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Un Brasil harto de sí mismo

El país que crecía más del 7,5% y nadaba en el optimismo se enfrenta a una crisis económica, política e institucional sin precedentes

A la derecha, Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, durante la celebración del Mundial de Fútbol en Río en 2014.
A la derecha, Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, durante la celebración del Mundial de Fútbol en Río en 2014. apf / getty images

Rodrigo Alexandre da Silva bajó esa tarde lluviosa, la del 17 de septiembre, a esperar a su mujer y sus dos hijos pequeños a la parada del autobús en una favela de Río de Janeiro. Llevaba un móvil, una mochilita para cargar a uno de los niños y un paraguas negro enrollado. Mientras estaba allí, dicen los vecinos, un policía que confundió el paraguas con un fusil lo mató de una ráfaga de ametralladora. La noticia conmocionó a una nación atragantada ya de malas noticias, harta de sí misma.

Quince días antes, también en Río, había ardido el Museo Nacional, convirtiendo en cenizas el pasado de un país que algún optimista llamó alguna vez el del futuro. Contemplando las llamas devorar el palacio con su descomunal poder simbólico, era imposible no pensar que aquello no constituía una metáfora o un espejo.

El favorito en las encuestas para las próximas elecciones generales es un exmilitar fascista llamado Jair Bolsonaro que ampara la tortura y que en una entrevista a este periódico declaró sin que se le moviera el flequillo que los homosexuales son fruto del consumo de drogas. Desde que el 6 de septiembre recibiera una puñalada en el costado propinada por un desequilibrado, hace campaña en el hospital, lo que le favorece porque no tiene que comparecer en los debates de la televisión. Paralelamente, quien llegó a ser el presidente más querido de la historia de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, languidece en una celda acusado de aprovecharse de su influencia para disfrutar de un apartamento de tres pisos en la playa, pagado por una constructora corrupta.

El PIB no crece. El paro lleva subiendo desde 2013. La violencia en los barrios escala. Enfrentado a una crisis política e institucional que roe todo el Estado, Brasil no recuerda en nada a aquel país que más de una década atrás crecía al 7,5%, arrebataba a Madrid y París la candidatura de los Juegos Olímpicos, y pedía paso —­con Lula como artífice y estandarte— en los salones internacionales. Cuando la selección alemana le zurró a la brasileña 7 a 1 en la semifinal del Mundial de 2014, los brasileños vieron la paliza como otra imagen en el espejo y no como un partido de fútbol.

“Bolsonaro es el voto de desesperación de gente cuya vida ha empeorado mucho”, afirma una politóloga

Los politólogos Renato Meirelles y Rosana Pinheiro-Machado coinciden con otros muchos expertos en situar el origen de esta cuesta abajo —de la que aún no se ve el final— en junio de 2013, cuando una oleada de manifestaciones, alimentadas sobre todo por clases medias urbanas, tomaron las calles para protestar por la falta de servicios públicos y la corrupción. Ya entonces gobernaba Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT), elegida en 2011. Aquello fue la primera señal de que algo empezaba a no ir bien.

El crecimiento económico de los dos mandatos precedentes (2003-2011) de Lula, también del PT, se basó principalmente en dos factores: un venturoso ciclo de las exportaciones de materias primas, sobre todo a China, y un aumento del consumo interior incentivado desde el Estado. La rueda giraba y giraba y beneficiaba tanto a ricos como a pobres. Lula consiguió que más de 30 millones de brasileños salieran de la pobreza, cotizaran, pagaran impuestos, tuvieran vacaciones, y disfrutaran de un seguro de desempleo.

Fue un logro enorme e inédito en un país de 208 millones de habitantes lastrado por una desigualdad endémica que se percibe cada día: en la ciudad de São Paulo hay quien tarda en llegar al trabajo tres horas, tras cambiar varias veces de autobús, y quien salva los atascos yendo de un lado a otro en helicóptero privado.

