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Reportaje:EL ÚLTIMO SECRETO DEL 'CASO WATERGATE'

Cómo Mark Felt llegó a ser 'Garganta Profunda'

Uno de los reporteros del 'Post' que investigaron el 'caso Watergate' describe a su confidente clave

En 1970, cuando era teniente en la marina estadounidense y trabajaba en la oficina del almirante Thomas H. Moorer, jefe de operaciones navales, a veces actuaba de mensajero y llevaba documentos a la Casa Blanca. Una noche me enviaron con un paquete al piso inferior del ala oeste de la Casa Blanca, donde había una pequeña sala de espera cerca del gabinete de crisis. La espera a que saliera la persona que debía firmar podía ser muy larga, en ocasiones de una hora o más, y aquel día, cuando llevaba un rato, un hombre alto y de cabello gris, perfectamente peinado, se sentó a mi lado. Vestía traje oscuro, camisa blanca y una corbata discreta. Debía de tener 25 o 30 años más que yo, y llevaba lo que parecía una cartera o un maletín. Tenía un aspecto muy distinguido y un aire trabajado de seguridad, la tranquilidad de alguien acostumbrado a dar órdenes y ser obedecido instantáneamente.

No se conocían presiones y resentimientos entre la Casa Blanca de Nixon y el FBI de Hoover

Felt y yo éramos como dos pasajeros que se sientan al lado en un largo viaje en avión

Me di cuenta de que estaba observando la situación con sumo cuidado. No es que su atención fuera abrumadora, pero no paraba de mover los ojos a un lado y otro, en una especie de vigilancia educada. Al cabo de unos minutos, me presenté. "Teniente Bob Woodward", dije, terminando con un respetuoso "señor".

"Mark Felt", respondió.

Empecé a hablarle de mí, que era mi último año en la Marina y que llevaba unos documentos de la oficina del almirante Moorer. Felt no parecía tener ganas de explicar quién era ni por qué estaba allí.

Era una época de mi vida en la que estaba bastante angustiado, incluso consternado, respecto a mi futuro. Me había graduado en 1965 en Yale, donde había estudiado con una beca del cuerpo de entrenamiento de los oficiales de Marina en la reserva, que exigía que estuviera unos años en la Marina después de acabar la carrera. Después de cuatro años de servicio, me habían añadido un año más debido a la guerra de Vietnam.

Durante ese año que pasé en Washington, dediqué muchas energías a buscar cosas o personas interesantes. Tenía un compañero de universidad que iba a trabajar con el presidente del Tribunal Supremo, Warren E. Burger, y me esforcé en hacerme amigo de él. Con el fin de acallar mi angustia y mi desorientación, asistía a cursos de posgrado en la Universidad George Washington (GW). Uno de ellos era sobre Shakespeare, otro sobre Relaciones Internacionales.

Cuando le mencioné los estudios de posgrado a Felt, se animó inmediatamente y me dijo que él había estudiado Derecho en GW, en horario nocturno, durante los años treinta, antes de entrar -y ésa fue la primera vez que lo mencionó- en el FBI. Mientras estudiaba Derecho, dijo, trabajaba a jornada completa para el senador de su Estado natal, Idaho. Le respondí que había hecho algún trabajo como voluntario en el despacho de mi congresista, John Erlenborn, un republicano del distrito de Wheaton, Illinois, donde me había criado. Así, pues, teníamos dos cosas que nos unían, los estudios de posgrado en GW y el trabajo con representantes elegidos de nuestros respectivos Estados.

Felt y yo éramos como dos pasajeros que se sientan al lado en un largo viaje en avión, sin poder moverse y sin más remedio que resignarse a matar el tiempo. No parecía tener interés en iniciar una larga conversación, pero yo estaba decidido. Por fin conseguí sacarle que era un director adjunto en el FBI, encargado de la división de inspecciones; un puesto importante bajo las órdenes del director J. Edgar Hoover. Dirigía equipos de agentes que examinaban las oficinas de campo del FBI para asegurarse de que seguían las normas y cumplían las órdenes. Más tarde me enteré de que les llamaban "la patrulla de los matones".

