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TRIBUNA

Cómo empezó todo

Fue el sentido del deber y de la oportunidad de José Ortega Spottorno lo que le llevó a intentar la publicación de un periódico que acabaría llamándose EL PAÍS

José Ortega Spottorno, en un dibujo de Hernán Cortes de 1996.

José Ortega Spottorno, mi padre, procedía de una familia no solo intelectual —era hijo de José Ortega y Gasset—, sino también emprendedora en el campo de la cultura y los periódicos. Su propio padre contribuyó a impulsar El Sol, y fundó Revista de Occidente y la editorial del mismo nombre por donde entraron en España las últimas reflexiones europeas y estadounidenses. Su abuelo, José Ortega Munilla, había dirigido El Imparcial, fundado por el suegro de este, Eduardo Gasset y Artime. Todos fueron en su día medios de referencia y modernos —no necesariamente los más vendidos (esa conjunción de EL PAÍS fue y sigue siendo novedosa)— sobre los que los Ortega acabaron siempre por perder influencia. Pero eso no fue lo importante, sino haber contribuido a forjar órganos que sirvieran al país en su modernización política, económica, social y exterior. José podía haberse dado por satisfecho con haber recuperado Revista de Occidente, la editorial primero y el mensual, después, y fundado Alianza Editorial, que tanto contribuyó a difundir cultura, especialmente entre lo que acabaría siendo la generación de la Transición, transición muy orteguiana, por cierto. Pero su sentido del deber y de la oportunidad, con el previsible final a la vista del régimen de Franco, le llevó a intentar la publicación de un periódico que acabaría llamándose EL PAÍS.

Muy dado a los pasillos, fue rumiando durante años el proyecto, hablándolo con amigos, contertulios de Revista, y familia. En 1971, con las ideas más claras, lo anunció. Y dejó de fumar, consciente de que era incompatible con el esfuerzo que iba a suponer tal emprendimiento. A principios de 1972, se había constituido la empresa editora PRISA. Y en noviembre de 1972 envió una carta a amigos y conocidos para que se sumaran. La Junta de Fundadores, sobre la que recaían muchos poderes, estuvo inicialmente compuesta por José Ortega, presidente; Darío Valcárcel, secretario; Ramón Jordán de Urríes —que prestó sus oficinas en la calle Españoleto como primera sede—, Juan José de Carlos y Carlos Mendo. Este, periodista, exdirector de la Agencia EFE, hombre próximo a Manuel Fraga Iribarne, fue designado como primer director de la publicación, pues la ley lo exigía para solicitar la autorización gubernativa, a sabiendas de que no lo sería cuando el periódico echara a andar, y tuvo que dimitir de todo cuando Fraga se lo llevó a Londres como consejero de Información. El nombre del periódico, EL PAÍS, lo propuso él, dado que otras cabeceras históricas, como El Sol habían sido registradas por Emilio Romero, director de Pueblo, que fue discretamente a ver a José Ortega para ofrecérsela a cambio de asumir la dirección. Ortega le dio la callada por respuesta.

La idea era repartir todo lo que se pudiese el accionariado para que no mandara ningún grupo, y asegurar así la independencia. José Ortega se empeñó a fondo a esta tarea. Él mismo tuvo que endeudarse para poder comprar títulos. Muy dado a la siesta diaria y poco a los almuerzos y cenas de trabajo, en restaurantes o en su domicilio de la calle Padilla, los multiplicó en Madrid y por toda España en busca de gente dispuesta a invertir en esta aventura incierta (inversión que recuperarían con creces, aunque entonces no podían saberlo). El joven filántropo Diego Hidalgo, amigo de la familia, estuvo allí desde el principio. Para atraer a accionistas, fue importante el esfuerzo de Darío Valcárcel, joven aristócrata periodista, próximo a José María de Areilza, que llegó a través del hermano de José, el médico Miguel Ortega. Prácticamente nadie de la izquierda quiso sumarse, ni siquiera Javier Pradera, que era director de Alianza Editorial. Lo veía como “el periódico de Fraga”. No se percataron de que EL PAÍS, entre ser Le Figaro o ser Le Monde, para entendernos, iba enseguida a optar por esta segunda vía, llenando un vacío y una necesidad.

