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EDITORIAL

Gracias a los lectores

Sin la exigencia y la confianza de quienes nos leen, EL PAÍS no habría llegado a los 50 años

Sr. García

Cuando EL PAÍS salió a la calle, el 4 de mayo de 1976, no había ninguna certeza de que llegase al medio siglo de vida. En España, Franco acababa de morir, y la democracia se estaba gestando. Desde entonces han pasado guerras y revoluciones en el mundo, crisis económicas, transformaciones tecnológicas y avances científicos inimaginables. Han cambiado los soportes en los que se publican las noticias y la vía para transmitirlas. Ya somos un diario global que se escribe y lee en Europa, América y muchos otros lugares. Todo podría haber sido distinto. Y si hoy cumplimos 50 años, es, ante todo, gracias a los lectores.

EL PAÍS nació para estar al servicio de los lectores, no de ningún poder, ni de un partido, un Gobierno o unos intereses. Los lectores supieron desde aquella fecha lo que podían y debían esperar de nosotros: la independencia y el rigor en la búsqueda de la verdad, y la defensa de la democracia. Esta historia es el resultado del encuentro de unos lectores con una forma de hacer periodismo. Ambos forjaron un pacto tácito de confianza. Medio siglo después, los lectores se han multiplicado y se extienden por el mundo, pero el pacto es el mismo, y define lo que somos.

El 4 de mayo de 1976, este era un periódico distinto al que tienen ahora en sus manos, tabletas, teléfonos u ordenadores. Se imprimía en papel y en blanco y negro. Nunca ha dejado de imprimirse en papel, pero el principal canal de distribución es digital. Ya no es un diario español, o no es solo español. Además de en España, EL PAÍS tiene seis Redacciones en América, activas las 24 horas para informar a casi medio millón de suscriptores y a decenas de millones de lectores, un reflejo de lo que somos. Diversos y plurales. Así era este diario en sus inicios; así es ahora. Todo ha cambiado, pero permanece lo que un editorial conmemorativo de los mil primeros números llamó “el inevitable juicio de los lectores”. “Hemos procurado pensar no en las conveniencias de los gobernantes”, se leía en este texto de 1979, “sino en las necesidades de los ciudadanos a la hora de establecer posiciones y análisis”.

Periodismo y democracia: este es el compromiso de EL PAÍS, y el precio para cumplirlo ha sido elevado. En 1978, la ultraderecha asesinó con una bomba a un trabajador, Andrés Fraguas, y dejó malherido a otro, Juan Antonio Sampedro. En 1989, un militar estadounidense mató de un disparo al fotógrafo Juantxu Rodríguez en Panamá. Periodistas y colaboradores sufrieron el acoso del terrorismo de ETA. La noche del 23 de febrero de 1981, los periodistas se jugaron el tipo al publicar, cuando el desenlace del golpe de Estado era incierto, un número especial en defensa de la Constitución.

Lo había dejado escrito un año después de la fundación José Ortega Spottorno, entonces presidente de la empresa editora, Prisa: “EL PAÍS debe ser un periódico liberal, independiente, socialmente solidario”. La declaración, que preside la sala de la Redacción de Madrid donde cada tarde se decide la portada del diario, dice: “Liberal, a mi entender, quiere decir dos cosas fundamentales: el estar dispuesto a comprender y escuchar al prójimo, aunque piense de otro modo, y a no admitir que el fin justifica los medios”. “EL PAÍS”, añade, “debe ser también un periódico independiente, que no pertenezca ni sea portavoz de ningún partido, asociación o grupo político, financiero o cultural, y aunque deba defender la necesidad de la libre empresa, y aunque su economía dependa del mercado publicitario, el periódico rechazará todo condicionamiento procedente de grupos económicos de presión”.

La democracia está consolidada en España, pero sigue siendo un combate necesario, especialmente en América, y en un tiempo en el que retrocede el pluralismo y avanzan las fuerzas antidemocráticas. Hay principios que, desde los inciertos años fundacionales, no han dejado de guiarnos: la lucha contra la intolerancia y el fanatismo, la defensa de las minorías perseguidas y discriminadas, la reducción de las disparidades económicas y sociales, la inacabada revolución feminista y la igualdad de género y hoy los derechos LGTBIQ+. Fue Martin Luther King quien dijo que “el arco moral del universo es largo, pero se inclina hacia la justicia”, y esta convicción progresista, siempre en favor de las libertades y los derechos humanos, es nuestra brújula.

Hay otra cosa que tampoco ha variado desde el 4 mayo de 1976, y es el método. El método periodístico. Verificar y contrastar la información. Ir al lugar de los hechos y escuchar a los protagonistas, sin prejuicios ni anteojeras. Separar la opinión de la información. Mantener la distancia con el poder. Porque, como decía el legendario reportero Albert Londres: “Nuestro oficio no consiste en complacer ni en dañar, sino en poner la pluma en la llaga”.

Desde los inicios, EL PAÍS se dotó de mecanismos para proteger a los periodistas, y a los lectores. Entre estos figuran el Estatuto de la Redacción y el Libro de estilo, además de la institución del Defensor del Lector, que vela por el cumplimiento de las normas por los redactores y por los intereses de quienes nos leen. La Redacción cuenta, desde hace unos meses, con una representante, elegida por los periodistas, en el Consejo de Administración. Todo esto refuerza nuestra independencia y el derecho de los lectores a una información y una opinión libres y rigurosas. Han sido sus críticas y las enmiendas las que nos han hecho mejorar y llegar aquí. Hemos cometido errores. No somos infalibles. Pero cuando nos equivocamos, rectificamos y lo hacemos público.

No existe otro método para aproximarse a la verdad y explicarla, para distinguir lo significativo de lo superfluo, la señal del ruido. La mentira y la desinformación ya existían el 4 de mayo de 1976. La diferencia, en 2026, es la propagación acelerada de estas mentiras por medio de las redes sociales y sus algoritmos, los falsos medios de comunicación o los fanáticos con audiencias de centenares de millones. La inteligencia artificial, que es una herramienta fabulosa de conocimiento y progreso, puede entrañar riesgos para el periodismo y la democracia. No todo lo que se hace pasar por periodismo lo es, ni cualquiera es periodista.

Ante estas transformaciones, no hay otra respuesta posible: periodismo, más y mejor periodismo, y este solo puede ejercerse con la confianza de los lectores, confianza que se sostiene en la credibilidad, nuestro bien más preciado. Sabemos que hay que ganársela cada día, minuto a minuto, y nunca darla por sentada. Y son los lectores quienes nos la otorgan. Sin los lectores, EL PAÍS no habría llegado al medio siglo. Porque ustedes que nos leen son EL PAÍS. Son la garantía de que podremos seguir informando y contando el mundo en los próximos 50 años, y más. Por ello, por ese pasado y por ese futuro: gracias.

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