Tenía delante a alguien que estaba en el corazón del mundo secreto que, desde mi destino en la Marina, sólo podía atisbar, así que le asalté con preguntas sobre su trabajo y su mundo. Cuando pienso ahora en aquel encuentro casual pero crucial -uno de los más importantes de mi vida-, veo que mis rollos debían de resultar bastante adolescentes. Como él no decía gran cosa sobre sí mismo, convertí la charla en una sesión de orientación profesional. Me mostré respetuoso, pero debía de parecer muy ansioso. Él estuvo amable y con un interés que tenía algo de paternal. No obstante, la impresión que se me quedó más grabada fue la de sus maneras, distantes pero formales, un producto muy típico del FBI de Hoover. Le pedí su número de teléfono y me dio el de la línea directa con su despacho.

Creo que sólo le vi una vez más en la Casa Blanca. Pero ya había echado el anzuelo. Iba a ser una de las personas a las que consultar detenidamente sobre mi futuro, que se avecinaba amenazador a medida que se aproximaba mi fecha para dejar la Marina. En algún momento le llamé, primero al FBI y luego a su casa de Virginia. Estaba un poco desesperado y estoy seguro de que le abrí mi corazón. Había pedido la admisión en varias facultades de Derecho para el otoño siguiente, pero, a los 27 años, me preguntaba si iba a ser verdaderamente capaz de pasar tres años más de carrera antes de empezar a trabajar.

Felt se mostró comprensivo con mis preguntas de alma perdida. Dijo que, después de acabar Derecho, su primer trabajo había sido en la Comisión Federal de Comercio. Su primer deber fue decidir si el papel higiénico de la marca RedCross hacía competencia desleal porque la gente podía pensar que estaba patrocinado o aprobado por la Cruz Roja. La Comisión era un ejemplo típico de burocracia federal -lenta y pesada-, y Felt la odió. Antes de un año, ya había solicitado la entrada en el FBI, donde le aceptaron. Derecho abría más puertas que cualquier otra carrera, parecía decirme, pero no convenía quedarse atrapado en el equivalente a una investigación sobre papel higiénico.

En agosto de 1970 me licenciaron formalmente de la Marina. Estaba suscrito a The Washington Post y sabía que el director era un periodista pintoresco y obstinado llamado Ben Bradlee. Su cobertura informativa tenía un toque duro e incisivo que me gustaba; parecía apropiado para la época, la sensación general de que el mundo era mucho más que una facultad de Derecho. Quizá podía dedicarme al periodismo.

Durante mi enloquecida búsqueda de futuro, había enviado una carta al Post en la que pedía trabajo como reportero. Por algún motivo -no recuerdo exactamente cómo-, Harry Rosenfeld, el redactor jefe de local, aceptó verme. Me miró a través de sus gafas con cierta confusión. ¿Por qué, me preguntó, quería ser reportero? No tenía ninguna experiencia. Ninguna. ¿Por qué, dijo, iba a querer contratar The Washington Post a una persona sin nada de experiencia? Pero era tal locura, concluyó, que había que intentarlo. Me iban a dar dos semanas de prueba.

Dos semanas después, había escrito una docena de reportajes o trozos de reportajes. No habían publicado ni pensado publicar ninguno. Ni siquiera los habían editado.

No sabes hacer este trabajo, dijo Rosenfeld al poner un piadoso fin a mis dos semanas. Sin embargo, me fui de la redacción más cautivado que nunca. Aunque no había superado mi prueba -había sido un fracaso espectacular-, me di cuenta de que había encontrado algo que me apasionaba. La sensación de inmediatez en el periódico me pareció abrumadora, y entré a trabajar en el Montgomery Sentinel, donde Rosenfeld dijo que podía aprender a ser reportero. Le dije a mi padre que no iba a estudiar Derecho y que iba a empezar a trabajar, con un sueldo semanal de unos 115 dólares, como reportero para un periódico semanal en Maryland.

"Estás loco", respondió mi padre, una de las pocas veces que se permitió juzgar mis decisiones.

Llamé asimismo a Mark Felt, que, de manera más suave, indicó que a él también le parecía aquello una locura. Me dijo que, en su opinión, los periódicos eran demasiado superficiales y demasiado apresurados. Los periódicos no se preocupaban por el detalle y rara vez llegaban al fondo de las cuestiones.

