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En Alemania (casi) todos los partidos son de centro

Distinguir a un partido de otro en las elecciones alemanas es misión imposible. Los eslóganes electorales reflejan, a izquierda y derecha, el centro sociológico

Elecciones Alemania 2017
Papeletas de voto para las elecciones federales del 24 de septiembre. Getty

Los anuncios de la campaña electoral alemana son un festival de buenas intenciones y palabras amables. “Por una Alemania en la que vivamos bien y felices”. “Hagamos un mundo mejor”. “El futuro se hace con valentía”. “Igualdad de oportunidades para todos”. Los eslóganes sirven además para jugar a las adivinanzas. ¿Cuál es la izquierda? ¿Cuál es la derecha? Distinguir a unos partidos de otros por su mensaje es misión casi imposible. Se parecen demasiado. Y no solo por razones de marketing político, sino porque reflejan un centro ideológico en el que, salvo minoritarias, aunque desafiantes, estridencias, a derecha e izquierda, se sienten representados la mayoría de los alemanes.

Más allá de la gresca política, de las luchas de poder, y de personalidades más o menos magnéticas, los partidos políticos alemanes, y buena parte de los electores, comparten, a grandes rasgos un modelo de sociedad y de país. Si pensamos en la política europea, la economía, el papel de la religión, el medio ambiente o la defensa de los derechos civiles y políticos, las diferencias entre los grandes partidos son casi más de estilo que de sustancia.

“Las encuestas indican que la parte más grande de los electores se sitúa en el centro. Históricamente, el partido ganador ha sido el que ha sabido aglutinar el centro”, explica Peter Matuschek, de la casa de sondeos Forsa. Un estudio publicado hace una semana por la Fundación Bertelsmann indica que un 80% de los alemanes asegura identificarse con el centro; una cifra mucho mayor que en cualquier otro país europeo (en España es el 56% y en Francia el 51%, según la misma fuente).

Sociólogos y politólogos ofrecen invariablemente una primera explicación histórica evidente. Los años veinte, durante la República de Weimar, con los partidos atrincherados en sus posiciones, fueron una época de fuerte inestabilidad, que más tarde derivó en el nazismo. No en vano, uno de los mitos fundacionales de la República Federal Alemana es precisamente la capacidad para superar enfrentamientos internos. Más tarde vendría la traumática experiencia del régimen socialista de la República Democrática Alemana que, de nuevo, escarmentó a los alemanes contra la pureza ideológica.

Matuschek explica cómo los dos grandes partidos que hoy dominan el tablero alemán —CDU/CSU y SPD— se abrieron al centro social ya en los años cincuenta. Entonces la CDU de Adenauer se convirtió en un partido “atrápalo todo”. Y el SPD hizo lo propio a finales de esa década, con la aprobación del llamado programa de Bad Godesberg, dejando de lado el marxismo, y preparándose para ser un partido que pudiera seducir a grandes capas de la sociedad. Hoy, ni la CDU sobreviviría solo con el voto tradicional católico, ni el SPD con el apoyo de los obreros exclusivamente.

En los últimos años la alergia a los extremos se ha hecho aún más evidente. La gran coalición —groko para los alemanes: Unión democrática cristiana más socialdemocrátas—, se perfila a estas alturas, con los sondeos preelectorales en la mano, como una de las pocas opciones viables. Los dos grandes partidos suman más del 60% de la intención de voto con vistas a las elecciones de finales de septiembre. Y es precisamente esa gran coalición que, con interrupción de un mandato, funciona desde 2005, la que ha contribuido a cimentar la imagen de consenso y de cuerpo de valores compartidos, en los que un partido le aporta lo que le falta al otro, y todo se hace con cierta camaradería.

El modelo de gran coalición tiene también evidentemente sus detractores y ejerce de fábrica de desafección política para muchos alemanes, que sienten que da igual votar a unos o a otros porque estiman que, al final, todos son casi lo mismo.

