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Ese hueso, ese HAL

Se cumple medio siglo del estreno de '2001: una odisea del espacio'. Aclaro que el cine y la literatura de ciencia-ficción nunca han formado parte de mis amores

Fotograma de '2001: una odisea del espacio'.

Figura inevitablemente en casi todas las listas con las que se entretiene periódicamente la crítica sobre las mejores cosas que le han ocurrido al cine a lo largo de su venturosa y ya centenaria historia. No ha sido jamás indiferente en los gustos de los espectadores comunes. Para muchos constituye una de las películas más impactantes que han visto jamás, le profesan eterno culto antes de que dicho término se pusiera de moda. Para otros, una minoría, el recuerdo de esta intocable obra está asociado al aburrimiento que pasaron con ella, ni siquiera les interesó el misterioso significado del monolito. Y, cómo no, nadie le discute su título de obra cumbre del género de ciencia-ficción. Se titula 2001: una odisea del espacio. Acaba de cumplir cincuenta años. Vale. ¿Y cómo los lleva?

Aclaro que el cine y la literatura de ciencia-ficción nunca han formado parte de mis ancestrales e inmarchitables amores. Bastante temibles son algunas de las ficciones que crea la realidad como para andar mezclándolas con la rigurosa ciencia. Amo películas encuadradas en este género como Alien, el octavo pasajero y Blade Runner porque la primera es suspense y terror de alto voltaje y la segunda puro cine negro, desarrolladas en una nave espacial y en una caótica ciudad del futuro. Y me fascinan los libros de Ray Bradbury no por su faceta de visionario del futuro sino por su tono poético, su melancolía y la inquietud que me crean. Qué miedo me invade siempre leyendo el relato Aunque siga brillando la luna en esa obra maestra titulada Crónicas marcianas.

Stanley Kubrick, en el rodaje de '2001, una odisea del espacio' en los estudios de MGM en Borehamwood, Hertfordshire, en 1966. ampliar foto
Stanley Kubrick, en el rodaje de '2001, una odisea del espacio' en los estudios de MGM en Borehamwood, Hertfordshire, en 1966. Getty Images

He visto varias veces en el curso del tiempo la venerada odisea espacial que filmó Stanley Kubrick, basado en el cuento de Arthur C. Clarke El centinela. Con cierto e imperdonable tedio cuando se estrenó, aunque fuera blasfemo en aquella época confesarlo. Y esa opinión de mi adolescencia se ha ido modificando en las revisiones, no porque el paso del tiempo proporcione lucidez, sino que imagino que en función de estados de ánimo. He vuelto a ella varias veces. La curiosidad permanece. Y hay símbolos y cosas que sigo sin entender, como la naturaleza y el significado del enigmático monolito, pero la fascinación visual ante el torrente de imágenes que se inventó el perfeccionista y obsesivo Kubrick se mantiene siempre.

Si el viaje hacia el infinito a veces me ha parecido muy largo o la deliberada gelidez emocional con la que están descritos los tripulantes y pasajeros de las naves espaciales te distancie de lo que les pueda ocurrir, hay una parte y un personaje en esta película que han mantenido permanentemente su fuerza hipnótica. El arranque es insuperable. Lo protagonizan monos (Kubrick mezcló auténticos simios con actores disfrazados) en un paisaje rocoso, desértico y ancestral, en medio de amaneceres y crepúsculos. Disputan por el agua cenagosa, se enfrentan a huesazos, reciben la visita del monolito. Kubrick enlaza el hueso que lanza al aire el simio matador con una nave espacial mientras suena El danubio azul. Es tan impactante como hermoso. El único personaje conmovedor, paradójicamente no es humano sino un ordenador, ese asustado y trágico Hal que protesta agónicamente cuando constata leyendo los labios de los astronautas que le van a desconectar.

Supongo que los efectos especiales de esta película y el pausado ritmo de 2001 pueden provocar actualmente la desdeñosa risa de ese horroroso y triunfante cine en el que solo existe el ruido, el montaje frenético a base de planos cortos con duración cronometrada y el derroche gratuito de efectos especiales. Kubrick, empeñado en dejar su sello presuntamente genial en todos los géneros, tan arrogante y antipáticamente consciente de su arte, consiguió algunas veces que el resultado estuviera a la altura de las ambiciosas pretensiones. Pero este artista total puede tener un lado cargante. Es consecuente que un señor tan cerebral no sintiera ningún aprecio por su Espartaco. Yo la adoro. Por épica, emocionante, sentimental. vibrante.