Le contesté que yo estaba encantado. A lo mejor me podía suministrar alguna historia. Recuerdo que no me respondió.

Durante el año que pasé en el Sentinel, me mantuve en contacto con Felt mediante llamadas telefónicas a su oficina y a su casa. Nos fuimos haciendo amigos, por así decir. Él era mi mentor, se encargaba de que no cayera en investigaciones sobre papel higiénico, y yo le pedía consejo sin parar. Un fin de semana fui a visitarle a su casa de Virginia y conocí a su mujer, Audrey.

Para mi asombro, Felt admiraba a J. Edgar Hoover. Le gustaba su orden y su forma de dirigir la organización con normas estrictas y un puño de hierro. Valoraba que Hoover llegara a su despacho todas las mañanas a las 6.30 y que todo el mundo supiera a qué atenerse. La Casa Blanca de Nixon era otra cosa, decía Felt. Las presiones políticas eran inmensas, me dijo, sin especificar. Creo que utilizó las palabras corrupto y siniestro. Hoover, Felt y la vieja guardia eran el muro que protegía al FBI.

En sus memorias, The FBI Pyramid: From the Inside

[La pirámide del FBI, desde el interior], que no recibió prácticamente ninguna atención cuando se publicaron en 1979 -cinco años después de la dimisión de Richard M. Nixon-, Felt hablaba con indignación del "conciliábulo entre la Casa Blanca y el Departamento de Justicia".

En aquel momento, antes del Watergate, no había conocimiento público de las maniobras, las presiones y los resentimientos existentes entre la Casa Blanca de Nixon y el FBI de Hoover. Posteriormente, las investigaciones sobre el Watergate revelaron que, en 1970, un joven asesor de la Casa Blanca llamado Tom Charles Huston había elaborado un plan para autorizar a la CIA, el FBI y los servicios militares de inteligencia a intensificar la vigilancia electrónica de "las amenazas internas contra la seguridad", permitir la apertura ilegal de correo y eliminar las restricciones a las incursiones furtivas para obtener informaciones.

Huston advertía, en un memorándum secreto, que el plan era "claramente ilegal". Sin embargo, al principio Nixon lo aprobó. Hoover se opuso drásticamente porque las escuchas, la apertura de cartas y las entradas en hogares y despachos de posibles peligros internos para la seguridad eran propiedad del FBI, y no quería competencia. Cuatro días después, Nixon rescindió el plan de Huston.

Felt, un hombre mucho más culto de lo que muchos creían, escribió posteriormente que, en su opinión, Huston era "una especie de gauleiter de la Casa Blanca encargado de vigilar a los servicios de inteligencia". La palabra gauleiter no está en casi ningún diccionario, pero en el grueso Diccionario Enciclopédico Webster de la Lengua Inglesa se define como "líder o funcionario principal de un distrito político bajo dominio nazi".

Es evidente que, para Felt, los miembros del equipo de Nixon eran nazis. Durante aquel periodo, por ejemplo, tuvo que detener los trabajos de otros miembros del FBI para "identificar a todos los miembros de todas las comunas hippies" del área de Los Ángeles, o para abrir expediente a todos los miembros de Estudiantes por Una Sociedad Democrática.

Ninguna de estas cosas salía directamente a relucir en nuestras conversaciones, pero estaba claro que sufría muchas presiones y que la amenaza contra la integridad y la independencia del FBI era real y parecía preocuparle más que ninguna otra cosa.

El 1 de julio de 1971 -aproximadamente un año antes de la muerte de Hoover y la entrada en el Watergate-, Hoover ascendió a Felt al puesto número tres del FBI. Aunque el compañero de Hoover, Clyde Tolson, era técnicamente el número dos, estaba enfermo y muchos días no iba a trabajar, por lo que no controlaba en absoluto las operaciones. De modo que mi amigo pasó a ser el responsable cotidiano de todo lo que ocurría en el FBI, siempre que mantuviera informados a Hoover y Tolson o pidiera a Hoover su aprobación en asuntos estratégicos.

En agosto, un año después de mi prueba fracasada, Rosenfeld decidió contratarme. Empecé a trabajar en el Post al mes siguiente.

