión que depende de los vientos políticos.

P. Sin embargo, en su libro de cartas, usted cuestiona qué es un crimen o un delito, y para quién lo es. ¿Ha escapado usted a esa clasificación moral y social?

R. El concepto de sociedad es una abstracción que no tiene sentido para mí. El único juicio que puedo hacer se refiere a la gente que he conocido. En cuanto a mis problemas con la policía por drogas, hace 20 años que nadie me abre las maletas en una aduana. Creo que la última vez que me ocurrió fue en 1965.

P. ¿Se considera usted un provocador en el tema de las drogas?

R. No, en absoluto. Nunca he hecho nada para provocar. Incluso cuando viajo, siempre me visto de forma conservadora, con traje y corbata, y no intento para nada provocar; sería estúpido. Para qué buscarme problemas. Afortunadamente, ni la policía ni los aduaneros leen mis libros, y, en general, desconocen lo que hace la gente y no tienen forma de saberlo, a menos que uno se lo diga.

P. Pero sus libros tienen un contenido profundamente subversivo que va más allá del uso recreativo de drogas; en muchos casos son una crítica feroz a la sociedad y a los Gobiernos, un ataque a sus fundamentos más profundos con la certeza y la frialdad de un francotirador.

R. Sí, pero como Jean Genet, que fue un protegido de Mitterrand y de gente del servicio de espionaje, yo también he tenido admiradores en puestos altos. En mi caso fue Robert MacNamara, el exsecretario de Estado. Nadie molesta tampoco a Ginsberg, por ejemplo. Claro, si uno participa en protestas y marchas acabas fichado, pero a mí nunca me han convencido esos eventos multitudinarios. Y en los años sesenta, yo estaba en Tánger y no participé en el movimiento de protesta y todo eso.

P. ¿Qué le parece el sobrenombre de el hombre invisible que le pusieron en Tánger los españoles?

R. Perceptivo; soy invisible para las autoridades. Creo que es el mejor disfraz.

P. Durante una época, usted mantuvo una teoría que aseguraba que deteniendo el pensamiento se podía incrementar la conciencia. Sigue pensando que es posible?

R. Sí, es una teoría similar a la que expone Don Juan en los libros de Carlos Castaneda, aunque nadie sabe si Don Juan existe mientras que los chamanes indios con los que yo he estado, como Black Elf, sí son reales. Black Elf vive en Denver y es un hombre de gran poder. En realidad, yo he llegado a conclusiones similares por otros métodos, pero he de decir que nadie sabe qué es la palabra; es una suerte de proceso, de virus.

P. ¿Todavía sigue creyendo que las drogas o los chamanes pueden ayudar a conseguir un desarrollo de la conciencia?

R. Bueno, creo sin duda que algunos chamanes tienen verdaderamente gran poder, especialmente los indios americanos.

P. ¿El acto de escribir es para usted una experiencia placentera o un proceso tortuoso?

R. Ni lo uno ni lo otro. Algunas veces es placentero; otras, no. Norman Mailer dijo no que yo fuera un genio, sino que era un escritor poseído, a veces, por un genio, por algo que está fuera de mí. En algunas ocasiones, cuando tengo suerte, me llegan coherentemente grandes porciones de fragmentos narrativos. El escritor no debe pensar demasiado; es una especie de receptor, aunque creo que es más difícil serlo para un escritor que para ningún otro artista, porque las palabras permanecen delante de ti mientras escribes. Pero creo que la escritura es mejor cuando menos haya de ti en ella.

P. A los 80 años de edad, ¿se entiende usted a sí mismo?

R. No, por supuesto que no. Un escritor nunca puede llegar a comprenderse; siempre se está buscando.