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COLUMNA

Los relatos de Bukele

El presidente quiere presentarse como salvador de su país mientras camina hacia la dictadura

En un pequeño país de Centroamérica, El Salvador, ha surgido en los últimos años un modelo de autócrata que encarna las peores derivas de este primer cuarto del siglo XXI. Se llama Nayib Armando Bukele Ortez. Ya lo conocen en el mundo entero, y seguro que son muy pocos los que saben dónde está el país que gobierna, ni su historia, ni las terribles circunstancias en las que vive su gente. Bukele, experto publicista, es un verdadero maestro en las redes sociales y ha sabido construir ahí el mito de una suerte de salvador ante el que muchos se rinden como si realmente lo fuera. En esta gran fábula que lleva confeccionando desde antes de que conquistara el poder en 2019 en unas elecciones legítimas mezcla tres mitos donde él es el guerrero que lucha contra el mal, el elegido por Dios para conducir a su pueblo, el constructor de un futuro dorado. El periodista Óscar Martínez cuenta en Bukele, el rey desnudo (Anagrama) que a los salvadoreños les iba tan mal que “estaban ansiosos por creer” cuando se postuló como presidente y, tras describir su toma de posesión para su segundo mandato el 1 de junio de 2024, esta vez sin ninguna legitimidad porque la Constitución de El Salvador prohíbe hasta en cuatro artículos la reelección, describe lo que ocurrió entonces como “una escena religiosa, no cívica”.

Óscar Martínez es jefe de Redacción de Elfaro.net, una publicación donde ha ido revelando las artimañas y los despropósitos de Bukele, y ha sido obligado a exiliarse. Su libro, de un centenar de páginas, tiene un aire de urgencia por mostrar, con argumentos intachables, cómo ese presunto salvador es en realidad un dictador cruel y sin escrúpulos, una suerte de iluminado que se compara con Alejandro Magno y que se esfuerza en interpretar ante unas masas enfervorizadas que su mandato le llega directamente del Señor. La imagen que lo hizo célebre habla del guerrero contra el mal, y es la de la megacárcel en la que ha confinado, y humillado, a miles de pandilleros, los terribles miembros de las maras, con sus cuerpos tatuados y sus actitudes arrogantes por fin domesticadas. Bukele consiguió acabar con ese veneno que estaba destruyendo a la sociedad de El Salvador, ha sido su gran victoria. La cuestión es conocer a qué precio; manda, además, un mensaje a las democracias que, ante problemas semejantes, no han conseguido articular dentro de un Estado de derecho respuestas contundentes y eficaces.

Bukele explicó sus maneras, y Martínez las recoge: “En 2021, ustedes nos dieron mayoría calificada en la Asamblea Legislativa”, dijo, “con lo que conseguimos, el pueblo con sus representantes, sacar a la Sala de lo Constitucional anterior, sacar al fiscal anterior, aprobar el Plan Control Territorial y, en marzo de 2022, aprobar el régimen de excepción”. Es decir, controlar todos los resortes del poder, liquidar cualquier disidencia y otorgarle a Bukele la capacidad de decidir “quién es malo, deshonrado, marero, criminal en el Salvador”.

Los otros dos relatos solo apuntalan el anterior. El de constructor de un futuro radiante lo armó de la mano del bitcoin y quiso convertir a su país en la vanguardia de una modernidad heterodoxa. Que todo saliera mal importa poco; le sirvió para venderse como un gobernante visionario. Queda el mito de ser el encargado por Dios para conducir a su pueblo. “Magnánimo”, dice Martínez, “con barba perfecta, cabello negro azabache cubriéndole todo el cráneo” y una levita negra y con ribetes dorados. ¿Es que alguien puede dudar de que esas trazas le vienen sugeridas desde las alturas?

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