Aunque mi nuevo empleo me mantenía ocupado, seguía llamando a Felt de vez en cuando. Conmigo hablaba con relativa libertad, pero insistía en que él, el FBI y el Departamento de Justicia tenían que quedar al margen de cualquier cosa que yo pudiera utilizar o pasar a otros. Eran normas que me repetía en tono estricto y una voz insistente y sonora. Se lo prometí, y me dijo que era fundamental que tuviera mucho cuidado. Y la única forma de garantizarlo era no decir a nadie que nos conocíamos, ni que hablábamos, ni que yo tenía un contacto en el FBI. A nadie.

En la primavera me dijo de forma confidencial que el FBI tenía ciertas informaciones de que el vicepresidente Spiro T. Agnew había recibido un soborno de 2.500 dólares en efectivo y que los había metido en el cajón de su mesa. Se lo dije a Richard Cohen, el principal reportero del Post en cuestiones relacionadas con Maryland, sin identificar a la fuente. Cohen dijo, como más tarde escribió en su libro sobre el caso Agnew, que le parecía "ridículo". Otro reportero del periódico y yo pasamos un día entero buscando en Baltimore a la persona que supuestamente estaba al tanto del soborno. No conseguimos nada. Dos años más tarde, la investigación sobre Agnew reveló que el vicepresidente había recibido aquel soborno en su despacho.

Hacia las 9.45 de la mañana del 2 de mayo de 1972, Felt estaba en su despacho del FBI cuando un director adjunto fue a decirle que Hoover había fallecido en su casa. Felt se quedó helado. A efectos prácticos, era el siguiente en la cola para hacerse cargo de la oficina.

Sin embargo, pronto iba a sufrir una tremenda decepción. Nixon designó a L. Patrick Gray III como director en funciones. Gray era un fiel colaborador de Nixon desde hacía muchos años. Había dimitido de la Marina en 1960 para trabajar en su candidatura durante las elecciones presidenciales en las que Nixon perdió frente a John F. Kennedy.

Me di cuenta de que Felt estaba destrozado, pero puso buena cara. "Si hubiera sido más inteligente, me habría jubilado", escribió.

El 15 de mayo, cuando todavía no hacía dos semanas que había muerto Hoover, un pistolero en solitario disparó contra el gobernador de Alabama, George C. Wallace, que se encontraba en plena campaña para la presidencia, en un centro comercial. Las heridas eran graves, pero Wallace sobrevivió.

Wallace tenía muchos seguidores en el Sur, una base cada vez más importante para Nixon. Cuatro años antes, en 1968, la candidatura independiente del gobernador podía haberle costado a Nixon la elección, y el presidente había decidido vigilar con suma atención todos sus movimientos durante la campaña de 1972.

Esa noche, Nixon llamó a Felt -no a Gray, que estaba de viaje- para que le pusiera al corriente. Era la primera vez que Felt hablaba directamente con él. Le dijo que Arthur H. Bremer, el presunto asesino, estaba detenido pero en el hospital, porque los que le habían capturado le habían vapuleado y dejado varios cardenales.

"¡Qué lástima que no le hayan dado una paliza de verdad al hijo de puta!", respondió Nixon.

A Felt le ofendió que el presidente hiciera un comentario semejante. Nixon estaba tan agitado y preocupado, tan ansioso de solucionar el atentado, que dijo que quería que Felt le informara de todo cada 30 minutos, de cualquier dato que se descubriera.

En días sucesivos llamé varias veces a Felt y él, con mucha precaución, me dio varios detalles relacionados con nuestros intentos de averiguar más cosas sobre Bremer. Se descubrió que había seguido a otros candidatos, y fui a Nueva York a seguir la pista. De ahí salieron varios reportajes de portada sobre los viajes de Bremer, y el resultado fue la imagen de un loco que no tenía especial interés en Wallace sino que quería disparar a cualquier candidato presidencial. El 18 de mayo publiqué un artículo en primera página que decía, entre otras cosas, que "altos funcionarios federales que han estudiado los resultados de las investigaciones del atentado contra Wallace dijeron ayer que no existe ninguna prueba de que Bremer sea un asesino a sueldo". Un poco osado por mi parte. Aunque técnicamente estaba protegiendo mi fuente y hablé con otros además de con Felt, no oculté bien de dónde procedía la información. Felt me regañó ligeramente. Pero la información de que Bremer había actuado por su cuenta, sin cómplices, era una historia que tanto la Casa Blanca como el FBI querían ver publicada.