De eso se aprovechan partidos como AfD, de extrema derecha, que según los sondeos entrará ahora por primera vez en el Bundestag. No hay que descartar que logren un resultado sorprendentemente alto, por encima del 10% de los votos. Esta formación presume de ser diferente, y de decir lo que los más situados en el centro no se atreven a decir. A la izquierda de la socialdemocracia tampoco se ve con buenos ojos lo que consideran un cuerpo de políticos entregados a preservar sus intereses. “Aquí de lo que se trata es de mantener el statu quo. No hay grandes diferencias entre unos y otros”, interpretaba hace un par de semanas Toby, un programador de Hamburgo que se acercó a curiosear un mitin del SPD y que echaba pestes desde la izquierda de lo que oía.

Minorías aparte, la sintonía ideológica de la mayoría es evidente. El único debate televisado entre los dos primeros espadas de los dos grandes partidos, Angela Merkel y Martin Schulz, hace un par de domingos, fue la perfecta ilustración de ese sustrato ideológico compartido. Solo les faltó asentir con la cabeza cuando hablaba el otro. Las discrepancias fueron micro, y casi siempre más sobre los procesos que sobre el fondo.

Por eso, la lucha ahora ya no es tanto por un modelo de sociedad como por ver quién va a encabezar el gobierno de centro de turno. Hay un dato muy revelador. El 34% de los votantes socialdemócratas dice que considera a otros políticos mejor preparados para ser canciller que a su candidato, Schulz . El 16% prefiere a Merkel, por ejemplo. Y no es solo una cuestión de personalidad. Es que saben que no hay riesgo de traición ideológica. Un 43% de los Verdes, por ejemplo, también dijo considerar más competente a la canciller.

Porque más allá del bipartidismo, terceros partidos como los Verdes o los liberales (FDP) ya comparten también buena parte de su ideario con las formaciones mayoritarias. “Aquí el bipartidismo está en buena forma. Alemania no es como Austria, Francia o Escandinavia”, explica el politólogo Ulrich von Alemann, quien achaca en parte el centrismo actual a la canciller Angela Merkel. “Ella es la que marca el tono pragmático de esta campaña”. Marca la pauta y centra el tiro. Porque Merkel ha centrado a lo largo de los años el bloque conservador alemán hasta volverse en ocasiones irreconocible. Ha abierto la puerta a más de un millón de refugiados, ha pactado la implantación de un salario mínimo, abandera la lucha contra el cambio climático, y recientemente ha permitido que el matrimonio de personas del mismo sexo salga adelante.

Esa es precisamente una de las claves de su éxito. Su capacidad para detectar el sentir popular y, sobre todo, para fagocitar ideas y creencias procedentes de otras latitudes políticas. El resultado es un rodillo que dura 12 años y que tiene visos de prolongarse unos cuantos más, tras las elecciones del próximo 24 de septiembre.

La ecuación política se completa con una estructura económica que en los últimos años ha proporcionado altos niveles de bienestar a la población. Y sí, hay también una lacerante desigualdad, pero no lo suficientemente significativa como para inclinar la balanza política. En un sondeo de Forsa del pasado abril por ejemplo, un 75% de los encuestados dijo sentirse “contento o muy contento” con su situación financiera. El estudio de Bertelsmann indica también que un 59% de los alemanes cree que su país marcha en la dirección correcta, una cifra que contrasta enormemente con el sentir en otros países europeos como Italia (13%), España (27%) o Reino Unido (31%). La media europea de satisfacción registrada por Bertelsman es de un 36%.

Por eso, para muchos alemanes, de lo que se trata ahora es de preservar lo conseguido, y de decidir cómo de equitativo debe ser el reparto de los beneficios de la economía social de mercado. “Hay un gran incentivo en mantener el statu quo. No hay muchas ganas de grandes cambios”, piensa Matuschek.

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