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El mundo se asoma al precipicio tras dos meses de cierre de Ormuz

Sin avances en las negociaciones entre EE UU e Irán, la crisis energética amenaza con descarrilar la economía si el estrecho no reabre en las próximas semanas

Un barco patrulla emiratí se aproximaba el viernes a un tanquero fondeado en el golfo de Omán, a las puertas del estrecho de Ormuz.Fatima Shbair (AP)

El cerrojazo del estrecho de Ormuz era lo que en la jerga se suele llamar, no sin cierta rimbombancia, un “riesgo de cola”: un suceso tan extremo como poco probable. Un órdago más, se decía, como tantas y tantas veces antes. Pero llegó. El lunes 2 de marzo, bajo las bombas israelíes y estadounidenses, la Guardia Revolucionaria anunciaba el bloqueo de esa lengua de mar tan angosta como crucial para el mundo. A mediados de abril llegaría un segundo candado, el impuesto por Estados Unidos para asfixiar la economía iraní y que ha terminado de cercenar el tránsito de crudo, gas, diésel y fertilizantes desde el golfo Pérsico. Desde entonces, el mundo tira de reservas y audacia. Pero el ingenio también tiene límites.

Ha habido idas y venidas: Teherán llegó a reabrirlo unas horas para, poco después, cerrarlo de nuevo a cal y canto. También promesas inconcretas: “No se preocupen por esto, nosotros lo resolveremos”, decía a mediados de marzo el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth. Pero el estrecho sigue siendo un erial. En su interior, decenas de barcazas repletas de combustibles fósiles esperan. Fuera, un mundo cada vez más sediento, privado de la ruta por la que transita la quinta parte del petróleo y el gas licuado.

La historia, al menos la más reciente, dice que los profetas del apocalipsis suelen estar equivocados. Pero en este interregno de ni guerra ni paz ni negociación, el puzle de la zozobra no hace más que añadir piezas preocupantes. Aquella criatura incipiente está a punto de mutar en algo mucho más peligroso, una bestia en forma de riesgo real de recesión si el bloqueo no termina pronto.

Ajeno a su crisis de popularidad y a unos datos económicos que empiezan a darle la espalda ―con el precio de la gasolina disparado, el consumo de las familias estadounidenses arroja señales de agotamiento―, Donald Trump dejó caer el jueves que Estados Unidos se prepara para un cierre prolongado del estrecho. Que serán semanas; meses, quizá. Que todo va bien. Que Irán no está pudiendo exportar y que acabará torciéndole la mano a los ayatolás. Que lo ha hablado con las petroleras ―que se están haciendo de oro― y que van todos en el mismo barco.

Mientras, en una situación que recuerda cada vez más a los primeros compases del tétrico vals de 2020, cuando un minúsculo y desconocido virus empezaba a circular por China, el mundo sigue girando como si nada. Como si lo que tiene delante fuese un escalón. Pero es una sima, un precipicio.

El precio del petróleo, ya en máximos desde 2022, responde con subidas a cada bravuconada de la Casa Blanca. Pero aún sigue lejos, muy lejos, de donde una decena de voces consultadas por EL PAÍS creen que podría estar. O el estrecho reabre pronto, dicen casi al unísono, o la economía mundial navega en rumbo de colisión contra sí misma. Por la gracia de Trump.

“Si Ormuz sigue cerrado durante mucho más tiempo, la situación irá de mal en peor: aumentará la escasez de diversos bienes, lo que a su vez dará lugar a más inflación; veremos mayores restricciones de la oferta y menos actividad económica”, alerta Olivier Blanchard, execonomista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI). “Cada vez se parece más al episodio de la covid”. A saber: precios por las nubes, tipos de interés al alza y un crecimiento, en el mejor de los casos, ahogado.

“El escenario central sigue siendo que esto se solucione relativamente pronto y más o menos bien”, confía una alta fuente financiera europea. “Pero, si dura varias semanas más, si nos metemos ya en junio, vamos a ver dinámicas no lineales muy dañinas”, advierte. “Estamos hablando, potencialmente, de una crisis muy severa”.

A diferencia de lo ocurrido en 2022 y 2023, cuando la briosa salida de la pandemia y, sobre todo, la invasión rusa de Ucrania dispararon los precios del gas y la electricidad, la mayor descarga hoy la están recibiendo el petróleo y dos de sus derivados: el diésel y, sobre todo, el queroseno. Por ahora: Qatar, el segundo exportador mundial de gas natural licuado, ha quedado totalmente fuera de juego. El llenado de las reservas para el invierno, hoy exiguas, será a pulmón y a merced de EE UU. Atentos ahí también.

“No somos conscientes del riesgo que supone que Ormuz no reabra pronto”, avisa Leopoldo Torralba, adjunto al economista jefe de Arcano Research. “Los mercados financieros prácticamente lo están obviando, descontando un escenario económico prácticamente idílico que cada vez parece más difícil de creer”. Mientras, dice, las opciones más adversas parecen ganar enteros. “¿Quién puede asegurar que alguien con el ego de Trump y que se está viendo humillado por Irán no vaya a atacar la isla de Jarg u otras infraestructuras energéticas clave? Irán respondería destrozando pozos en países vecinos y la recesión sería enorme. La probabilidad no es alta… pero tampoco baja”.