Un mes después, el sábado 17 de junio, el supervisor de noche del FBI llamó a Felt. Cinco hombres vestidos de traje, con billetes de 100 dólares en los bolsillos y con equipos de escucha y fotografía, habían sido detenidos dentro del cuartel general de los Demócratas, en el edificio de oficinas Watergate, hacia las 2.30 de la mañana.

A las 8.30, Felt estaba en su despacho del FBI y buscaba más detalles. Más o menos a esa misma hora, el redactor de local del Post me despertó y me pidió que fuera a cubrir un robo un poco raro.

El primer párrafo del reportaje que se publicó al día siguiente en la primera página del Post decía: "Cinco hombres, uno de los cuales es, al parecer, un antiguo empleado de la Agencia Central de Inteligencia, fueron detenidos a las 2.30 de la mañana de ayer en lo que, según las autoridades, era un complejo plan para colocar micrófonos en las oficinas del Comité Nacional Demócrata".

Al día siguiente, Carl Bernstein y yo escribimos nuestro primer artículo conjunto, en el que identificábamos a uno de los ladrones, James W. McCord, hijo, como el coordinador de seguridad en el comité para la reelección de Nixon. El lunes me puse a trabajar sobre E. Howard Hunt, cuyo número de teléfono había aparecido en las libretas de dos de los ladrones, con una pequeña anotación que decía "Casa Blanca" junto a su nombre.

Era el momento en el que disponer de una fuente o un amigo en los organismos de investigación del Gobierno tenía un valor incalculable. Llamé a Felt al FBI y conseguí que su secretaria me pusiera con él. Aquella fue la primera vez que hablamos del Watergate. Me recordó que no le gustaba nada que le llamara al despacho pero dijo que el caso del robo en el Watergate iba a "caldearse" por razones que no podía explicar. Luego colgó bruscamente. Me dijeron que intentara seguir al día siguiente con la historia de las escuchas en el Watergate, pero no estaba seguro de contar con nada. Carl tenía el día libre. Descolgué el teléfono, marqué 456-1414 -la Casa Blanca- y pedí que me pusieran con Howard Hunt. No había nadie, pero la operadora me dijo, muy amable, que tal vez estaba en el despacho de Charles W. Colson, asesor especial de Nixon. La secretaria de Colson dijo que Hunt no se encontraba allí en ese momento pero que podía estar en una empresa de relaciones públicas en la que trabajaba como escritor. Llamé, conseguí hablar con Hunt y le pregunté por qué figuraba su nombre en las libretas de dos de los ladrones del Watergate.

"¡Por Dios!", gritó Hunt antes de colgar de golpe. Llamé al presidente de la empresa de relaciones públicas, Robert F. Bennett, que hoy es senador republicano por Utah. "Supongo que no es ningún secreto que Howard trabajó en la CIA", me dijo.

Para mí sí era un secreto, y un portavoz de la CIA confirmó que Hunt había trabajado en la agencia entre 1949 y 1970. Volví a llamar a Felt al FBI. Colson, Casa Blanca, CIA, le dije. ¿Qué era todo aquello? Cualquiera podía tener el nombre de una persona en su agenda. No quería atribuir culpas sólo por asociación.

Felt parecía nervioso. Me dijo extraoficialmente -es decir, que no podía utilizar la información- que Hunt era uno de los principales sospechosos en el robo del Watergate por motivos que iban más allá de las libretas de teléfonos. Por tanto, hablar en mi reportaje de que había una conexión no tenía por qué ser injusto.

En julio, Carl fue a Miami, lugar de residencia de cuatro de los ladrones, tras la pista del dinero, y se las arregló para localizar a un fiscal y su investigador jefe que tenían copias de unos cheques mexicanos por valor de 89.000 dólares y un cheque por valor de 25.000 dólares que se habían ingresado en la cuenta de Bernard L. Barker, uno de los ladrones. Pudimos averiguar que el cheque de 25.000 dólares era dinero para la campaña que le habían dado a Maurice H. Stans, el responsable de recaudar fondos en el equipo de Nixon, durante una partida de golf en Florida. El reportaje publicado el 1 de agosto fue el primero en establecer un nexo directo entre la campaña de Nixon y el Watergate.

