Afrontar la rabia
Las condiciones estructurales de precariedad, especulación inmobiliaria y desprotección social alimentan estos conflictos y es urgente revertirlas


Hemos vivido noches de angustia en algunos barrios de Girona, pero hemos forzado su olvido. Hay episodios en la vida que deseamos aislados y esporádicos, pero, por más que lo anhelemos, no dejarán de persistir. Responden a condiciones que se revelan antes o después; en el peor de los casos, con inesperada violencia. Ha ocurrido hace pocos días con los disturbios nocturnos en Salt, y posteriormente con revueltas en la Font de la Pólvora y Vila-Roja. En ambos casos el detonante ha sido un desahucio, pero después los episodios de violencia han desbordado el problema habitacional.
Olvidamos cuanto antes lo que nos duele hasta que nos vuelve a golpear una y otra vez. Ocurre igual con las sequías, con las inundaciones o con los altercados violentos juveniles. Una vez pasados los conflictos, un manto de silencio se extiende sobre ellos, como si no quisiéramos ver la amenaza latente porque nos da miedo. Nadie ha vuelto a hablar de Girona, excepto la extrema derecha para ahondar en su discurso contra la inmigración. ¿Vamos a esperar sin hacer nada hasta el próximo episodio de violencia? Sabemos que los disturbios no ocurrieron por solidaridad con los desahuciados sino, fundamentalmente, por rabia. Existe un malestar agazapado que solo necesita una pequeña mecha para estallar.
Las condiciones estructurales de precariedad, especulación inmobiliaria y desprotección social alimentan estos conflictos y es urgente revertirlas. Pero lo cierto es que, sin canales efectivos para expresar su descontento, los jóvenes encuentran en la violencia una forma de hacer visible su malestar.
Sabemos que la percepción de justicia es clave para la aceptación de normas y decisiones. Cuando ocurre lo contrario en forma de desigualdad, se activa el principio de privación relativa, en el que la comparación social se vive como agravio, ya que predomina la percepción de estar privados de bienes (entre ellos la vivienda) mientras otras personas disfrutan de ellos.
Ante la protesta colectiva no basta la respuesta policial. Se precisan iniciativas comunitarias orquestadas por especialistas en ciencias psicosociales, en sinergia con entes locales, para tejer una red de integración cultural que abarque todos los colectivos. Es vital su implicación, que se sientan artífices del destino común. Urge también implementar programas que forjen identidad y cohesión social, orientados a objetivos compartidos. Cabe recordar aquí una buena práctica del Ayuntamiento de Barcelona que logró evitar que algunas bandas recién llegadas se instalaran en la delincuencia. Entre las diversas actuaciones, destaco la del Ateneo Popular de Nou Barris, que unió a las irreconciliables bandas rivales de los Ñetas y los Latin Kings en un único proyecto: la música. Nos queda su disco Unidos por el flow para recordar que la integración es posible, incluso en circunstancias adversas.
La escritora Virginia Woolf dejó escrito en su diario: “El futuro es oscuro, que es, en general, lo mejor que el futuro puede ser”. Tal vez no le faltara razón, pero, lo que sabemos seguro es que no hay porvenir posible sin abrir los ojos, los físicos y los simbólicos, sin la conciencia del presente y del futuro. Y que más vale prevenir ahora que todavía podemos.
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