“Dudo mucho que Ormuz haya reabierto de aquí a un mes, y eso me lleva a pensar que debemos prepararnos para un escenario de recesión global. También en Europa”, avisa por teléfono Thierry Bros, profesor de Sciences Po París y una de las voces más escuchadas del panorama energético comunitario. Dos meses después, dice, el mundo ya ha entrado “en fase de riesgo sistémico”. “Pero, de continuar por esta senda, nos encaminamos a una crisis equiparable a la de 1973”. ¿Cómo evitarlo? Reduciendo el consumo de energía, responde. Sobre todo, el de gasóleo y queroseno. “Las políticas de reducción de impuestos son un error. Hay que destruir demanda, y hay que hacerlo ya”.

Algunas estampas empiezan a recordar a aquellos días salvajes cinco décadas atrás, cuando el embargo petrolero de la OPEP desató una espiral inflacionista e hizo descarrilar la economía. Filipinas y Madagascar están en estado de emergencia. Nepal lleva semanas racionando los carburantes. Myanmar restringe la conducción, un día sí, un día no. Y Bangladés obliga a las tiendas a cerrar antes de tiempo para reducir el consumo energético. Aunque todavía de forma incipiente, las señales también han llegado a Europa: las aerolíneas Lufthansa y KLM han cancelado miles de vuelos, los menos rentables, para ahorrar queroseno.

“Miremos al Asia emergente si queremos anticipar lo que puede suceder aquí si Ormuz no reabre antes del verano”, ilustra Paola Rodríguez-Masiu, jefa de análisis petrolero de la consultora noruega Rystad Energy. “Es verdad que en Europa tenemos más margen de inventarios, pero estos son finitos”. Los meses de calor en el hemisferio norte, recuerda, también son los de mayor consumo de aviones y coches: “Cómo termine el año dependerá, en gran medida, de cómo entremos en junio: si para entonces hay un horizonte claro de reapertura de Ormuz, evitaremos la catástrofe; si no, los precios pueden llegar a doblarse”. En plata: 200 dólares por barril de crudo. Un arma de destrucción masiva para la economía.

“La liberación de reservas estratégicas está ayudando, pero si el cierre se prolonga acabarán agotándose”, anticipa Samantha Gross, de la Brookings Institution. Los altos precios energéticos acabarán repercutiendo, vía transporte, en toda la cadena de suministro. “Y, aún más preocupante, el sector alimentario sufre tanto el encarecimiento de los carburantes como la escasez de fertilizantes. Como siempre, los países en desarrollo y las capas más pobres de la población serán las que más lo sufran”.

Hubo, esboza Karim Fawaz, director de Energía y Recursos Naturales de S&P Global Energy, “una breve ventana de tiempo al inicio de la crisis en la que una rápida reanudación de los flujos habría permitido una recuperación sin daños duraderos. Pero ya se cerró”. Ahora, escribe por correo electrónico, “estamos entrando en el tercer mes de la crisis de suministro de petróleo más grave de la historia en volumen y, si el menor consumo derivado de la subida de precios no es suficiente, la destrucción de demanda tendrá que ser vía racionamiento o escasez”.

El mismo panorama dibujan, palabra arriba o abajo, el Banco Mundial, que esta semana describía una economía golpeada por “oleadas acumulativas”, y la Agencia Internacional de la Energía, que insiste una y otra vez en que el mundo encara “la mayor crisis energética” de todos los tiempos. La economía, dice gráficamente el economista jefe del banco suizo UBS, Paul Donovan, “avanza alegremente corriendo sobre el vacío” como el coyote de los Looney Tunes.

Esta calma chicha, desarrolla Víctor Burguete, investigador sénior en el área de Geopolítica Global y Seguridad del Cidob, “casa muy mal con la situación sobre el terreno en Ormuz y con cómo están manejando los tiempos las autoridades iraníes”. El mundo asiste, dice, a un peligroso pulso por ver quién aguanta más y “en el que Trump está minusvalorando la resiliencia iraní: el martirio y la resistencia están en la base de su cultura. Por mucho que quiera seguir la misma estrategia, Irán no es Venezuela”.

Hay, con todo, mitigantes que invitan a un cierto optimismo. A pensar, en fin, que la sacudida no será como la de los setenta incluso si Washington persiste en su plan suicida. La economía mundial consume hoy menos de la mitad de petróleo por punto porcentual de PIB que entonces, según los cálculos del Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia. O, dicho de otra manera, se necesita menos de la mitad de carburantes para lograr idéntico resultado. Las renovables no han dejado de crecer, desplazando al gas y, sobre todo, al carbón en la matriz eléctrica. Y las tecnologías ya disponibles, de las renovables a las baterías, del coche eléctrico a la aerotermia, pueden, Ember dixit, eliminar las tres cuartas partes del consumo de combustibles fósiles. Por difícil que sea de atisbar hoy, el fin del imperio fósil es cuestión de tiempo.

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