Intenté llamar a Felt, pero no cogía el teléfono. Una noche me presenté en su casa de Fairfax. Era una casa típica de barrio residencial, con todo en su sitio. Su actitud me puso nervioso. Me dijo que no volviera a llamarle ni fuera a su casa, nada a la luz.

Por aquel entonces yo no sabía que, en su primera etapa en el FBI, durante la II Guerra Mundial, Felt había estado destinado a espionaje. En aquel puesto aprendió mucho sobre el espionaje alemán y, después estuvo un tiempo supervisando la vigilancia de los sospechosos de ser agentes soviéticos.

Aquel verano, en su casa de Virginia, Felt dijo que si necesitábamos hablar tendría que ser cara a cara y sin que nadie nos viera. Respondí que me parecía bien lo que fuera. Nos hacía falta un sistema de avisos planeado con antelación, un cambio que ninguna otra persona pudiera notar o pensar que tuviera ningún significado. Yo no sabía de qué me hablaba.

Si tienes las cortinas de tu piso cerradas, ábrelas y eso será la señal, me dijo. Puedo comprobarlo cada día y, si están abiertas, vernos esa noche en algún sitio. Le expliqué que, a veces, me gustaba que entrara la luz. Necesitábamos otra señal, continuó, y él podía mirar mi apartamento periódicamente. Nunca me explicó cómo.

Un poco agobiado, le dije que tenía una bandera roja de menos de 30 centímetros -de ésas que indican una carga más larga de lo normal en los camiones- que una novia mía había colocado en una maceta vacía en el balcón.

Felt y no decidimos que, si necesitaba verme con él urgentemente, movería la maceta con la bandera, que solía estar en la parte delantera, cerca de la barandilla, a la parte posterior del balcón. Me dijo, muy serio, que tenía que ser importante y ocasional. La señal significaría que nos veríamos esa misma noche, hacia las 2 de la mañana, en la planta inferior de un aparcamiento subterráneo al otro lado del Key Bridge, en Rosslyn.

Me dijo que debía tomar estrictas medidas para evitar que me siguieran. ¿Cómo salía de mi piso?Andando por el pasillo hasta el ascensor.

"¿Que te lleva al vestíbulo?", preguntó. "Sí".

"¿Tenía escaleras posteriores mi edificio?" "Sí".

"Cuando vayas a verme, úsalas. ¿Salen a un callejón?" "Sí".

"Sal por el callejón. No uses tu coche. Para un taxi a varias manzanas, delante de un hotel en el que haya taxis después de medianoche, bájate y anda un trozo para coger un segundo taxi que te lleve a Rosslyn. No bajes en el aparcamiento. Camina las últimas manzanas. Si te siguen, no bajes al aparcamiento. Si no apareces, lo comprenderé". La clave estaba en salir con tiempo suficiente. Una o dos horas. Sé paciente. Confía en la cita. No había lugar ni cita de seguridad. Si no aparecíamos, no había entrevista.

Felt me dijo que, si tenía algo para mí, podía hacerme llegar un mensaje. Me preguntó mis costumbres diarias, qué me traían al piso, al buzón, etcétera. El Post me lo dejaban delante de la puerta. Estaba suscrito al The New York Times. Varias personas de mi edificio, cercano a Dupont Circle, recibían el Times. Dejaban los ejemplares en el vestíbulo, cada uno con el número del apartamento. El mío era el 617, escrito con rotulador. Felt dijo que, si había algo importante, podía utilizar mi New York Times; nunca supe cómo. Haría un círculo en la página 20, y en la parte inferior de la página habría un reloj con las manecillas indicando la hora a la que debíamos vernos esa noche, seguramente las 2 de la mañana, en el aparcamiento.

La relación tenía que ser de absoluta confianza: no podía discutir ni compartir aquello con nadie.

Para mí sigue siendo un misterio cómo podía vigilar a diario mi balcón. En aquellos tiempos, la parte posterior del edificio no estaba cercada, así que cualquiera podía ver el balcón. Además, daba a un patio compartido con otros edificios de viviendas y oficinas. Seguramente se podía ver mi apartamento desde otros muchos.

