El órgano ha vuelto: cómo se ha puesto de moda un instrumento barroco endiabladamente complejo
Es el más moderno de los instrumentos antiguos. Dominarlo exige esfuerzo y mucha pasión. Cinco organistas —entre los 26 y los 100 años— desvelan los secretos de una máquina capaz de hacer retumbar lo mismo a Bach que la banda sonora de una película

El primer órgano que Montserrat Torrent tocó, a los 18 años, estaba en una capilla en Santa Coloma de Farners (Girona), donde su familia veraneaba. “Era un órgano sencillo, sin registros de pedal, pero era bueno”, explica. “Intenté tocar cosas absurdas, como los nocturnos de Chopin, pero no había forma de que sonaran”. De vuelta a Barcelona, acudió al conservatorio. “Pero el profesor de órgano me dijo que si iba en plan amateur no me daba clase. Yo le dije que no, que era vocación. Pero era mentira”, recuerda con una sonrisa. “Así que me castigó y me tuvo meses haciendo escalas con los pies. Un día se arrepintió y me dio a tocar un coral de Bach. De repente vi que podía tocar tres sonoridades distintas sin necesidad de otros instrumentos, solo poniendo registros. Vi el cielo abierto”.
Ocho décadas después, Montserrat Torrent —que cumplió 100 años el 17 de abril— sigue enamorada del órgano, pero ya no es una amateur: premio Nacional de Música en 2021, la barcelonesa es una eminencia por derecho propio y una estrella a su pesar, porque es tímida y preferiría que su cumpleaños pasara inadvertido. Arrastra problemas de audición desde hace años, pero se levanta cada día a las cinco de la madrugada para tocar. Conoce de memoria cada sonido, cada registro y cada melodía.
El gran órgano ante el que la fotografiamos es uno de sus proyectos de vida. Lleva su nombre. La idea de crearlo le surgió cuando viajó becada a París y escuchó por primera vez un instrumento contundente. Se quedó asombrada. La mayoría de los órganos históricos de Barcelona habían desaparecido durante la guerra. La iglesia de Sant Felip Neri, un templo barroco en pleno Barrio Gótico, le pareció el lugar idóneo: está en una plaza tranquila y sus muros encalados y sus tribunas de madera ofrecen una acústica ideal.
“A principios de los sesenta empecé la campaña para financiarlo”, recuerda. “Iba a pedir donativos a la salida del Palau de la Música, a despachos de médicos y abogados. Unos me daban cinco pesetas, otros algo más”. Aquellas donaciones dieron para construir un primer cuerpo, inaugurado en 1967. Pero durante décadas permaneció incompleto. En los últimos tiempos, donaciones públicas y privadas han permitido concluirlo durante las celebraciones de su centenario.
Para el profano, un órgano es un misterio. Es un instrumento de viento, porque el sonido surge cuando el aire, impulsado por un motor, atraviesa uno o varios tubos. Pero también es de tecla, porque se acciona mediante dos, tres o cuatro teclados manuales, además de otro que se toca con los pies, la pedalera. Hay muchos más tubos que teclas: cada grupo de tubos tiene un timbre distinto, y el organista puede elegir cuáles hacer sonar en cada momento. Son los rangos, que se configuran mediante palancas llamadas registros, y permiten evocar el sonido de la flauta o la viola. En el de Sant Felip Neri, construido por Blancafort, hay, por ejemplo, 49 registros y 3.481 tubos. También hay ajustes para programar registros con antelación, o para que varios suenen simultáneamente. Para tocarlo, el intérprete debe sincronizar las manos, los pies y la combinatoria de los rangos. Es endiabladamente complejo. Incluso requiere calzado especial. Pero permite que una sola persona controle, gracias a una magia puramente mecánica, tres voces y decenas de sonidos: un caudal sonoro capaz de hacer que todo un edificio se estremezca.
Resulta paradójico recurrir a vocabulario informático —configurar, programar— para hablar de un ingenio de la época de Cervantes, pero hasta la revolución industrial el órgano fue la máquina más compleja creada por el hombre. El dato lo menciona Juan de la Rubia (La Vall d’Uixó, Castellón, 43 años) cuando rememora el primer instrumento que vio en su vida, a los siete años. “A los niños les fascinan las máquinas grandes, y a mí el órgano, al principio, me enamoró por ser una máquina grande. Si no hubiese sido organista, me habría gustado ser piloto de avión”.
