tribuna
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Puigdemont recupera la iniciativa

Con la victoria del ‘no’ en el voto interno se difumina el espejismo de quienes querían creer que Junts aún tenía algo que ver con el posibilismo de Pujol

Laura Borràs y Jordi Turull, el viernes en su comparecencia en Barcelona tras la votación de la militancia de Junts.
Laura Borràs y Jordi Turull, el viernes en su comparecencia en Barcelona tras la votación de la militancia de Junts.Gianluca Battista

La crisis del Govern en Cataluña no es el resultado de las inconsistencias y de la fatiga del proyecto independentista. Estas siempre estuvieron presentes, pero eran compensadas por un electorado tan diverso internamente como fiel (el procés nunca alteró el equilibrio entre bloques de identidad que se mantienen en Cataluña desde hace décadas) y por un sistema electoral que favorece su predominio parlamentario (¡antes habrá independencia que modificación de esa regla provisional desde 1980!).

Tampoco es el producto de las discrepancias programáticas entre ERC y Junts per Catalunya. Aunque muchos insisten en ello, lo cierto es que las últimas dos décadas fueron más bien un proceso de emparejamiento progresivo entre ambos espacios políticos, hasta el punto de que en las elecciones de febrero de 2021 arrojaron el mayor nivel de solapamiento entre los electorados de ambas fuerzas: en realidad, con la deriva antisistema de muchos líderes de Junts y la acumulación de pragmatismo en ERC, las dos fuerzas han acabado compitiendo por un votante bastante parecido.

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La crisis política catalana surge de los problemas de Junts para dilucidar qué es, quién debe liderarla y cómo contrarrestar el ascenso de ERC. Son los dilemas que el pospujolismo no ha sabido responder desde que perdió la Generalitat a manos de la izquierda encabezada por Pasqual Maragall. En aquella primera legislatura del tripartito, CiU reventó la sobrepuja en la reforma del autogobierno. Después abrazó el soberanismo para desbordar el Estatut. En 2012, cuando contaba con 62 escaños, apostó por la autodeterminación para tapar la austeridad. Ninguno de esos saltos adelante le devolvieron el brillo del pasado. Más bien al contrario: fue reduciendo el perímetro social y político de sus bases, y acabó alentando una nueva generación de independentistas sin ansias inmediatas de gobierno y con un espíritu antipolítico que esta semana ha acabado de desplazar el pragmatismo convergente que quedaba en pie.

Con la victoria del no en el voto interno por un margen claro, y con una participación muy alta, se difumina el espejismo de quienes querían creer que Junts aún tenía algo que ver con el posibilismo de Jordi Pujol, y de que consejeros como Victoria Alsina o Jaume Giró podían recuperarlo. Junts es hoy el partido-movimiento de Puigdemont, quien ahora logra recuperar la iniciativa (tras perderla en los pasos iniciales debido a la lejanía de Bruselas), a fin de alinear, de nuevo, la política catalana con la conveniencia de su calendario.

En las cruciales elecciones municipales del próximo mayo, Puigdemont corría el riesgo de que los sectores pragmáticos de Junts se hicieran con los restos (en disputa con ERC) del poder nacionalista territorial. Ahora podrá imprimir un nuevo giro en el debate electoral, que lo aleje de las cuestiones locales y de los temas sociales, algo que siempre perjudicó al independentismo más exaltado. Más importante aún, Puigdemont tratará de alterar el camino hasta las próximas elecciones generales, desafiando la política de pacificación de Oriol Junqueras y Pere Aragonés (y su mesa de diálogo), y desestabilizando la minoría gubernamental de Pedro Sánchez.

Queda el interrogante de cómo piensa Junts per Catalunya resolver estos calendarios electorales renunciando a puestos de poder e influencia gubernamental. Quizá la respuesta venga de la mano del calendario judicial que marca la vida política y personal del expresident catalán desde hace cinco años. En pocas semanas, cabe esperar la respuesta del Tribunal de Justicia de la Unión Europea a la cuestión prejudicial elevada por el juez Pablo Llarena. Si se confirman los criterios avanzados por el abogado general el pasado julio, se abriría la puerta a que, esta vez sí, la justicia belga entregara a los políticos independentistas. ¿Buscan los de Puigdemont afrontar ese desenlace sin las ataduras institucionales de ser el socio menor de un Ejecutivo que no controlan? ¿Podría él mismo acelerar los tiempos regresando antes de hora y poniendo contra las cuerdas a quienes, desde Barcelona y Madrid, han tratado de enterrarlo en el ostracismo de Waterloo? Como apunta el politólogo Benjamin Moffit (The global rise of populism), los nuevos líderes emergentes que se apoyan exclusivamente sobre la apelación al pueblo necesitan ofrecer excepcionalidad continua. De lo contrario, la rutina de lo institucional los acaba sepultando. Puigdemont consigue su última oportunidad.

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