En la zona había varias embajadas. La de Irak estaba en la misma calle, y pensé que tal vez el FBI tenía puestos de vigilancia en las proximidades. ¿Es posible que Felt ordenara a los agentes de contraespionaje que le informaran periódicamente sobre la posición de mi maceta y mi bandera? Parece poco probable, por no decir imposible.

En el curso de ésta y otras discusiones, siempre le pedí disculpas por molestarle tanto, pero le explicaba que no teníamos a nadie más a quien acudir. Carl y yo habíamos conseguido una lista de los que habían trabajado en el comité para la reelección de Nixon y salíamos muchas noches a visitar a esas personas en sus casas para intentar entrevistarles. Le expliqué que muchos nos daban con la puerta en las narices. Muchos nos miraban con miedo. Me sentía frustrado.

Felt decía que no me preocupase por molestarle. Había sido agente de a pie y sabía lo que era entrevistar a la gente. El FBI, como la prensa, dependía de la cooperación voluntaria. La mayoría quería ayudar, pero el FBI también conocía el rechazo. Tal vez toleraba mi insistencia porque él había sido así cuando era joven; así había conseguido llegar a hablar con Hoover para explicarle su ambición de ser agente especial del FBI. Lo que me decía era poco habitual, me estaba animando a que le diera la lata. Con una historia tan atractiva, compleja, competitiva y dinámica como el caso Watergate, no había tiempo ni ganas de reflexionar sobre los motivos de nuestras fuentes. Lo importante era si podíamos contrastar la información y si resultaba cierta. Nadábamos, vivíamos en unas aguas que bajaban a toda velocidad. No había tiempo para preguntarse por qué contaban cosas o si tenían cuentas que saldar.

Yo estaba agradecido por cualquier mínimo dato, confirmación o ayuda que podía darme Felt, mientras Carl y yo intentábamos comprender el monstruo de mil cabezas que era el Watergate. Dada su posición, sus palabras y orientaciones estaban revestidas de una autoridad inmensa, a veces abrumadora. El peso, la veracidad y la discreción eran más importantes que su propósito, si es que lo tenía.

Sólo después de la dimisión de Nixon empecé a preguntarme por qué había hablado Felt, cuando claramente suponía riesgos para él y para le FBI. Si le hubieran denunciado entonces, desde luego no se le habría considerado ningún héroe. Técnicamente, era ilegal hablar sobre algo que estaba sometido al gran jurado o sobre expedientes del FBI; por lo menos, habrían podido hacer que pareciera ilegal.

Felt pensaba que estaba protegiendo al FBI al sacar a la luz, aunque fuera de forma clandestina, parte de la información que figuraba en sus entrevistas y sus archivos, y que así ayudaba a crear una presión para que Nixon y su gente rindieran cuentas. Despreciaba la Casa Blanca de Nixon y sus esfuerzos por manipular el FBI con fines políticos. El entusiasta grupo de jóvenes de la Casa Blanca, simbolizado en John W. Dean III, le resultaba odioso. Su veneración por Hoover y las normas estrictas del FBI hacían que le hubiera sorprendido más aún el nombramiento de Gray. Él se consideraba el sucesor lógico de Hoover.

Y, junto a todo esto, al antiguo cazador de espías de la II Guerra Mundial le gustaba el juego. Tengo la sospecha de que, en su cabeza, yo era su agente. Me lo machacaba: secreto por encima de todo, no hablar a lo tonto, no hablar de él con nadie, no indicar a nadie que existía una fuente secreta.

En nuestro libro All the President's Men [Todos los hombres del presidente], Carl y yo contábamos cómo habíamos especulado sobre Garganta Profunda y su manera poco sistemática de suministrar información. Quizá lo hizo para reducir riesgos. O quizá porque uno o dos reportajes, por muy destructivos que fueran, eran algo que la Casa Blanca podía haber suavizado. Quizá lo hizo para dar más interés al juego. Probablemente, era nuestra conclusión, "Garganta Profunda intentaba proteger al FBI, conseguir que su comportamiento cambiase antes de que fuera demasiado tarde". Cada vez que le planteé la cuestión a Felt, me dio la misma respuesta: "Tengo que hacerlo a mi manera".

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de junio de 2005