Fueron años de espera y paciencia. Viajes a Londres a hablar con Fraga Iribarne, entonces embajador ante la Corte de Saint James. Encuentros, con el príncipe Juan Carlos; en Estoril, con su padre, don Juan, entre otros. Y con el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro ¿Se opuso personalmente Franco? Seguramente. El permiso gubernativo no llegaba, para desesperación de muchos. Pero José aguantaba, y el proyecto seguía desarrollándose, aunque consultó con los accionistas si querían seguir. Y quisieron. El edificio de la calle Miguel Yuste empezó a construirse, a prueba de bombas. José Ortega era consciente de no ser un empresario, sino un emprendedor, y que para llevar a buen puerto este proyecto se necesitaba una persona de empuje empresarial, que encontró en el joven editor Jesús de Polanco. Este dudó en aceptarlo, y cuando se decidió pidió no se hiciera público hasta que el periódico estuviera autorizado. La ansiada autorización llegó en marzo de 1975, con Franco deteriorado. Moriría en noviembre. Polanco se sumó a la Junta de Fundadores, y trajo como gestor a Javier Baviano, que se convirtió en el gran gerente del periódico.

Aunque empezó a ejercer de facto antes, en diciembre de 1975, ya muerto Franco, se nombró director a Juan Luis Cebrián, a sus 31 años con una carrera estelar, proveniente de Informaciones, donde era subdirector, recomendado por su director, Jesús de la Serna. José intentó que por encima de él se situara el escritor y periodista Miguel Delibes, pero este, muy afectado por la muerte de su mujer, se resistió a dejar su Valladolid. De la mano de Miguel Ortega vino un diseñador, el alemán Reinhard Gäde, que sería clave, junto a Julio Alonso, a la hora de confeccionar un periódico claro, ordenado y moderno. Fue él quien ganó el diseño de la cabecera, sin acento entonces por imposibilidad técnica.

En la junta de accionistas de 1977, con el periódico ya en marcha José Ortega presentó los principios ideológicos de EL PAÍS, al que definió como “periódico liberal, independiente, socialmente solidario, nacional, europeo y atento a la mutación que hoy opera en la sociedad de Occidente”. Ese texto fue posteriormente incorporado al Estatuto de la Redacción del periódico (el primero en tenerlo), y sus principios se pueden invocar en aplicación de la cláusula de conciencia. Siguen teniendo vigencia, lo que indica su acierto.

Ortega siempre fue discreto, no interfiriendo en la línea editorial. Sus opiniones se las transmitía, habitualmente en notas o cartas, a Polanco y Cebrián, cuando detectaba algo erróneo o soez. Alguna vez, como en mayo de 1981, intervino para evitar una ruptura entre ambos, a los que consideraba imprescindibles en aquellos momentos.

Lo demás es historia, ya lejana para muchos, que han contado con conocimiento y profesionalidad Mercedes Cabrera y Javier Zamora Bonilla (José Ortega Spottorno (1916-2016). Un editor, puente entre generaciones, Alianza, 2016), incluida su ruina tras la quiebra de Revista de Occidente, que selló una dolorosa ruptura con sus hermanos, Miguel y Soledad, y que algunos aprovecharon para intentar echarle, junto con Polanco y Cebrián. Diego Hidalgo salió al rescate.

Ante la importancia que había adquirido EL PAÍS, un grupo de inversores, capitaneado por el abogado Antonio García Trevijano, y por el propio Miguel, intentó comprar, usando su preferencia, todas las acciones que podían. Los únicos con el poder financiero, las ganas y la ambición para hacer frente a ese ataque eran Polanco y sus socios. A José Ortega el periódico le había costado muchas amistades. Incluso prohibió a su mujer leerlo por la noche en la cama, pues cuando él se estaba durmiendo, Simone ponía el grito en el cielo por algo que se había publicado. José Ortega se pasó años, como presidente de PRISA, contando votos de cara a las tormentosas juntas de accionistas. Una vez que los rebeldes tiraron la toalla y la situación accionarial se estabilizó, José decidió dejar la presidencia, reteniendo solo la de honor.

Algunos le han tachado de ingenuo. Nunca lo fue. Me consta por sus certeros comentarios privados en la época. Tampoco fue nunca un hombre de ambición de poder, sino de deber. Referente que había atraído capital y masa intelectual a este proyecto que sirvió, y sigue sirviendo, a la realidad de España. “Un tótem”, me decía Polanco. Al día siguiente de su muerte, el titular del periódico fue “Muere José Ortega Spottorno, fundador de EL PAÍS” (19 de febrero de 2002). No era un término que soliera usar, pues había considerado este emprendimiento como colectivo. Lo que él pensaba lo había dejado escrito en un artículo del 20 de junio de 1984, Una aventura que mereció la pena, “porque contribuyó a devolver la libertad a los españoles”. Pues eso. La aventura siguió y sigue.

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