Lecciones de un recuerdo
Con cada nuevo atentado uno temía que fuera la última gota que colmaba el vaso: si había un golpe militar, a nosotros nos tocaría salir a patrullar las calles


Uno se esfuerza en educarse lo mejor que puede, pero luego resulta que algunos de sus aprendizajes fundamentales los adquiere a su pesar, en eso que las personas sin estudios y con aspiraciones llamaban antes “la universidad de la vida”. Se puede decir que ingresé muy a regañadientes en ella, recién salido de la otra, en octubre de 1979, cuando me incorporé en calidad de recluta a un campamento de instrucción militar situado en un páramo ventoso a las afueras de Vitoria. Pensaba que me gradué, sin distinción alguna, cuando salí 14 meses más tarde, vestido de paisano, del cuartel de Infantería de Montaña en San Sebastián, pero me faltaba lo que ahora podría ser un máster acelerado, el que adquirí, de nuevo a mi pesar, la noche del 23 al 24 de febrero de 1981, en Granada. No recuerdo ahora quién decía que cualquiera que haya pasado por un internado escolar en Inglaterra se sentirá siempre como en casa en una prisión. Diez años antes de mi experiencia cuartelaria yo había sobrevivido como alumno becario a un colegio de curas no ya preconciliares sino apenas posinquisitoriales, así que conocía de primera mano los beneficios pedagógicos del miedo, la disciplina, el oscurantismo y las bofetadas. Encontrarme a los 23 atrapado en la rueda de un adiestramiento militar regido más o menos por los mismos principios —incluido el fomento de la brutalidad masculina— tenía algo de humillante retroceso a los desconsuelos de la primera adolescencia.
Y para un joven muy politizado y recién salido de la universidad, menos de un año después de que se aprobara la Constitución, el ejército de entonces ofrecía una lección alarmante sobre la fragilidad de aquellos cambios que en la vida civil empezaban a darse por supuestos. Lo primero que veíamos al entrar en campamentos y cuarteles era un gran cartel con el testamento de Franco. Me consta que ya había un cierto número de oficiales demócratas, pero lo disimulaban tanto que podrían no haber existido. La ceremonia semanal de desfile y homenaje a los caídos era exclusivamente a los caídos del bando llamado nacional en la Guerra Civil. Y en los acuartelamientos del País Vasco se notaba más que en ninguna otra parte el efecto de calculada provocación y desafío del terrorismo. En 1979 y 1980 los pistoleros etarras mataron más que nunca, antes o después, y sus víctimas fueron sobre todo guardias civiles, policías nacionales y militares. Los héroes de la liberación del pueblo vasco intentaban por todos los medios provocar la imposición de una dictadura, en la creencia leninista de que cuanto más cruel sea la opresión mayor será el inevitable levantamiento revolucionario.
En San Sebastián los cuarteles eran fortines en mitad de un territorio enemigo. Los oficiales iban a toda velocidad del cuartel a su casa con un jeep de escolta, y solo salían a la calle vestidos de paisano. Y los soldados que formaban parte de la escolta o actuaban como conductores sufrían el mismo peligro. Con cada nuevo atentado uno temía que fuera la última gota que colmaba el vaso: si había un golpe militar, a nosotros nos tocaría salir a patrullar las calles, como a los soldados con cara de susto que se veían en las fotos de América Latina. Para un muchacho torpón y pacífico con fantasías literarias que no había llegado ni a apuntar bien un fusil, verse en ese papel era una perspectiva que quitaba el sueño.
