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tribuna

‘The Washington Post’: siga el rastro del dinero

El periódico se ha convertido en la triste metáfora de los nuevos Estados Unidos de Trump. Y también, un poco, de la prensa actual

Una manifestante protesta por los despidos en 'The Washington Post', el pasado jueves en Washington D.C.Ken Cedeno (REUTERS)

El papel está amarillento y no huele ni a viejo ni a antiguo: huele a Historia. Son los ejemplares originales de The Washington Post de aquel agosto de 1974 en que el periodismo cambió para siempre. “Nixon Resigns”, titulaba el Post en primera para cerrar el caso más romántico de la prensa contemporánea, uno de los mayores mitos del contrapoder de la prensa libre: la tenaz investigación iniciada dos años antes por dos jóvenes reporteros que rondaban los 30 años, Bob Woodward y Carl Bernstein, destapaba una pestilente operación de sabotaje y espionaje de la Casa Blanca a sus adversarios demócratas y terminaba con la dimisión del presidente de Estados Unidos.

Hace una década compré aquellos ejemplares, por puro fetichismo, a un tipo del Estado de Georgia. Los vendía en eBay por 75 dólares, pero para mí no tenían precio. A los 13 años, había leído La vida de un periodista, de Ben Bradlee, las memorias del hombre que dirigió el Post durante el caso Watergate. Por ese libro me hice periodista. La mitomanía —algo enfermiza, un punto obsesiva— fue creciendo en mí: la fascinación ante la inextricable película Todos los hombres del presidente, el acopio de los grandes libros de la saga, todos los artículos de Post sobre el caso, descargados uno a uno de su web en copiapega sobre un documento de Word y encuadernadas en gusanillo sus 329 páginas. Superman ya no era periodista, vale, pero el mito del Watergate seguía ahí, reluciente y con su venerable pátina de polvo, en una vitrina de la memoria.

Sin embargo, el tiempo, el que amarillea las páginas, ha ido pasando.

En 2001, murió la editora Katharine Graham, dueña del Post y autora de la deliciosa autobiografía Una historia personal, tras caerse en una calle en Idaho un sábado. En 2005, el viejo espía y antiguo número dos del FBI Mark Felt rompió el hechizo de quién era Garganta Profunda. Solo seis personas en todo el mundo sabían que él era el tipo que había filtrado a Woodward la información clave del caso Watergate entre las penumbras nocturnas de un aparcamiento subterráneo. Lo filtró por despecho a Nixon al no haber sido ascendido como sucesor de J. Edgar Hoover al frente del FBI. Y décadas más tarde vendió la exclusiva, por dinero, a Vanity Fair. El Post perdió aquella gran historia, guardada con celo por sus reporteros durante 30 años. La perdió por dinero. Era un síntoma inequívoco del fin del romanticismo. “Sigue el rastro del dinero”, le decía en la película Garganta Profunda a Woodward. Cómo no lo supimos ver.

En 2013, el dueño de Amazon, el magnate Jeff Bezos, compró el Post después de que los Graham lo hubieran dirigido durante cuatro generaciones. Bezos se convirtió en su nuevo editor. Desde que Trump accedió a su segundo mandato, la secuencia ha sido clara: antes de las elecciones, vetó, por primera vez en su historia, que el periódico publicara un editorial de apoyo a uno de los dos candidatos (el Post iba a respaldar a Kamala Harris); luego, en la investidura de Trump, participó como un tecnoligarca más en la corte de invitados del nuevo emperador neroniano del DC; pocas semanas después mandó una orden a la sección de Opinión en la que decía: “Vamos a escribir todos los días apoyando y defendiendo dos pilares: las libertades personales y el libre mercado”. Los otros temas dejaban de importar. Aquellas mordazas le costaron la baja de 250.000 suscriptores. Ahora Bezos ha laminado a un tercio de la plantilla del periódico, su consejero delegado acaba de dimitir, y el venerable Post es la triste metáfora de los nuevos Estados Unidos. También lo es, un poco, de la prensa. De sus viejas vitrinas.

Este otoño, de visita en Chicago, quise rendir homenaje al Chicago Tribune. Me presenté en la Tribune Tower, levantada hace cien años para acoger al gran periódico de la ciudad. Debajo de sus 141 metros de altura, su vestíbulo neogótico era imponente. Un templo laico del periodismo. Inscritas en las paredes aparecen frases solemnes sobre el poder del periodismo. Saqué el móvil y tomé varias fotos. “⁠Nuestra libertad depende de la libertad de prensa, y esta no puede ser limitada sin que la perdamos”, dice en esa pared Thomas Jefferson. “Un periódico es ese control sobre el Gobierno que ninguna Constitución ha podido proporcionar”, dice en otra inscripción Robert R. McCormick, inclasificable editor del Tribune, quien mandó a sus corresponsales traer piedras de los principales monumentos del mundo —hay una de la Alhambra de Granada y otras del Taj Mahal, el Partenón, Notre-Dame, la muralla China, el Kremlin o la pirámide de Keops— para decorar la fachada de su periódico y visibilizar así los valores del propio Tribune respecto a la Historia y al papel de liderazgo de Estados Unidos.

Después de unos minutos embelesado, el conserje levantó la voz y me invitó, con modos rudos, a salir de un espacio como nunca he visto otro. Aquel, me dijo, era un edificio privado. Ya en la calle, me informé y deprimí: el viejo sanctasantórum del periodismo de Chicago era, desde 2018, un complejo de viviendas privadas a cuatro millones de dólares el piso. La Redacción ya estaba lejos de allí. El centro de Chicago no era para la prensa; era para la especulación. Casi enfrente, separadas ambas por el río, se yergue una torre con 423 metros de altura, tres veces más alta que la Tribune Tower: es la Torre Trump de Chicago. Con sus ostentosas y horteras letras en mayúsculas: TRUMP.

Entre los más de 300 periodistas despedidos de The Washington Post está Martin Weil, que trabajaba en la sección de Local desde 1965 y que una noche de junio de 1972 escuchó por el escáner de la policía esta frase: “Puertas abiertas en el Watergate”, el edificio que albergaba el cuartel general del Partido Demócrata. El resto es historia. Weil ha trabajado allí 60 años. Dice que la emoción de firmar en las páginas impresas de The Washington Post nunca perdió su encanto para él. Lo mismo me ocurría a mí cuando, de vez en cuando, sacaba de la funda, con reverencial cuidado, los viejos ejemplares del Post. Pasaba el dedo por las firmas, por los titulares, por la cabecera. Hoy los he sacado de nuevo y me los he acercado a la nariz. A veces la Historia apesta.

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