Juan de la Rubia se formó como pianista y, ya en Valencia, como organista. Fue Montserrat Torrent, su maestra, quien lo animó a presentarse al concurso de Juventudes Musicales de España. Ganó y comenzó una carrera como concertista, improvisador y artista discográfico. En octubre arrancará un ciclo de 21 conciertos en el que tocará, durante dos años y medio, la integral para órgano de Bach. De la Rubia lo conoce bien: en 2016 le dedicó un hipnótico disco grabado a medianoche en el monasterio de Poblet.
El lugar donde nos reunimos con él es menos íntimo y, a primera hora de la tarde, está repleto de turistas. Juan de la Rubia es organista titular de la Sagrada Familia desde principios de la década pasada. De esa fecha también es el órgano donde lo fotografiamos, en el presbiterio. Es un instrumento ágil y útil para acompañar los servicios religiosos, pero no es el que imaginó Gaudí. El arquitecto de la Sagrada Familia dejó escrita una idea aparentemente dislocada: un órgano ubicado a 45 metros de altura. ¿Es posible construirlo? “Esa es la gran pregunta, y eso es lo que está estudiando la Junta Constructora”, responde. “A primera vista parece una locura, pero hasta ahora Gaudí ha demostrado tener razón en muchas cosas que parecían improbables”.
De la Rubia dirige la Orquesta del Miracle, es profesor en la Escola Superior de Música de Catalunya (Esmuc), ofrece conciertos en todo el mundo, ha grabado varios discos y ha puesto música a proyecciones de cine mudo. Lo corrobora: el instrumento vive un momento dulce. “Mucha gente se acerca al órgano desde la música electrónica, porque le recuerda a un sintetizador”, observa. “Lo que no saben es que el sintetizador viene del órgano”.
Que el órgano puede ser contemporáneo lo demuestran, en el siglo XX, compositores como Messiaen, Ligeti, Górecki o Glass. Pero a la organista británica Anna Lapwood (Buckinghamshire, Reino Unido, 30 años) suelen pedirle que interprete la banda sonora de Hans Zimmer para Interstellar, la película de Christopher Nolan. Tras su concierto en Madrid en Bach Vermut, un ciclo del Centro Nacional de Difusión Musical en el Auditorio Nacional, sus fans hacen cola durante una hora para sacarse una foto con ella. Muchos estudian órgano. “Creo que Interstellar ha hecho más por divulgar el órgano que ninguna otra obra reciente”, explica. “Si entras en TikTok, no tardas ni cinco minutos en ver un vídeo con esa banda sonora”.
Lapwood fue la primera mujer en recibir la beca de órgano del Magdalen College en Oxford. El entorno inglés, cuenta, está ligado a los coros masculinos, así que las mujeres suelen ser juzgadas con condescendencia. Pero el machismo no entiende de nacionalidades: si Montserrat Torrent recibió, cuando empezó a despuntar, cartas de varones escandalizados de que “esa chica” se atreviera con un instrumento tan solemne, Lapwood recuerda que, con 19 años, un jurado le recomendó tocar “más como un hombre”. “Me quedé sorprendida, no sabía a qué se refería”, recuerda la inglesa. “Pregunté y me contestó que tenía que tocar con más potencia y autoridad. Y eso fue lo que más me fastidió. Que, en vez de decírmelo así, asumiera que tocar como un hombre es categóricamente mejor”.
Una década después, Lapwood es organista titular del Royal Albert Hall y conoce bien el repertorio histórico, pero sus conciertos incluyen música contemporánea —y obras escritas por mujeres— y sus propias transcripciones de obras sinfónicas, de Benjamin Britten a las bandas sonoras de Zimmer, Menken o Shore. Suena arriesgado, pero el órgano es perfecto para transcribir obras complejas. Empezando por Bach, el dios tutelar de todo organista.
En 1985, en el tercer centenario del nacimiento de Johann Sebastian Bach, el Ayuntamiento de Milán decidió que la ciudad lombarda merecía un órgano apropiado para interpretar su música. Se lo encargaron a Ahrend, un constructor alemán, y decidieron instalarlo en San Simpliciano, en Brera. Lorenzo Ghielmi (Milán, Italia, 66 años) pulsa una tecla y de un tubo emerge el sonido de una trompeta: unos turistas levantan la mirada ante la reverberación en los muros de ladrillo. “En un órgano español, este sonido sería de trompetas de batalla; en uno italiano, sonaría más militar”, explica Ghielmi. “Esta es una trompeta mucho más oscura, pero es el sonido que conoció Bach”. Por eso, cuenta, es un órgano perfecto para tocar música del XVII, pero no tanto del XIX. “La decisión fue seguir el modelo original; en un violín barroco con cuerdas de tripa no se puede tocar Prokofiev. A veces hay que renunciar a un poco de repertorio para acercarse a la imagen sonora del compositor”, reflexiona.