Y que se hizo cierta apenas dos meses después de mi salida del cuartel. Eché a correr en la estampida de los que por fin nos licenciábamos a principios de diciembre de 1980, y ni dos meses después la pesadilla sucedió. En esa época un soldado recién licenciado seguía oficialmente perteneciendo al Ejército durante unos meses o un año más. En febrero de 1981 yo tenía un trabajo mal pagado y precario, pero trabajo al fin, y vivía prácticamente en el aire, casi del aire, en un piso alquilado en las afueras de Granada, en una barriada recién construida en la que aún no vivía casi nadie más, con un póster de Tete Montoliu en la pared y una máquina de escribir, pero sin televisión, sin radio, sin teléfono, en un aislamiento que ahora nadie sabe imaginar. En la oficina municipal en la que empezaba a trabajar había bedeles con bigotazos castrenses y con insignias de la Legión en la solapa y funcionarios veteranos que hacían exhibición de la pistola que llevaban en una sobaquera debajo de la chaqueta. Que el alcalde y la mayoría de los concejales fueran de izquierdas les parecía una aberración que más pronto que tarde ellos iban a corregir.
Quien volvía al mundo real después de una temporada en el ejército tardaba en encontrar su sitio de nuevo, más aún si estaba en el principio incierto de una vida adulta en la que no tenía ningún asidero. Una tarde que recuerdo nublada y fría, aunque tal vez no lo fuera, volví a mi casa con el triste propósito de estudiar para unas oposiciones, en aquella lejanía que se llamaba prometedoramente Parque Nueva Granada. La palabra parque vendría de aquellas parcelas de terrones y abrojos que aún no estaban en construcción, aunque ya contaban con farolas rotas. En mi piso, en todo el edificio, reinaba un silencio tibetano. Por un curioso efecto acústico, los únicos sonidos ajenos que me llegaban eran los de la familia que vivía en el piso de abajo, aunque solo cuando me encontraba en el cuarto de baño. A veces me sentaba en la taza del váter solo para escuchar otras voces humanas. Y esa tarde, en lugar de discordias conyugales, lo que oí fue una voz que repetía a gritos: “¡Han dado un golpe de Estado! ¡Los militares han dado un golpe de Estado!”.
Esa era la lección que me faltaba: no el miedo a lo que pudiera o no ocurrir, la incertidumbre unas veces esperanzada pero siempre angustiosa en que vivíamos desde la muerte de Franco, sino el estupor, la incredulidad, el pánico a que de verdad había sucedido. De pronto nada era más temible que aquel aislamiento. Estaba cayendo la tarde pero en las ventanas del barrio no había otras luces encendidas, ni gente por la calle. Atravesé el descampado hasta la parada del autobús. Cuando llegó al cabo de un rato no iban en él más de dos o tres personas, cada una aislada en sí misma. El autobús pasaba delante de varios cuarteles, y por la cárcel y el campo de fútbol, en aquella periferia entonces muy despoblada de la ciudad. Miraba por la ventanilla y todo parecía normal, salvo que se veía poca gente, y circulaban menos coches de lo habitual. Me bajé en la parada del bar San Isidro, en el que recalaba con frecuencia en mis tiempos de estudiante. Por la Avenida de Madrid subía una patrulla de policías nacionales montados solemnemente en moto. Eran los únicos uniformes con los que me encontraba hasta ese momento. Al doblar una esquina me encontré con una antigua compañera de militancias y asambleas, a quien no había vuelto a ver desde la universidad. Su cara de espanto era sin duda el espejo exacto de la mía. Ella me informó de lo muy poco que se sabía hasta entonces: que los militares o los guardias civiles habían asaltado el Congreso, que se habían oído gritos y disparos, y tal vez había muertos; que también ocupaban la radio y la televisión. A cada momento era más de noche y la calle se quedaba más vacía. Mi amiga me dijo que le daba miedo volver a su casa, pero que no tenía otro sitio donde ir. Yo busqué refugio en casa de los padres de mi novia, aunque ella no estaba en la ciudad. Confieso que la cara pálida y la expresión del Rey mientras daba su discurso, tantas horas después, no me hicieron sentir ninguna seguridad. Nunca he compartido la sensación de alivio de quienes dicen que después de escuchar al Rey se fueron tranquilamente a la cama. Ese hombre, en ese momento, por la razón que fuera, también estaba muy asustado.
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