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Los eurófobos alemanes confirman su pujanza en dos elecciones regionales

El éxito de Alternativa estrecha el margen de la canciller Angela Merkel para buscar socios

Alexander Gauland, número uno de Alternativa por Alemania en el Estado de Brandeburgo deposita su voto en Postdam. Ampliar foto
Alexander Gauland, número uno de Alternativa por Alemania en el Estado de Brandeburgo deposita su voto en Postdam.

Lo lograron en las elecciones europeas del pasado mes de mayo; lo repitieron hace dos semanas en Sajonia; y ayer volvieron a hacerlo en los comicios regionales celebrados en dos Estados del Este. El partido antieuro Alternativa por Alemania (AfD) machacó las encuestas y demostró que ha llegado a la política alemana para quedarse.

Con un resultado del 10% de los votos en Turingia y del 12% en Brandeburgo, la fuerza encabezada por Bernd Lucke está ya presente en tres Parlamentos regionales. Y todas las encuestas le aseguran la entrada en el Bundestag si hoy se celebraran elecciones legislativas. “Ya no se puede negar. Los ciudadanos quieren una renovación en todo el país”, arengó Lucke a sus seguidores tras conocer los resultados de unos comicios en los que estaban llamados a votar unos cuatro millones de ciudadanos.

La pujanza de AfD obligó al líder de los socialdemócratas, Sigmar Gabriel, a alertar desde Berlín de los peligros que conlleva el discurso de un partido antieuropeísta en un país exportador que se beneficia de la integración europea.

La socialdemocracia gana en el ‘land’ de Brandeburgo, y la CDU en Turingia

Gabriel celebró los resultados en Brandeburgo, que confirman al SPD como primer partido, pero tuvo que encajar unos datos catastróficos en Turingia. Los socialdemócratas no solo se mantienen como tercera fuerza en este Estado, sino que pierden seis puntos frente a las elecciones de 2009.

Los correligionarios de Gabriel se ven ahora obligados a elegir con quién participan como socios minoritarios en el Gobierno de Turingia: si con la actual primera ministra, la democristiana Christine Lieberknecht, o con los poscomunistas de Die Linke. Los democristianos, con un 34% de los votos, obtuvieron un importante espaldarazo, pero este creciente apoyo no garantiza a Lieberknecht que pueda seguir gobernando.

Los excomunistas acarician el poder

Uno de los grandes puntos calientes de las elecciones regionales celebradas ayer era la posibilidad de que los herederos de los comunistas alcanzaran el poder en un Estado del Este por primera vez tras el derrumbamiento del régimen de la RDA. “Los socialdemócratas, con una historia enorme de la que pueden sentirse orgullosos, y los Verdes quieren aliarse ahora con Die Linke y contribuir a que Karl Marx vuelva a la sede de la jefatura del Gobierno”, bramaba la canciller Angela Merkel el pasado sábado, en un último intento por evitar el pacto de las izquierdas.

Los resultados posibilitan que Die Linke encabece el Gobierno de un Estado en el que han mandado los democristianos desde la reunificación. “Podemos y queremos gobernar”, dijo el líder regional de Die Linke, el moderado Bodo Ramelow, que confía en una alianza con los socialdemócratas y los Verdes para convertirse en primer ministro de Turingia. Los socialdemócratas tendrán en su mano la gobernabilidad del Estado: la opción estaría entre continuar con la gran coalición en la que han participado en los últimos años o aliarse con Die Linke y ecologistas.

Las dos opciones son complicadas. La gran coalición bajo las órdenes de la democristiana Christine Lieberknecht les ha dado unos resultados catastróficos. Han caído seis puntos, hasta el 12%, lo que supone un golpe mayúsculo y les sitúa cerca del partido antieuro Alternativa por Alemania. Si optan por dar el Gobierno a los excomunistas, estarán comenzando un experimento inédito en la historia de Alemania.

Las consecuencias que esta colaboración tendrían en Berlín no están claras, pero ya hay líderes de la CDU que han avisado de que se resentirían las relaciones en el Gobierno de gran coalición que encabeza Merkel. Y un pacto entre las izquierdas cimentaría la posibilidad de una colaboración futura para las elecciones de 2017. La secretaria general del SPD, Yasmin Fahimi, ya dejó claro antes de las elecciones que la decisión final la tendrá que tomar la dirección regional del partido.

Las elecciones de ayer ponen sobre la mesa algunas tendencias preocupantes para la canciller Angela Merkel. Es cierto que tras casi una década en el poder y una popularidad en máximos, pilota un Gobierno de gran coalición que transcurre sin grandes sobresaltos. Y que en comparación con los problemas que sepultan a los líderes de Francia o Reino Unido, Merkel puede estar satisfecha. Pero Alternativa por Alemania supone un problema no solo por los votos que le pueda robar a la derecha. La capacidad de los democristianos de buscar socios en el futuro —algo fundamental en un sistema político como el alemán, en el que los pactos entre partidos son imprescindibles— se complica sustancialmente.

Paso a paso, un partido fundado hace solo año y medio se consolida como alternativa para los desencantados con la marcha de la Unión Europea y para los votantes más conservadores de la CDU. La propia Merkel, en un intento de ponerse la venda antes que la herida, ha dejado claro que el ascenso de los antieuro perjudica a todos los partidos y no solo al suyo. Solo un 23% de los votantes que AfD logró en las elecciones de Sajonia procedían de los caladeros de la CDU, recordaba en una entrevista la semana pasada. “Otros tendrán que reflexionar tanto como nosotros”, añadía la canciller.

No es este el único problema que los nuevos vientos políticos traen a los democristianos. Al mismo tiempo que crece el partido antieuro, se confirma el desplome de los liberales del FDP, el tradicional aliado con el que contaba la CDU. El antiguo partido bisagra, que durante décadas catapultó a sus líderes a puestos destacados del Gobierno, ya desapareció del Bundestag en las elecciones del pasado año. Ahora, se quedan sin presencia en los Parlamentos de los dos Estados que votaron ayer y caminan a marchas forzadas hacia la irrelevancia. Tras desaparecer de tres Parlamentos regionales en dos semanas, ya solo está presente en seis de los 16 Estados. Ni siquiera el recurso al humor les evitó el descalabro. “Al FDP no lo necesita ya nadie”, decían los carteles de su campaña en Brandeburgo. La CDU se queda así sin su aliado natural para futuras coaliciones, y se ve forzada a elegir entre verdes y socialdemócratas.

A estas dificultades para encontrar socios a la derecha de su partido se unen las críticas que el sector más duro de la CDU ha dirigido contra el Gobierno de gran coalición. Diputados como Michael Fuchs reprocharon a la canciller haber cedido demasiado ante sus socios socialdemócratas —que han obtenido, entre otras cosas, el salario mínimo y la jubilación a los 63 para algunos casos— y reclamaban un “nuevo comienzo” en la política económica tras la vuelta del verano. “Este sector solo quiere mostrar a los antiguos votantes de los liberales que pueden encontrar un nuevo hogar en la CDU”, asegura Herfried Münkler, politólogo de la Universidad Humboldt.

Merkel, mientras tanto, saca pecho con unos Presupuestos para 2015 que serán los primeros desde 1969 que no generen deuda nueva. Con decisiones así, que afianzan su imagen de gestora a la que los alemanes pueden confiar sus ahorros, pretende hacer frente a los nubarrones.