El dilema que explica Ghielmi es el que articula, desde mediados del siglo XX, la interpretación historicista, que defiende que la música de cada época debe tocarse con instrumentos parecidos a los originales. El milanés lidera su propia formación, La Divina Armonia, toca el clave y ha dirigido orquestas, pero siempre sin alejarse demasiado de San Simpliciano, en cuya creación participó. Ante los teclados, a los que se llega por una larga escalera de caracol, explica la importancia de que el instrumento sea mecánico, para transmitir a cada nota la sensibilidad de los dedos. Cada órgano es un mundo y este es el suyo. “Un virtuoso del piano hace cosas dificilísimas, pero siempre del mismo modo. Un virtuoso del órgano es capaz de cambiar rápidamente de un instrumento a otro entendiéndolo bien y reaccionando con velocidad. Por eso es necesario haber tocado muchos órganos distintos”.
Este año, Lorenzo Ghielmi se jubilará como profesor en la escuela municipal de música de Milán. Cuando se matriculó, no tuvo que hacer ni examen de ingreso: apenas había estudiantes de órgano. Durante décadas, ha estudiado innumerables instrumentos históricos y ha investigado cómo interpretar obras olvidadas. “La musicología me ha permitido entender cada obra con más profundidad y hacer música mejor”, apunta. Al mismo tiempo, se ha abierto a lo contemporáneo: en 2001 dedicó un disco a Arvo Pärt, el rey del minimalismo sacro. “Pärt me dijo que la música debe ser digna del silencio que la rodea”, recuerda, y señala a su alrededor. “La basílica está en una zona bastante silenciosa, pero cuando abres el micrófono se escucha el ruido de la ciudad. Este ruido desaparece a medianoche, hasta las cinco de la madrugada. Es el momento del silencio. El horario perfecto para grabar”.
Uno de los inconvenientes de ser organista es que muy pocos intérpretes tienen el instrumento en casa. Nadal Roig Serralta (Petra, Mallorca, 26 años) es alumno de Lorenzo Ghielmi en Milán, y acude a diario a San Simpliciano para tocar. “Me tengo que arreglar, voy cuando cierra o a mediodía”, explica. “En otros sitios no quieren, para no molestar a los turistas”.
Roig descubrió el órgano de niño, en la Escolanía de Lluc, y tras estudiar en el conservatorio mallorquín ha proseguido su formación en Berlín y, ahora, en Milán. “Tenemos que estar agradecidos a las generaciones pasadas, que abrieron camino en épocas muy complicadas”. Lo suyo es el repertorio antiguo. Acaba de publicar un estudio sobre cómo pudo ser el órgano de Cabanilles, uno de los autores más enigmáticos de la España del XVI. En septiembre, en Innsbruck (Austria), quedó segundo en el Concurso Internacional de Órgano Paul Hofhaimer. “Fue como ir a unos Juegos Olímpicos, estuve un año preparándome y semanas haciendo meditación”, recuerda. En la final, un miembro del jurado le dio las gracias por su interpretación de una obra de Correa de Arauxo. “Me dijeron que por fin habían entendido cómo se toca esa pieza”, recuerda.
Francisco Correa de Arauxo, que publicó su Facultad orgánica hace exactamente 400 años, es una obsesión recurrente para los especialistas. Sus obras son un rompecabezas. “Creo que quedan cosas que decir sobre su música”, explica Roig. “Tiene una parte muy técnica, pero es eminentemente poético. Se ha estudiado mucho cómo hacer los ornamentos, cómo llevar el compás, pero el propio Correa dice que finis rei dat esse rei: el fin de la cosa da sentido a la cosa. Es decir, que todo está muy bien, pero lo que cuenta es ese punto final, conectar con el oyente a través de la poesía”.
Lo explica con otras palabras Montserrat Torrent, que en plena pandemia pidió un salvoconducto para viajar a Tordesillas y grabar el último volumen de Facultad orgánica. Su interpretación, a los 94 años, demuestra que su intuición era correcta cuando, a los 18, decidió llevar la contraria a sus padres. “Se llevaron un disgusto, porque el órgano tenía mala reputación”, relata. “Decían que era una máquina, un instrumento inexpresivo. Y yo les prometí que algo de expresión habría. Es verdad que un órgano no puede hacer fortes ni pianos, pero con el fraseo, la digitación y la respiración de una frase se pueden hacer cosas muy bellas”.


























