Las protestas de 2013 comenzaron a polarizar el país y debilitaron a Rousseff. En las elecciones del año siguiente consiguió ser reelegida, pero por un puñado de papeletas, en la votación presidencial más reñida de la historia del país, un 51,6% contra un 48,4%. Así, la mitad de la población menos uno se desilusionó, hastiada de los 14 años del PT. La otra mitad quedó a la expectativa, cada vez con más miedo a la crisis que se avecinaba.

El declive se aceleró cuando esa crisis económica alcanzó de lleno al país, con un frenazo brusco de las exportaciones y un parón en el consumo. En 2015 la economía se contrajo un 3,8%. En 2016, un 3,6%. Los años en que los barrios de las afueras se llenaban de lavadoras y televisores acabaron. Los ricos dejaron de ganar tanto. Los pobres perdieron todo. El paro comenzó a subir año a año. En 2014, del 6,8%; en 2015, del 8,5%; en 2016, del 11,5%; en 2017, del 12,7%. Rousseff no encontró la tecla, atrapada entre un ministro de Economía liberal, Joaquim Levy, que le aconsejaba tirar de recortes y ortodoxia, y un partido que le pedía que forzara la atascada rueda mágica para que volviera a girar. Al tiempo, una macrooperación policial que arrancó al espiar a un timador de poca monta que lavaba dólares y frecuentaba una gasolinera de Curitiba, acabó destapando el mayor caso de corrupción de América Latina: una red de sobornos de la compañía pública Petrobras, que afectó a los mayores empresarios del país, a cientos de diputados y senadores (de casi todos los partidos) y a decenas de ministros y exministros. Desfilaban tantos corruptos por la televisión que se hizo famoso el policía que los escoltaba, un tal Newton Ishii, conocido como El Japonés de la Policía Federal. Al final, en una nueva metáfora, el mismo Ishii fue detenido por integrar una pequeña red de contrabando con Paraguay. La gente ya desconfiaba de todo.

La gripada economía se desplomaba, empujada al abismo por una situación política plagada de corrupción. Y el hundimiento político arrastraba a la economía, en un círculo vicioso irrompible. Rousseff se vio cada vez más sola: las élites nunca la soportaron, las clases medias protestaban en la calle, la decisiva prensa de São Paulo la desahució y sus aliados se apartaron en cuanto empezó a oler a cadáver político. El dólar subía y el real brasileño bajaba cuando se hablaba de destituir a la presidenta: una manera inequívoca de los mercados de apuntar el pulgar hacia abajo y dictar sentencia,

Los días de Rousseff estaban contados. Solo su partido la apoyaba, y a regañadientes. Un pretexto nimio (del que ya nadie se acuerda), hacer trampas en el presupuesto y retardar pagos para el año siguiente, sirvió como prueba de cargo para un impeachment, que culminó el 31 de agosto de 2016. Otra paradoja: la presidenta a la que nadie ha pillado jamás metiendo la mano en la caja salía por la puerta de atrás de la historia por una minucia contable, forzada a dejar el puesto por un Congreso en el que el 50% de sus componentes tenía cuentas pendientes con la justicia.

Le sucedió Michel Temer, que alcanzó el récord de impopularidad de un presidente en Brasil: 90% de rechazo. Fue acusado por un alto cargo de Petrobras de aceptar 10 millones de reales (más de 3 millones de euros) de su propia mano en una cena para engrasar su campaña electoral.

Hastiada y desconcertada, parte de la población buscó en cualquier lado y encontró preparado a Bolsonaro. “Es el voto de la desesperación de gente cuya vida ha empeorado mucho”, explica Pinheiro-Machado. El PT, con su líder en la cárcel, ha elegido a un candidato extraño para los acostumbrados a Lula. Se trata de un socialdemócrata urbanita, soso, universitario y con experiencia de gestión que bien podría haber salido de un partido socialista español o sueco: Fernando Haddad.

¿Y ahora? Nadie se atreve a augurar nada. “El analista que diga que sabe lo que va a pasar es que está mal informado”, resume Meirelles.

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